Del Director. Día 1 de la era post Mauricio

No es un día cualquiera. Así como los historiadores inventaron, tras la expansión del cristianismo, que el mundo se contaba de manera diferente en función de si los hechos ocurrían antes o después de Cristo, en Canarias también hay un antes y después de José Carlos Mauricio. Hoy, por tanto, amanece una nueva era.

Mauricio se despide forzado por los acontecimientos. Había dicho que asumía la candidatura municipal a disgusto y el pasado domingo se vio que tenía razón. Lo malo es que su disgusto era infinitamente menor que el desprecio de los votantes, que pusieron fin a su larga trayectoria política con una contundencia al margen de toda piedad. Pero si damos por bueno -y así debe ser-, que el elector es quien rige los destinos de las democracias, entonces no hay nada que objetar al severo varapalo cosechado por Coalición Canaria, y en especial por quien hasta la fecha ha sido su cabeza visible en Gran Canaria.

Con sus virtudes y sus defectos; con su habilidad para enredar y su capacidad para reinventarse; con su arte de la seducción -el mismo arte que la mantis religiosa, que primero seduce y luego fulmina-; con su verbo florido y sus propuestas imposibles de materializar, Mauricio nos ha tenido entretenidos durante varias décadas. Ha sido incluso el artífice del enriquecimiento del vocabulario político, pues gracias a él existen los mauricistas, los mauriciólogos y las mauriciadas.

Ayer mismo, al conocer la noticia, se formó un corrillo en una calle cualquiera y alguien preguntó: «¿Lo echarás de menos?». «Sí», contestó su interlocutor, «pero sólo los días 29 de febrero». Probablemente sea una injusticia pero ahora que se marcha lo fácil es hacer leña del árbol caído. Las injusticias, ya se sabe, las carga el diablo pero se suelen nutrir de elementos humanos, de minúsculos granos de arena que van añadiéndose hasta dar forma al mito. En el caso de Mauricio, probablemente es ese mito el que ha terminado devorando a la persona. De hecho, si algo trasluce su comunicado es que, en el fondo, y a pesar de los pesares, Mauricio ha demostrado ser humano. La figura de dimensiones épicas; el pupilo de Carrillo que enterró el comunismo antes de que cayera; el político intuitivo que vio en el nacionalismo un billete a la supervivencia política; el visionario que articuló el empresariado canario; el líder que desayunaba con Aznar, Rato y Botín; el hombre que conseguía en Madrid lo que parecía imposible y que en Canarias entró en el Gobierno con mando en plaza; el único que no se le ponía al teléfono a Adán Martín... todo eso y mucho más se va dejando una huella de humanidad. Y de debilidad. Hubo un tiempo en que pareció que podía con todos, que quitaba reyes y nombraba príncipes, que deshacía imperios y fabricaba repúblicas. Pero no tuvo en cuenta que en política la última palabra la tiene siempre el votante, esos miles de votantes que el 27-M le dieron la espalda.

Perdemos a alguien que, gustase o no, garantizaba el entretenimiento político. Ganaremos, probablemente, un buen conversador sobre Canarias, España, Europa y el mundo global que tanto, y con tanta razón, le apasiona.

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