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Nuestro trabajo como anfitriones
Ensayo de un camarero

Nuestro trabajo como anfitriones

Apuntes gastronómicos desde la perspectiva de un profesional canario de la sala

José Miguel Sánchez

Las Palmas de Gran Canaria

Lunes, 29 de enero 2024, 11:33

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Decía el filósofo alemán Karl Marx aquello de que es propio de la naturaleza del hombre ser útil a la sociedad por medio de la realización de un trabajo. De ahí la famosa frase que hemos escuchado muchas veces de que «el trabajo dignifica al hombre». No es solo cuestión de generar unos ingresos económicos, necesarios por supuesto, sino también con el objeto de que podamos desarrollar un crecimiento personal que nos haga sentirnos útiles, autónomos y necesarios.

En la sala el trabajo que desarrollamos los anfitriones se desarrolla como en una obra de teatro en donde se llevan a cabo varios actos. Solo que en este escenario los tres actos que llevamos se desarrollan varían y se multiplican dependiendo de la cantidad de mesas y la capacidad del «teatro» para acoger a cuantos comensales se dispongan a disfrutar por mesa del menú y el servicio que ofrecemos.

Cuando uno se enfunda una chaquetilla de trabajo, un sacacorchos y un comandero, ya tiene su atrezo para empezar la función. Los comensales van llegando y ocupando sus asientos, la orquesta afila los cuchillos, y comienza el trajín.

Primer acto

En el primer acto se recibe a los comensales y se les acomoda, se les enseña el menú y se explica un poco por encima de qué va la obra. La carta de vinos, recomendaciones y se les ofrece quizás un aperitivo en lo que deciden que les apetece comer y beber. Este acto es el más importante, pues es cuando el camarero decide que papel va a interpretar para esta mesa en concreto.

Segundo acto

Durante el segundo acto, el más largo, se les toma nota de sus elecciones y se les sugiere o recomienda sobre lo que han pedido. La cantidad, el orden, la variación de sabores o texturas, etc. Los anfitriones de la sala van en consonancia con el «foso» donde se encuentra la orquesta. Esa cocina que va marcando el ritmo en el que los comensales reciben los platos que van saliendo. En un constante no parar de a una mesa otra.

¡Los entrantes a la mesa uno!, ¡los segundos de la cinco!, ¡los postres de la terraza dos! Y así sucesivamente sobre unas cuatro o cinco horas donde se intenta que todo vaya a su tiempo, con la mejor presentación posible y persiguiendo el agrado de cada uno de esos comensales que nos han elegido para pasar esa velada. Y no olvidándonos del rol que hemos elegimos con esa mesa, aunque puede suceder que tengamos que cambiarlo en medio de la obra.

Tercer acto

En el tercer acto, y ya cerciorados de que los comensales han colmado su apetito, se les ofrece el postre, algún licor o vino dulce para acompañar, o quizás un café o copa de sobremesa. Aquí más o menos sabemos si la obra les ha gustado mucho, poco o nada.

Y así mesa tras mesa durante una jornada laboral de ocho horas al día en el mejor de los casos, cinco días a la semana, once meses al año. Son muchos actos sumados donde se intenta que cada persona de esa mesa, pase el mejor rato posible. Es aquí donde el espectador debe valorar no solo la comida y el vino, sino también, el servicio, el esfuerzo y el papel desempeñado por los actores.

Este es el trabajo que nosotros los camareros y camareras desarrollamos y ponemos en marcha cada día con todas nuestras habilidades para intentar que, sin conocer las personalidades de cada uno de nuestros espectadores o su estado de ánimo ese día, disfruten del trabajo que realizamos para que vuelvan a elegirnos nuevamente. Ensayo de un camarero.

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