Bryan Adams, rock & baladas

13/09/2005

Media luna como testigo sobre 10.000 cabezas atentas a la salida de Bryan Adams. Al filo de las 22.00 horas se percibe cierta excitación añeja, la que anunciaba grandes noches de rock and roll. El canadiense empezó ganando el partido, despertó en Las Palmas de Gran Canaria nostalgia, que hoy en día ya es mucho pedir.

Su presencia en Gran Canaria despertó la lógica expectación de alguien que ha sido capaz de vender 50 millones de discos. Muchos de los que ayer asistieron a su concierto -la mayoría–, sólo fueron capaces de tatarear alguna de sus canciones, entre otras cosas porque las más conocidas, las que fueron número uno, tienen más de 20 años y no son tan inmortales como el Yesterday o el Satisfaction (esto son palabras mayores), pero acudieron con la convicción de que iban a presenciar un espectáculo que pocas veces toca esta parte de la orilla. Y así fue.

Camiseta de algodón ceñida, vaqueros, guitarra Fender a cuestas y acompañado de un excepecional banda de la que tiran el guitarra Keith Scott y el batería Mickey Curry (su banda oficial), Adams se aferró a la sobriedad de su rock sin excesiva trampa ni cartón para despachar un concierto firme, bien labrado, con un repertorio plagado de hits que el público fue reconociendo poco a poco.

Bryan Adams imprimió a su concierto un ritmo estándar, con un inicio fuerte y muy rockero apoyado sobre todo en las canciones con las que ha promocionado en forma de singles su último disco, Room Service. La canción que da título a este su último trabajo abrió el fuego y detrás apareció Open road. Poco a poco fueron apareciendo los clásicos, como Cuts like a knife, himnos de los ochenta como Spirit of 69, Kids wanna rock, intercalando sus riffs más sólidos con las baladas que han caracterizado su carrera y que le permitieron además incorporarse a la suculenta tarta de las bandas sonoras, (Everything I do) I do it for you sin ir más lejos.

Baño de multitudes

Adams mostró vitalidad y jugó con su público, al que movió de un lado al otro del escenario, haciéndole partícipe de la velada. Se acercó a las primeras filas para sacarse fotos con sus fans más enfervorizadas (que las tiene), se dio un particular baño de multitudes. 18 till I die, Let's make a night to remember, Can't stop this thing we started, When you’re gone, Not Romeo not Juliet (también de su último trabajo), Heaven, It’s only love y The only thing that looks good on me completaron un primer set que se prolongó durante 90 minutos. Luego llegó el primer bis (Cloud number 9 o la añeja Run to you) y la antesala del adiós, muchos más íntimo y acústico, interpretando con la acústica en bandolera y con la media luna reforzada por miles de mecheros y móviles, temás para el arrumaco como Flying, All 4 love (la de la película Los Tres Mosqueteros pero sin Rod Stewart y Sting) o Straight from the heart. A golpe de balada, y como se hacía en las discotecas de antaño, Adams cerró con romanticismo las puertas de su concierto en Gran Canaria y probablemente logró hacer feliz a más de uno. Nuevas parejas, alguna reconciliación, probablemente algún encargo para dentro de nueve meses. En definitiva, love and life (amor y vida), palabras que pregona con cierta incontinencia el canadiense y con las que predica por todo el mundo (siempre con la ayuda de su música).

Antes del concierto, Bryan Adams se perdió por Gran Canaria en compañía de sus amigos canarios, tal y como había adelantado en la entrevista que ayer publicaba CANARIAS7. Ni siquiera se pasó por el recinto de Siete Palmas en las horas previas al concierto, tal y como se había especulado durante la mañana. No hizo prueba de sonido y lo que hizo en la isla durante las horas libres que disfrutó, comenzará a saberse gracias al bendito boca a boca, que nos dirá si su dieta vegetariana incluirá a partir de ahora las papas arrugadas.