CRÍTICA DE TEATRO/'MISÁNTROPO'

Con Alcestes hasta el infierno...

Alcestes es un mito. Un ideal para cualquiera. ¿Quién no querría moverse con sus ideales por la vida? Dudo que alguien, una vez conocidos los mismos, no tenga ganas de fichar en su equipo. Otra cosa es que la vida, la realidad y el mundo que nos rodea, sea capaz de tolerar a una persona como el personaje central del Misántropo de Molière.
Se puede resumir en dos puntos fundamentales el ideario vital de este personaje creado por el autor galo. Por un lado, se mueve por un amor puro, cristalino, hacia su amada Celimena. Un pasión sin límites, que sólo se resiente cuando ve que ella centra las miradas de muchos y se le disparan sus propias inseguridades.

Su segundo principio es la verdad. La verdad absoluta, duela o guste. La verdad, ante todo y todos. Y eso, en la sociedad de Molière, ahora, en pleno siglo XXI, y si el cambio climático no lo evita, en las centurias sucesivas, es muy difícil de digerir si se vive en sociedad. Para Alcestes todo es blanco y negro. El gris, en ninguna de sus gamas, existe. Las medias verdades, las mentiras piadosas, el mirar para otro lado... punto fundamentales e intocables cuando se vive rodeado de seres humanos, no son  más que signos de la hipocresía, la falsedad y la corrupción de una sociedad decadente.

¿A quién lo gustaría llegar al trabajo y decirle cuatro verdades a unos cuantos compañeros y a los jefes? Imagino que a muchos, pero todos, incluido Alcestes, sabe de las nefastas consecuencias que tendrá esta forma de actuar.
En torno a esta complicada situación vital y social se desarrolla el clásico de Molière y la versión libre que Miguel del Arco ha firmado para su compañía Kamikaze Producciones.

El callejón trasero de una sala de fiestas acoge el desarrollo de esta maravilla escénica. Allí se refugia Alcestes, en busca de aire y como vía de escape frente a la falsedad que impera a su alrededor. Se encuentra en una fiesta de trabajo y de sus entrañas no sale una sonrisa falsa hacia el jefe que odia, menos aún tomarse una copa con los trepa que le rodean y que en cuanto se da la vuelta sabe que lo despellejan. Pero ni en ese maloliente enclave lo dejan tranquilo. Las aves de rapiña que le rodean, incluida su amada Celimena, no dejan de entrar y salir, lo que dispara su tortura hasta el infinito...

Este Misántropo se desarrolla a una velocidad de vértigo. Tiene un comienzo estupendo, con el largo diálogo que mantienen en solitario Alcestes y Filinto. Desde ese momento, no deja de crecer, fruto de una puesta en escena sobria, brillante y efectiva. Muy sugerentes las proyecciones en los momentos de ensoñación del personaje central.

Los diálogos son demoledores y profundos, a la vez cercanos y alejados de cualquier tesis sesuda. Incluso, el humor y la música se cuelan por una rendija –espectacular el número que se marca Cristóbal Suárez (Oronte)–, lo que permite que la obra respire y el espectador se meta aún más en su desarrollo.

Toda crítica debe incluir un análisis de la labor de sus protagonistas. De este Misántropo, lo mejor que se puede decir es que el elenco se asemeja al Atlético de Madrid del Cholo Simeone de la temporada futbolera recién finalizada. Funciona como un equipo con un mecanismo suizo. Nadie sobresale. Nadie desentona. Todos brillan, por sí mismos y por la luz que sus compañeros desprenden.

Por ejemplo, Israel Elejalde, que da vida Alcestes, está majestuoso. En estado de gracia. Como el resto.
Este Misántropo es lo mejor que ha pasado por el Cuyás en años. Inolvidable.