Comentario Internacional. Bush, en Europa

La ocurrencia de Donald Rumsfeld al dividir al continente entre vieja Europa (la que se oponía a la guerra de Irak) y los demás fue enterrada poco a poco y hoy el discurso oficial a los dos lados del Atlántico, con Bush en Viena reunido con la plana mayor de la Unión, es el de la cooperación y el entendimiento.

ENRIQUE VÁZQUEZ

Formalmente es exacto: ¿qué queda del combate franco-alemán en las Naciones Unidas contra la desdichada invasión? Jacques Chirac está irreconocible y del gaullista estricto que fue queda solo el profesional en vísperas de un retiro sin gloria. En Alemania hay un gobierno nuevo, con una competente conservadora al frente y en el Reino Unido, sin novedad.

El presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, fue el anfitrión, como primer ministro portugués, de la ominosa cumbre de las Azores. Bush fue reelegido y los líderes europeos tuvieron desigual fortuna, pero sin grandes cambios, salvo el registrado inesperadamente en España. El relevo de Berlusconi, estrecho aliado de Bush, por Romano Prodi ha llegado con la crisis iraquí en su cuarto año y cuando la retirada de las tropas italianas estaba prevista y carece de dramatismo.

El ministro español de Exteriores se esforzó con éxito el lunes en repetir en Washington que la colaboración de Madrid con Washington es intensa en todos los órdenes, como corresponde a países amigos y aliados, y ese discurso es el ordinario en el continente. La UE se ha plegado al criterio americano-israelí de ahogar financieramente al Hamas y su tardío mecanismo de asistencia recuerda a una limosna que conlleva una capitulación política.

Nunca hubo política exterior de la UE y sigue sin haberla con el matiz adicional de que, aparcada la crisis iraquí, ha vuelto el discurso del vínculo trasatlántico como el único marco disponible. Es verdad que Washington ha hecho un esfuerzo en Irán al plegarse a una visión más europea que le ha obligado a dejar de lado las amenazas militares.

En resumen, tras lo de Irak, se ha vuelto a la tradición que pasa por aceptar, tácitamente al menos, la superioridad americana y su liderazgo político. Una encuesta del acreditado Pew International prueba, sin embargo, que hay muy poca estima popular en Europa por la conducta norteamericana: la más alta entre los británicos (56 por ciento) y la más baja, en España (24 por ciento). Pero eso en la Viena de una Unión Europea parada y sin mucho horizonte, importa poco.

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