Érase una vez un país de proporciones geográficas gigantescas, de un índice demográfico gigantesco, de una historia gigantesca y de una expansión económica gigante también. Casi todo en él era gigantesco, tanto que apenas si encontraba en el resto del mundo uno o dos países que pudieran competir en gigantismo con él.

Sin embargo, no sólo eran gigantes sus virtudes; sus defectos eran de igual o mayores proporciones que aquéllas, en especial su enorme preocupación por reprimir todo lo que oliese a libertad o su escasa consideración hacia el medio ambiente.

Tales eran las ínfulas derivadas de su espíritu colosal que anhelaba febrilmente albergar algún acontecimiento de proporciones universales. Una Olimpiada, por ejemplo, símbolo y referencia máxima del deporte internacional.

Rumiando en voz baja –no es propio de gigantes someterse a según qué exámenes–, el titán accedió a presentar su candidatura al juicio internacional, prometiendo, eso sí, cumplir fielmente con la condición 'sine qua non' de redimirse en lo que a represión y dictadura demandaba el mundo mundial.

Imbuido ya de la condición de sede oficial de los XXIX Juegos Olímpico de nuestra era, nuestro país agotaba el período de preparación sin que esa promesa de apertura política, social e intelectual se evidenciara más allá de un gesto aislado o una frase de justificación en los grandes foros internacionales. Un descomunal paripé que escondía, aún más si cabía, un agravamiento de su conducta censora y represiva.

Muchos periodistas seguían encarcelados y muchos bloggers comenzaron a estarlo pronto. Páginas como Google o YouTube fueron prohibidas por el evidente grado de intoxicación que podían provocar en las mentes de sus ciudadanos. El Gobierno controlaba todas y cada una de las conexiones a Internet, y aquel que osara transgredir la línea de hierro impuesta corría grave peligro de acabar en la cárcel, en la miseria o ante el verdugo. Porque sí, también era un país de ejecuciones en masa.

De poco valieron las protestas de las organizaciones de derechos humanos internacionales y los propios testimonios de las víctimas del gigantismo tramposo y avasallador: la comunidad mundial hizo la vista gorda y se olvidó rápidamente de aquella condición impuesta en épocas de candidaturas. No en vano, el beneficio económico que el gigante podía reportar no podía ser puesto en tela de juicio por un quítame allá esa libertad de expresión, de comunicación o de simple existencia.

Así pues, una de las mayores manifestaciones de solidaridad, hermanamiento, libertad y comunión jamás creadas por el ser humano, la cita olímpica, acabaría celebrándose en una nación que despreciaba todos esos valores. Una contradicción y una vergüenza gigantes. Una farsa descomunal. Una mentira titánica. Un cuento chino.