Breve ensayo sobre meditación

23/11/2012

El dilema de la vida. El país de la conciencia. La ética de la atención y del cuidado. La muerte de las ideas. La rutina y la creatividad. Los falsos problemas. La perseverancia… de estos y  otros asuntos, en ningún caso menores, escribe, en su último libro, Pablo d’Ors (Madrid, 1963). Biografía del silencio (Siruela) es un breve ensayo sobre meditación y, al mismo tiempo, una invitación al lector para que se lance y nade sin miedo por el oscuro y luminoso océano del silencio. «Cualquier meditación, aun la más corta, aun la más dispersa, es buena para nuestra alma. Sentarse a meditar en silencio es casi siempre lo mejor que se puede hacer», proclama quien comenzó a hacerlo cuando tenía veinte años, aunque no fue hasta que cumplió los cuarenta que se consagró a ello con rigor y constancia.

No vivimos tiempos, sin embargo, que inciten a sentarnos calladamente a contemplar  nuestro interior, a entrar en nosotros mismos. «La sociedad en que estamos no favorece esta actitud de recogimiento. Es más, la imposibilita y eso es un problema gravísimo. El principal problema del hombre contemporáneo es el ruido y su necesidad básica existencial es el silencio». Quizás, insiste, no sea urgente, pero sí esencial, porque «sin silencio vivimos fuera, dispersos, y mientras estemos fuera vamos a vivir de una manera no humana».


La profunda reflexión lo ha llevado a convencerse de que los seres humanos somos un misterio y que eso no es nada malo. «A menudo confundimos enigma –algo que certeramente podemos resolver– con misterio –que se ensancha a medida que entramos en él–. A medida que te adentras en lo importante de la vida –el amor, el arte, la espiritualidad…– te vas dando cuenta de que somos pozos insondables de misterio». Y lo más relevante, descubrimos que no somos máquinas, ni tampoco domesticables. «Si caemos en la tentación de cosificarlo todo es por la necesidad de controlar», recuerda.


Detrás de la meditación y del necesario silencio está la búsqueda de la identidad propia. Según explica Pablo d’Ors, que procede de una familia de artistas, dos son los presupuestos desde los que construirla. De un lado, a través de la suma, creyendo que la identidad se conforma a base de añadir experiencia, lecturas, viajes, contactos personales. De otro, gracias a la resta, es decir, a medida que nos despojamos de las cosas, vamos descubriendo lo que somos. En su caso, hasta los cuarenta años vivió la pedagogía de la adición y desde entonces, la de la detracción. «Sumar supone emprender una carrera sin fin y lo que hay que saber es que lo que somos hay que descubrirlo, no construirlo. Al final, debemos darnos cuenta de que somos más de lo que creemos».


Autor de El estupor y la maravilla y Lecciones de ilusión, para él la escritura es un camino de indagación, como el silencio. Quizás por eso sus libros partan siempre de la experiencia personal. Pero que nadie piense que contrapone silencio y palabra. «El silencio se contrapone al ruido. Palabra y silencio son las dos caras de la misma moneda. El silencio aboca a la palabra auténtica y la palabra al silencio verdadero». Además, compartir el silencio, que está preñado de vida, une a las personas.


Se queja de que la literatura se centra, en un 90%, en el mal, en el corazón de las tinieblas, y en muy pocas ocasiones en lo que llama el bien de la luminosidad. «Esto no se debe a que la belleza o el bien no existan. Pero si los escritores no toman acta de la positividad es porque lo más hermoso hace menos ruido y es más difícil de ver».  Y para ver, es esencial meditar, que no es más que un proceso de purificación para aprender a ver. «Tenemos la estúpida o ignorante presunción de que vemos la realidad y que lo que tenemos delante es lo que es, tan metidos estamos en nuestro mundo». Y así, continúa, se nos escapan lo más bello y luminoso.


También es cierto que no es tan fácil enfrentarse al silencio, pues no sabemos qué vamos a encontrarnos. «Si por algo nos da miedo es porque lo que aparece en primera instancia es una imagen de nosotros mismos que no nos gusta. No nos gustamos. Y de ahí la huida de nosotros mismos y la búsqueda insistente de la dispersión y el entretenimiento».