Llámenlo posverdad o como prefieran cuando se trata de resaltar cómo la emoción tiene más incidencia que los hechos en sí mismos. Pero la mentira y la manipulación han existido siempre. Lo único que ahora, amén de la instantaneidad de las redes sociales e Internet, se propaga con mayor facilidad que nunca. Es más escurridiza y, por lo tanto, se torna más difícil de contrastar. Así las cosas, el lector ya no tiene escapatoria. Si quiere noticias veraces precisa de medios de comunicación sostenibles que sean capaces de pautar la agenda, incorporar temas de preocupación pública y señalar lo que es falso. En un mundo en el que se agolpa Donald Trump, el auge de los radicalismos políticos y el comienzo de la disgregación de la Unión Europea, la prensa es vital.

La situación actual donde se consume información a mansalva e Internet favorece que tus lectores estén en cualquier sitio, sin que aún haya sido aclarado cómo hacer rentable el modelo de negocio del periodismo digital, no puede convivir con la aceleración histórica que estamos padeciendo como si no hubiera ocurrido nada. Trump criticó abiertamente a ‘The New York Times’ y ha faltado el respeto públicamente a periodistas durante ruedas de prensa diciendo que no tiene derecho a preguntar. Estos personalismos son los más interesados en que los medios de comunicación sean débiles e incapaces de discernir y emitir opinión sobre lo que sucede.

Si Trump supone un punto de inflexión al otro lado del Atlántico, en el Viejo Continente tampoco estamos ajenos a transformaciones políticas de primer orden. Pensemos en las elecciones presidenciales francesas cuya primera ronda se celebra hoy. Si no fuera por su particular sistema electoral, probablemente Francia tendría una presidenta de extrema derecha. No obstante, lo suyo tal como están las cosas en Europa es que pasasen a la segunda votación tanto Marine Le Pen (Frente Nacional) como Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) por representar las opciones políticas rupturistas a derecha e izquierda respectivamente. Todo ello, dejando en el camino las ofertas electorales clásicas de socialdemócratas y democraciacristiana. Sería reproducir, a fin de cuentas, lo ocurrido en los comicios presidenciales en Austria en 2016 disputados entre un candidato ecologista y otro del populismo de la derecha; sin que tuvieran opciones de ganar ninguno de los partidos predominantes en Europa durante la segunda mitad del siglo XX a centroizquierda y centroderecha.

Le Pen se alegró desde primera hora de la victoria de Trump. Uno y otro pujan por establecer otro orden. Y la responsabilidad de esta deriva no solo la tiene la crisis económica que ha empobrecido a las clases medias y trabajadoras sino, no siendo menos, la burocratización de Bruselas que impide garantizar la sensación efectiva de democracia; dicho de otra manera, los tecnócratas del proyecto comunitario no permiten que aflore alternativas a las pautas macroeconómicas que ellos determinan. Las sociedades de los diferentes Estados miembros (especialmente en la Europa del Sur) han padecido dosis de austeridad sin que sus gobernantes pudiesen hacer nada porque lo mandaba la troika. Y, al final, los recortes duelen por igual con independencia de si los perpetra José Luis Rodríguez Zapatero o Mariano Rajoy, uno y otro instado por Bruselas. Es la crisis de la democracia.