A mi tío Francisco lo tiraron al pozo de Tenoya

08/11/2008

Los hallazgos de restos humanos en el pozo del Llano de Las Brujas (Arucas) han demostrado que lo que se contaba era cierto: allí tiraron a víctimas de la represión. Pachuca Trujillo representa a una de las familias que buscan a sus muertos después de 70 años.

"Mi padre nunca olvidó el último cruce de miradas que tuvo con su hermano Francisco", afirma Pachuca Trujillo Reina (Gáldar, 1953). Pachuca -el apodo que prefiere a su nombre de pila, Francisca- sabe a ciencia cierta que su tío Francisco fue asesinado en la boca del pozo de Tenoya y arrojado al fondo. Lo sabe porque su padre estaba en la misma fila y se salvó por poco.

El de Tenoya será posiblemente el próximo pozo que se abra cuando concluya la excavación que se realiza en el del Llano de Las Brujas, donde ya se han hallado restos humanos y casquillos de bala. Cuando Pachuca recupere los restos de su tío se cerrará el círculo que comenzó a trazarse el 18 de julio de 1936, cuando otro de los hermanos de su padre, Diego Trujillo Rodríguez, alcalde democrático de Gáldar por el Partido Socialista desde las elecciones de febrero de ese año, decidió que no entregaría el ayuntamiento a los alzados.

Pachuca se apresta a relatar la historia de su familia, pero antes una salvedad: «No hacemos todo esto ni por venganza ni por odio ni por pensiones ni por ninguna razón parecida. Sólo queremos que se nos devuelva a nuestros familiares, que están botados como perros en los pozos, para poder darles una sepultura digna».
Diego y su concejales se hicieron fuertes en el ayuntamiento, hasta que la amenaza de un barco torpedero que se acercó por la costa les llevó a rendirse para evitar males mayores.

Según su sobrina, el alcalde fue prendido en el mismo ayuntamiento y enviado al campo de concentración de La Isleta, donde su mujer, Rosario, se desmayó en una visita al oír por la megafonía el nombre de su marido en una lista de condenados a muerte.

Mientras, Nicolás, el padre de Pachuca, que había hecho la mili en África, fue reclutado y enviado a un destacamento que esperaba en Guía la orden de unirse a las tropas de Franco en la Península. «Al enterarse de lo que estaba ocurriendo pidió permiso para ir a ver a su familia, pero se lo negaron, así que se escapó». Pachuca relata la historia que le contó su padre, quien, dice, dejó a sus hijas «empapadas de su dolor».

La llegada de Nicolás a Gáldar se produjo en un día aciago en el que una partida de falangistas buscaban hombres de casa en casa. «De la de mi abuelo sacaron a mi tío Francisco y a mi padre lo cogieron en la plaza». Reunieron a unos 20 prisioneros y los condujeron a pie hasta la entrada de Gáldar. «Allí los subieron en camiones y los llevaron a Arucas, donde hicieron una especie de selección. Unos cuantos fueron devueltos al camión para llevarlos al lazareto de Gando y otros, también en camión, fueron conducidos a Tenoya».

Pachuca hace un inciso y vuelve a Gáldar, a la casa de su abuelo. «Se puede imaginar cómo estaría mi abuelo con un hijo condenado a muerte (el alcalde) y dos desaparecidos». Pidió ayuda a un joven falangista que había sido amigo de sus hijos: «No se preocupe maestro Ángel yo sé dónde están y se los voy a traer de vuelta».

Volvemos con Nicolás, Francisco y sus compañeros de infortunio. «Al llegar a Tenoya los bajaron del camión y los pusieron en fila en la boca del pozo. Mi tío Francisco iba unos cuantos hombres por delante de mi padre cuando llegó el falangista (enviado por el abuelo) y les dice a los demás: ‘A estos dos me los tengo que llevar, porque tengo cuentas pendientes con ellos’. Desgraciadamente Francisco ya estaba en la boca del pozo. A mi padre lo sacó a empujones de la fila y lo salvó». El ardid llegó tarde para Francisco. «Mi padre vio cómo arrojaban a su hermano. Él decía que les daban un tiro antes de tirarlos, un culatazo o sencillamente los empujaban. A mi tío le dieron un tiro».

Nicolás nunca olvidó este momento y así se lo relató a sus hijas que hoy lo transmiten. Murió en 1973, con 60 años. «Él sólo quería recuperar a su hermano para darle sepultura y con ese anhelo murió».

«Su historia era tan real y dolorosa»

Cuando Pachuca y sus hermanas eran niñas sufrieron el trato que se deparaba entonces a «los rojos». «Nosotras no entendíamos que se nos insultara por la calle, que no nos dejaran entrar al casino o a la biblioteca y le preguntábamos a nuestro padre que qué habíamos hecho para merecerlo. En contra de la opinión de mi madre, mi padre decía que merecíamos una explicación. La forma en que mi padre contaba lo que había vivido fue tan real y tan dolorosa que nosotras llevamos su dolor dentro de nosotras».

«Mi madre se hizo cargo de la casa»

«Mi madre fue una mujer muy valiente, muy generosa, que nos sacó adelante con su trabajo». Guillermina Reina, la madre de Pachuca, trabajaba en un almacén de plátanos cuando de produjo el golpe de Estado. Tenía un cargo sindical y se le encargó reunir a las mujeres que trabajaban de asistentas para que salieran a la calle con palos y piedras y se manifestaran contra los militares. Se casó con Nicolás en 1943 y al poco tuvo que hacerse cargo de la casa. A Nicolás le pasó como a otros que habían sufrido lo que él padeció: se refugió en la bebida.