Del Director / Pues quemaremos los libros de Grass

Si aplicamos el principio genérico de la llamada Memoria Histórica, los libros de Günter Grass, el alemán ganador del Nobel de Literatura, habrá que quemarlos en la plaza pública en plan Farenheit 451. Y es que resulta que el novelista, que es todo un referente de la izquierda alemana y europea, nos ha salido rana. Se ha pasado toda la vida contando una verdad a medias, que es lo que peor que se puede hacer en este mundo donde, como reza el refrán, se coge antes a un escritor mentiroso que a uno cojo. Grass confesó hace años que militó en el Ejército alemán en tiempos del nazismo pero se le olvidó mencionar que lo hizo en la SS. Ahora lo descubre en un libro de memorias que obliga a revisar el juicio histórico que teníamos del literato.

El debate está servido. Para algunos, es loable que Grass se sincere y se quite de encima lo que, según confiesa, ha sido una losa toda su vida. Otros, sin embargo, echan mano de la memoria -ésa que Grass nos ha ocultado- y recuerdan algunos casos más o menos recientes. Está, por ejemplo, el de Ayaan Hirsi Alí, la diputada liberal de origen somalí que fue acogida en Holanda cuando contó que las penurias que sufría en su país. Allí se convirtió en un referente en la lucha contra el integrismo islámico, casi como un Günter Grass del anti fanatismo religioso, pero llegó un día en que se supo que había mentido sobre su pasado con tal de conseguir el asilo político y, como consecuencia, de ese desliz, tuvo que abandonar el país y mudarse a Estados Unidos. Y ya puestos a hablar del nazismo y las militancias juveniles, recordemos al que fuera secretario general de la ONU, Kurt Waldheim, cuya carrera política Austria se fue al garete cuando se difundieron unas fotos suyas calzando botas de oficial nazi y marcando a la perfección el paso de la oca.

Si con Hirsi Alí y con Waldheim Occidente fue contundente a la hora de hacerles pagar por sus mentiras, ¿qué haremos con Grass? ¿Acaso la Academia Sueca la reclamará que devuelva el Nobel? ¿Y qué dirá Juan Cruz, que lo entrevistó recientemente en El País a cuenta de ese libro de memorias y a quien el novelista ocultó ese pecado de juventud -o al menos Cruz no aportó dato alguno al respecto en su relato?

La respuesta puede uno imaginarlo. Casi todo serán voces de comprensión e, incluso, de alabanza hacia el gesto del novelista. Es lo que pasa cuando se vive instalado en determinadas ideologías: se perdona casi todo. Grass será presentado como un joven nazi víctima del desconocimiento de lo que pasaba y rehén de un sistema opresor. Claro que gracias a la pasividad de jóvenes y adultos ignorantes, otros se encargaron de llenar de cadáveres los campos de concentración.

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