Alonso Quesada retrata a Domingo Rivero

ANTONIO HENRÍQUEZ JIMÉNEZ

Se vislumbra la figura de Domingo Rivero González en el siguiente retrato, que vio la luz en la segunda década del siglo pasado, en un periódico de Las Palmas de Gran Canaria. Aparece sin firma, pero su autor se retrata también por su manera de escribir y por el título general del texto, En broma, que formó serie en la primera etapa de escritura periodística de su autor; idéntico a otros ya publicados, con varios de sus pseudónimos, y parecido a muchos otros del mismo autor, que no es otro que Rafael Romero Quesada, más conocido como Alonso Quesada. Unos años antes de escribir este texto, disfrazado de Gil Arribato, decía: « Yo soy un sentimental/aunque siempre en broma escribo;/yo no me he alegrado nunca/ni yo nunca me he reído./ «Las apariencias engañan»,/dice un refrán conocido./Y es verdad. A mí me juzgan/ tan sólo por lo que escribo;/ y me suponen alegre/y me suponen festivo./¡Y no saben que Arribato/está siempre compungido!». En Dos jardines tampoco se da el nombre del retratado, Domingo Rivero; pero la descripción nos lleva a su figura. El título de la serie a la que pertenece el retrato que presento (En broma) explica el sesgo del texto. Dentro de la ingenuidad descriptiva, no nos encontramos un escrito tan «en broma», como parece, ya que transmite una acerbísima crítica a la sociedad de Las Palmas de Gran Canaria de la época. En especial, al estamento judicial y sus aledaños, con una ironía demoledora. Por este nos enteramos de algunos de los objetos que se mostraban a los turistas. Hasta no hace mucho, una horca estaba en un sótano-cripta de la Casa de Colón, ¿se acuerdan? El autor nos lleva a dos escenarios que tienen que ver con la Justicia; primero, al palacio del Regente, en una de las esquinas de la Plaza de Santa Ana, donde la naturaleza es allí hermosa y cuidada. Luego nos transporta a la Audiencia, junto a la iglesia de San Agustín, donde la naturaleza es lo contrario a la de la Casa Regental: ni hermosa, ni cuidada, a lo que salga, asilvestrada, de acuerdo con los que por allí transitan (ñames, geranios vulgares, tunos, calabazas), a excepción de una única flor, «un hombre alto, pálido», con barba, «el único poeta de la curia». Para llegar a él hay que atravesar mesas y pasillos. Allí, en una habitación recóndita, ocupada por «la única flor de la casa», contemplaba el poeta retratado el mar. Recordemos lo que nos dice Rivero, en el poema Viviendo: Acepta su destino, mientras oye al mar y ve en él el drama de la emigración:«Mi oficina da al mar. Desde la silla/donde hace treinta años que trabajo,/las olas siento en la cercana orilla/de las ventanas resonar debajo./Y mientras se deshacen en espuma,/en la playa al batir, constantemente,/yo en mi triste labor muevo la pluma/y crecen las arrugas en mi frente./A veces sobre el mar pasa una nave/que se pierde a lo lejos como un ave/que empuja el viento del Destino esquivo/Son emigrantes. ¿Volverán? ¡Quién sabe!/Cuando su lucha por la vida acabe/yo trabajando seguiré si vivo». Sigamos ahora con el poema Al poeta muerto, Tomás Morales: El poeta Rivero sigue oyendo al mar y sigue aceptando su vida: «Un día, en mi oficina hasta cuyas ventanas del ancho mar cercano llega el ruido,/con tristeza te hablé de la mezquina/labor que mi existencia ha consumido/mientras oigo las olas soberanas/Y aquí sigo, Tomás, donde me viste;/y hoy de junto a este mar, que fue tu gloria,/mi vejez que, escuchándolo, resiste/en esta lucha estéril por la vida,/un recuerdo consagra a la memoria/de tu robusta juventud vencida Al autor de Dos jardines, recién fallecido, dedicó Rivero también un poema. La siguiente nota al pie del poema en el periódico en el que se publicó es significativa de los avatares que corrieron las creaciones de Rivero al pasar al público: «Estos admirables versos, que publicamos sin permiso del autor, tienen la fecha del día que se hicieron, y en la que no nos fijamos al robarlos. Esperamos que el autor nos perdonará los dos delitos». Al pie del manuscrito autógrafo del poema A la memoria de Rafael Romero, se puede leer: «Monte. 27 Nov(iembre) 1925». En tal ocasión, Rivero sí recuerda el mar, pero no su oficina de la Audiencia, casa de la que él era «la única flor». «A veces, en la calle, al vernos un instante,/ a la hora en que el trabajo breve tregua nos daba,/nimbado de emoción el pálido semblante/sus más recientes versos, erguido recitaba./Y así le veo siempre: humilde y altanero/toda su vida fue pobreza y poesía,/sus versos a la altura lanzar como un hondero,/en medio de la atlántica serenidad del día». He aquí el retrato, titulado En broma. Dos jardines: Tiene la Regencia un jardín que bien pudiera llamarse el jardín de las Hespérides. Rosas encarnadas como la grana, como la cara de un acreedor cuando cobra; rosas amarillas, pálidas, como la cara de un litigante en segunda instancia. En aquel jardín, la naturaleza se muestra espléndida. Los árboles crecen gigantescamente: las trepadoras cubren las tapias del jardín; la fruta recuerda por su dulzura los países tropicales. ¡Aquello es un idilio! Allí vive el Presidente de la Audiencia, el mayor de los curiales. Pero en cambio, ¡oh dolor!, el patio de la Audiencia no ha podido nunca producir flores. Alguna que otra ñamera, geranios, muy vulgares, y hasta tuneras y calabazas. Aquel es el patio de los interdictos, de las ejecuciones, y para colmo de suplicio, allí está el garrote, the garrote, como dicen las tarjetas de los intérpretes. Ignoramos por qué se ha indignado la prensa porque se exhibe allí ese instrumento fatídico. ¿Qué más garrote que una demanda bien planteada? Pero volvamos al jardín. ¿Por qué allí no se dan flores? ¿Por qué no crecen los árboles? ¿Pero van a crecer entre rollos y apuntamientos? Pasa un relator con un rollo, y se seca un rosal; pasa un escribano con una competencia, o una declinatoria, y adiós los geranios. Pasa un abogado evacuando... un traslado, y adiós las calabaceras. ¡Oh curiales menores! Sois incompatibles con las flores: sólo algunos procuradores, presumidos, se permiten el lujo de llevar algún crisantemo en el ojal. Pero suban ustedes las escaleras; atraviesen un kilómetro de galería; pasen por dos o tres mesas de oficina, y en el fondo de una habitación encontrarán un hombre alto, pálido, escondido dentro de una barba, ya entrecana; está redactando oficios, y al margen de las minutas hay palabras que riman, y pensamientos originalísimos; es el único poeta de la curia; es la única flor de la casa.