Atlaticidad. La iberia de Saramago

El polémico José Saramago acaba de ser noticia por dos motivos muy distintos. Uno relacionado con la oficialización en España de su matrimonio con la periodista y traductora Pilar del Río, ceremonia por lo civil celebrada en la localidad granadina de Castril, de la que es natural Del Río; y otro referido a unas polémicas declaraciones en el periódico lisboeta Diário de Noticias donde propuso la integración de España y Portugal en un nuevo país que el escritor sugiere rebautizar como Iberia.

JUAN MANUEL GARCÍA RAMOS

No han sido ni pocas ni irrelevantes las voces de compatriotas de Saramago que se han apresurado a condenar la ocurrencia del novelista lusitano, quien ya había tenido un enfrentamiento serio con su país de origen a cuenta de la publicación en 1991 de la novela El Evangelio según Jesucristo.

En aquella fecha, el gobierno del Partido Socialdemócrata de Aníbal Cavaco Silva, presionado por la influyente Iglesia Católica, vetó la presentación de El Evangelio... de Saramago al Premio Literario Europeo de ese año, por entender que la novela de su coterráneo ofendía a todos los católicos del mundo.

La respuesta del narrador portugués fue abandonar Lisboa y radicarse en Lanzarote, donde ha continuado escribiendo con la fortaleza acostumbrada.

Quince años más tarde, con Cavaco Silva convertido en el sexto presidente de la República Portuguesa, José Saramago lanza un nuevo órdago que ha conmocionado a todos los escalones de la política y la intelectualidad de su país natal.

Para la mayoría de esos representantes, el deseo/profecía de José Saramago de que Portugal acabará por convertirse en una comunidad autónoma más de España, en igualdad de condiciones que Cataluña, Galicia o Euskadi, aunque en un nuevo sujeto político integrador que podría denominarse Iberia, ha sentado como la heterodoxia más provocadora de las que podían esperar de su laureado escritor.

El embajador de Portugal en Madrid, Antonio da Cruz ha llegado a afirmar que esa «visión de Saramago es una visión del siglo XIX y no del siglo XXI». Para Da Cruz «es muy fácil odiar a Portugal en el extranjero, lo que es difícil es defender los intereses de Portugal en el extranjero y eso el señor Saramago es manifiestamente incapaz de hacerlo».

También el ex candidato independiente a la presidencia portuguesa, el poeta Manuel Alegre, le ha recordado a Saramago que tiene la responsabilidad de haber ganado el Nobel de Literatura con la lengua portuguesa.

Todos ellos han repelido la propuesta de Saramago con el chauvinismo esperado y casi ninguno se ha detenido a pensar que los novelistas hablan casi siempre en clave metafórica.

Saramago es un antieuropeísta convencido y en 1986 publicó una de sus novelas más sugestivas: La balsa de piedra. En esa fábula imagina un desgajamiento de la península ibérica tras una falla tectónica en los Pirineos y pone a navegar, Atlántico adentro, a esa «balsa de piedra». Y es esa solitaria península que vaga por los abismos oceánicos el símbolo de todos nosotros a través de los tres hombres y las dos mujeres que centran la atención del relato de Saramago, en busca de sus identidades perdidas y ahora halladas en esta nueva situación de emergencia que viven todos en su éxodo marítimo.

Ese iberismo errante está a punto de chocar con las Islas Azores antes de llegar a la altura de la América del Norte, una América septentrional que rechaza para desplazarse luego hacia la América del sur y acoplarse a ella como una demostración de complicidad cultural y lingüística.

Es el sueño particular de un escritor atlántico: desde Lisboa, desde Lanzarote. El Atlántico de Saramago no es sólo un territorio de misterio o un puente hacia otras culturas: es un estado de ánimo, un modo de ir por la vida, respetando a los otros tanto como a nosotros. El Atlántico portugués donde nació Saramago y el Atlántico insular donde se ha venido a vivir es la comarca cultural más pujante de toda la gama planetaria porque en ella, como en ninguna otra, se ha producido un diálogo abierto de culturas, de sensibilidades y de economías como nunca conoció la Humanidad.

La provocación política del Saramago de este 2007 tiene mucho que ver con la imaginación literaria del Saramago de 1986 puesta a prueba en esa «balsa de piedra».

En una España donde muchas de sus comunidades autónomas quieren tirar cada una por su lado, la reflexión de Saramago ha reabierto el debate por donde menos se podía esperar: integración frente a disgregación. La Iberia de Heródoto cobra un nuevo cuerpo no tanto geográfico y étnico como político.

Si los líderes políticos y lusitanos se han apresurado a denunciar la «alta traición» de Saramago, ya nos podemos imaginar lo que su propuesta supondrá para los soberanistas vascos o catalanes, hoy día obsesionados por apartarse de cualquier idea de España unitaria.

Cuando la España constitucional de 1978 se cuartea por muchos de sus territorios, cuando Ibarretxe y Carod Rovira plantean una independencia de sus pueblos, de todo lo que signifique la España consabida, llega el comandante Saramago y manda a parar.

Dice Saramago que todo es posible en un mundo cambiante, donde muchos países de Asia y la propia Unión Soviética han cambiado de piel política sin que haya pasado nada.

Animados por la imaginación sin límites de Saramago, bien podríamos plantearle los canarios a nuestro vecino de Lanzarote una meditación sobre el futuro de nuestro Archipiélago.

Por mucho que lo intentemos, las islas no forman parte de esa península ibérica. Caminan solas por el Atlántico y siempre han estado persiguiendo una identidad perdida.

Los europeos de nuestros días nos han distinguido con el apelativo inquietante de «ultraperiferia» y nosotros seguimos manteniendo que en un orbe esférico ningún pueblo es ultraperiférico con respecto a otro.

Estamos donde la naturaleza nos puso y llevamos siglos y siglos entendiéndonos con los continentes más cercanos: África, Europa, América. También cabríamos dentro de una metáfora de pueblo errante sin movimiento físico alguno.

Nuestros traslados han sido intelectuales, comerciales, migratorios, económicos... Nos hemos desplazado por ese Atlántico sin habernos movido de nuestros meridianos y paralelos. Somos, a la vez, genoveses, portugueses, holandeses, británicos, castellanos, andaluces...

Durante decenios y decenios, nuestra economía Canary Islands dialogó directamente con Europa pasando por encima de la península ibérica, aunque todos nos hayamos formado en algunos libros talismánicos como Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Somos hijos del Poema del Mío Cid y de Cervantes, de Quevedo y de Galdós; pero también de la arquitectura lusitana y de los cultivos británicos, de Dante y de las culturas bereberes y americanas.

Un pueblo que no ha cesado de interrogarse a sí mismo y que no ha encontrado el estatus político que ha buscado sin cesar durante al menos cinco siglos. Amén.