Costumbrismo en Canarias a finales del XIX (XIV) Gran Canaria
La Caldera de Bandama iba a ser el primer destino de la exploración | Se detendrán primero en Tafira, que Mr. Edwardes lo ve como un lugar idílico
Mario Hernández Bueno
Las Palmas de Gran Canaria
Sábado, 8 de noviembre 2025, 23:27
Pancho, el guía contratado, había llegado arropado por elogios. ¡Menudo elemento! «Un tipo lleno de energía cuyos ánimos más que apagarse se encendían ante cualquier empresa fuera de lo común. Había vivido una juventud borrascosa en La Habana, donde estuvo implicado en delitos de sangre». Por lo demás era un tremendo charlatán y no paraba de contar aventuras, pero demostró ser el obediente servidor.
La Caldera de Bandama iba a ser el primer destino de la exploración. Se detendrán primero en Tafira, que Mr. Edwardes lo ve como un lugar idílico. Salpicado de palmeras y bonitas casas de campo, conectaba a diario con la capital gracias al coche de San Mateo (una diligencia). Sin embargo, la cosa se malogró tras un desagradable encuentro con un cura loco, que lo insultó gravemente. Así que Pancho lo alejó del lugar y por lo tanto no pudo contemplar la famosa Palmera de Tafira, que media más de 18 metros. La animadversión hacia los extranjeros por la fe luterana fue una constante histórica que sufrieron, sobre todo, los viajeros.
Los dos se desvían de la carretera y se adentran en los campos de viñas que, por esos días, «estaban en todo el esplendor de un primaveral mes de junio». Y llegados al asunto del vino hay que recordar que Gran Canaria no sufrió, de forma tan dramática, la embestida económica que alcanzó Tenerife por mor de los bloqueos que impuso el Imperio inglés a las exportaciones, tanto al Reino Unido como a sus colonias de Norteamérica, en favor de Madeira. Y así las islas portuguesas cedieron el Turismo a Canarias y esta, a su vez, le pusieron en bandeja el negocio vinícola. No obstante, el vino grancanario, de muchísima menor producción, en concreto el de El Monte, se cobró páginas de gloria en la españolización de América en la aventura vitivinícola.
Según Garcilaso de la Vega fue el explorador y conquistador español Francisco de Carabantes, oriundo de Toledo, quien, en 1549, llevó desde Gran Canaria a Perú las vides, recogiéndose las primeras uvas dos años después gracias a los cuidados de un tal Hernández de Montenegro. Desde Perú las vides se llevaron a Bolivia a manos de los conquistadores y misioneros, tal y como recogen las investigaciones realizadas por el brillante ingeniero y enólogo Luis Hidalgo. Por otro lado, según el estudioso Ricardo Alvarado, en principio se creyó que los vinos chilenos procedían de las semillas de uvas pasas traídas por los conquistadores desde la Península Ibérica; sin embargo, posteriores investigaciones se tropezaron en Gran Canaria con una variedad llamada País, casi idéntica a la chilena. Vides que, con toda probabilidad, pasaron de Perú a Chile en una indeterminada fecha, que los historiadores sitúan a mediados del XVI. Y esa misma variedad fue llevada desde Chile a California, en donde tomó el nombre de Misión.
Desde Chile la cadena de las vides grancanarias, en sus variedades Quebrantas, Moscatel y Albiña, compusieron un eslabón más a su llegada a la Argentina. En 1557 el padre Juan Cidrón plantó esos vidueños en unas tierras cercanas a la actual ciudad de Santiago de Estero, desde donde pasaron a zonas más meridionales como Mendoza, San Juan, La Rioja y Catamarca, lo que supuso el inicio de la espléndida viticultura argentina.
Por último, y atendiendo a los informes de la enóloga uruguaya Estela Frutos, compañera de una histórica cata de vinos hispanoamericanos que tuvo lugar, en 1992, en Extremadura, dirigida por la llorada amiga, la gran enóloga Isabel Mijares en su propio cortijo, supe que, después de varios fracasados intentos por parte de algunos conquistadores que los historiadores sitúan en 1520, la vid no se impuso en Uruguay hasta el XVIII. Cuando, por una Orden Real, es introducida a manos de humildes colonos isleños, quienes, además, fundaron Montevideo. Amén de haber sido el origen de los gauchos. Pero esta es otra historia.
La variedad que según Estela más prosperó fue la Moscatel, procedente, según todos los indicios, de los viñedos de El Monte, en donde continúa siendo uno de sus cultivos. En Uruguay, el moscatel, a pesar de ser un vino inapto para acompañar comidas, más propio de la merienda con galletas en aquellos visiteos entre ociosas damas, continúa siendo apreciado.
Y a modo de corolario: hace unos años, en Córdoba, yendo a almorzar al magnífico restorán El Churrasco, en pleno barrio de La Judería, me topé con una de sus vetustas casas que ostentaba el siguiente cartel: «Se Vende», amén de una placa: «En esta casa nació y vivió el Indio Garcilaso». ¡Increíble! Esto solo puede ocurrir en España. Y por otro lado, bueno es recordar que el gran aguardiente peruano: el pisco, según la periodista peruana Mariella Balbi es hijo de aquellos vinos de aquellas vides de El Monte. Traté hace años a la gentil Mariella, quien amablemente me regaló una copia del borrador de su libro, un amplísimo y documentadísimo volumen sobre la famosa bebida, que conservo como tal reliquia.
Pero volvamos a Mr. Edwardes y Pancho. Llegan a lo alto de la montaña de Bandama y el inglés dedica algunos párrafos al curioso accidente geológico: la Caldera, y ofrece diversos datos. Y cuando ya abandonaban el lugar para dirigirse al barrio de La Atalaya, famoso por su extraña comunidad y expertos alfareros, escribe: «Y fue por entre esta vegetación que dos morenos muchachos de anchas narices, nada más divisarnos, treparon hasta lo alto como si fueran gatos.
Llegados arriba, imploraron a Pancho que me llevara hasta la granja para probar el vino que fabricaba su madre. Por el precio de tres peniques se nos ofreció una garrafa llena. Aunque aquel vino era excesivamente fuerte, me costó convencer a mi guía para que no se bebiera hasta la última gota». Por lo que se puede intuir que Pancho le daba a la «picareta», al «trinqui». Como dice el isleño.