De la EGB a la Nueva Situación de Aprendizaje

01/12/2014

Aquellos que un día estudiamos la EGB somos los representantes de una forma de vida que casi 50 años después empieza a verse en la necesidad de optar por fórmulas distintas de enfrentar una realidad en permanente movimiento

El movimiento. Los alumnos de hoy, a diferencia de los que cursamos EGB, no esperan encontrar un profesor como los de entonces, transmisor del saber mediante la exposición magistral de una materia. Estos ciudadanos del futuro asisten a clase esperando respuestas a las preguntas de su cotidianeidad.
Como docentes, nos hemos encontrado en más de una ocasión  con esta pregunta por parte de los alumnos: ¿Para qué me sirve estudiar «esto»? La respuesta, a menudo, la damos en una sola palabra: motivación. Inmediatamente etiquetamos al alumno como alguien carente de la misma. Sin embargo, lo que el alumno reclama es una enseñanza útil para su realidad presente. Es más, nos están pidiendo que los ayudemos a encontrar la llave que abra el cofre de sus talentos.

E-moción. Motivación y movimiento son términos con lazos comunes. Así, deberíamos plantearnos cómo ponernos en movimiento a través de la emoción. No solo poner en movimiento a los alumnos sino también a toda la comunidad educativa. Un mundo desprovisto de emoción es un mundo sin movimiento. Si añadimos emoción a cualquier situación crearemos movimiento y el resultado será un aula con individuos motivados: e-moción=energia en movimiento.
Al aula debemos traer como invitada permanente a la emoción y convertir cada lección en una aventura creando así una constante situación de aprendizaje, que se extienda dentro y fuera de la clase.

Una nueva situación de aprendizaje. Las emociones del alumnado no se activan por acumular en sus memorias fechas, datos, nombres que no se puedan aplicar en la práctica. Estas habilidades memorísticas pasan a un segundo plano en un entorno tecnológico apabullante. Los recursos que el alumno precisa son de carácter humano frente al mundo robótico. Vienen a clase para encontrar las herramientas y actuar en el taller de sus vidas. Si consiguen adquirirlas, el acceso a cualquier tipo de concepto estará asegurado, pues habremos puesto en movimiento la emoción de aprender a aprender.

¿Para qué sirve la literatura medieval? Durante algunos años busqué una respuesta tangible en mi aula para esta pregunta.  El resultado fue un proceso formador que cambió los esquemas de aprendizaje de mis alumnos y también los míos. Para poner en marcha este gran evento elegí como estrellas invitadas a mis alumnos de tercero de la ESO. El primer paso fue sustituir  el uso individual del libro de texto por un empleo común del mismo. Se creó en el aula un rincón del libro donde se amontonaron libros de texto de Lengua y literatura española de 3º de la ESO de distintas editoriales y de distintos años de edición para hacer un uso comunitario de ellos.
El segundo escalón consistió en agrupar a los jóvenes en pequeños equipos de trabajo y pedirles que buscasen información sobre literatura medieval en los libros que ellos mismos eligiesen de nuestro rincón.
Esta situación de aprendizaje ocasionó en ellos un shock. Cogían los libros, buscaban todo aquello que llevase los términos literatura medieval. Sin embargo, parecían no encontrar todo lo que buscaban. Trabajaban sin emoción.
Al entrar en clase después de dos sesiones de búsqueda se vieron sorprendidos con un esquema hecho en tizas de colores que cubría la pizarra. Todos lo copiaron sin comunicármelo. Unos con más ánimo que otros. En los grupos organizaron una nueva búsqueda en función de los puntos del esquema.  En las dos sesiones siguientes no hubo conversaciones entre ellos y yo. Habían dado un paso hacia la autonomía.Tras las clases en las que completaron  el esquema, les pedí que intercambiasen la información obtenida entre los miembros del mismo  grupo y que elaborasen su propio material de consulta en sus libretas individualmente.
Al final de otras dos sesiones cada alumno disponía de un portafolio que recopilaba la información inicial, el esquema, los resultados de la búsqueda y el material compartido por el grupo. Había llegado el momento de una clase magistral.

La nueva clase magistral. En ese momento la sorprendida fui yo. Al comenzar la clase me di cuenta de que mis estudiantes reconocían títulos de obras y autores del medievo, conceptos como épica o literatura didáctica, distinguían una jarcha de una cantiga de amigo…
Sentí que compartía con ellos la literatura, pero también sentí que habían aprendido una herramienta fundamental:  Tener un objetivo.

El último peldaño. La experiencia no había terminado ahí. Les quedaba el último paso. Ahora tocaba que buscasen y trajesen a clase información impresa de la literatura medieval inglesa. La clave para la nueva búsqueda estaba dentro de los sobres que encontraron en sus mesas de equipo en la siguiente sesión. Debían buscar parejas  de ambas  literaturas: Beowulf/Mio Cid y Cuentos del Conde Lucanor /Cuentos de Canterbury.
Con esa información debían crear un trabajo para ser expuesto en el aula y presentarlo a los compañeros de manera oral. Las dos sesiones siguientes convirtieron el aula en un taller de arte del que salieron castillos medievales en 3D, cajas de zapatos convertidas en cofres con papiros llenos de cuentos y héroes medievales, trovadores de papel y dragones que escondían en sus alas historias en inglés y en español. De entre todos los ponentes del medievo hubo uno que se convirtió en Beowulf con solo una corona de cartulina y nos relató sus hazañas y con una manta se transformó en Mío Cid y nos cantó su gesta en primera persona y sin guión. Habían descubierto la clave : la emoción.

La reflexión formadora de la evaluación formativa.  Solos ante el reto de la búsqueda sin orientación fue como dejarlos a ellos mismos ante la resolución de cualquier situación cotidiana. Aprendieron a hacer frente a una situación nueva al coger un libro, elegirlo, abrirlo y buscar…Darles un esquema provocó en ellos una reacción autónoma… Aceptar y usar el esquema contribuyó a que aprendiesen a aceptar los consejos,  las opiniones y pautas que les indicarán el mejor camino para conseguir sus objetivos. Organizar y distribuir el material encontrado en el grupo, así como elegir de forma individual lo que era relevante a través de la creación del portafolio final les hizo ver que no están solos, pero que quien elige con los criterios de lo aprendido es cada uno de ellos. Contrastar las dos culturas les ofreció la oportunidad de entender que no importa el tiempo o el lugar,  los seres humanos sentimos lo mismo aunque hablemos lenguas distintas.Al hacer esta reflexión todos juntos trajo a la clase el movimiento, la emoción, aventurarse a aprender aprendiendo, atravesando el vasto muro de la literatura medieval.  Y de repente, aquella pregunta de antaño, ¿Para qué sirve estudiar la literatura medieval? Quedó contestada: para enfrentarme a la vida. Las técnicas de la evaluación formativa tienen como objetivo formar.