Mallorca, el mar que nos une

El comercio conectó en el siglo XIV Baleares con Canarias a través de expediciones que reclutaban indígenas para los mercados esclavistas. Hoy, 652 años después, los archipiélagos vuelven a estar conectados, esta vez sobrevolando el Atlántico y el Mediterráneo

ALMUDENA SÁNCHEZ | PALMA

Las playas y el sol que dan fama a Mallorca probablemente serían el último reclamo para que un canario eligiera este destino y gastara más de 180 euros en Binter si eligiera hoy volar en agosto. Pero si se asomara a la costa y mirara al mar, podría buscar las galeras que salieron de Mallorca alrededor del año 1340, surcaron el Mediterráneo y cruzaron el Atlántico hasta topar con el «Principado de la Fortuna», tal y como bautizó el Papa Clemente VI a las Islas Canarias.

El mar unió a los dos archipiélagos hace ahora unos 652 años, y fueron las expectativas comerciales -después, las expediciones misioneras- lo que vuelven a conectarlos hoy, esta vez sobrevolando el Atlántico y el Mediterráneo.

En Palma de Mallorca, el negocio turístico no ha podido ahogar el trasiego de misioneros y comerciantes que llegaban a la bahía, bien vigilada desde la colina en el que se asienta el Castell de Bellver. Hoy, son turistas alemanes y británicos en su mayoría, los que llenan de bullicio la ciudad que recibe al visitante con la catedral de la luz, a la que le hicieron un espejo de agua en el cual reflejarse.

El genio de Gaudí quedó tan prendado de ella como cualquiera que llegue hoy. No le fue fácil retirar en 1902 los paneles de madera que cubrían las naves laterales, ni desplazar la sillería hacia al altar mayor para eliminar los privilegios que tenían los monjes al orar. Les convenció, y pudo rematar su obra con un baldaquino, una corona de cartón piedra que une el reino celestial con los dos reyes mallorquines enterrados en la catedral.

La planta circular sobre la que se levanta el Castell de Bellver -única fortificación gótica de estas características en toda Europa- permite controlar la Serra de Tramuntana.

Declarada en 2011 Patrimonio de la Humanidad, los mallorquines han sabido defenderla muchos años antes de la intervención predadora del hombre, resalta el guía turístico Tomeu Amengual. Su punto alto no supera los 1.450 metros pero supuso una barrera natural a los indianos de Puerto Rico asentados en Sóller, al noroeste de Mallorca, para poder ampliar sus negocios con la capital.

El comercio que estos indianos mantenían con el sur de Francia fue tan próspero que pudieron financiar a principios del siglo XX la construcción de una línea férrea entre Sóller y Palma -el tren todavía sigue funcionando hoy-, ampliarla hasta el puerto mediante un tranvía que también sigue circulando, y montar una banca cuyo edificio alberga hoy una sucursal del Santander.

Si el viajero tiene un poco de suerte, podrá regodearse al ritmo manso del tren con el olor de romeros y brezos que crecen en la Tramuntana, potenciado por una lluvia fina que cae sobre multitud de encinas y olivos.

A poco más de 20 kilómetros, se encuentra Valldemosa. A duras penas, escapa de la explotación turística. A pesar de eso, las construcciones de los alrededores conservan la tonalidad clara de la piedra de marés. Solo el campanario de la Cartuja, de color verde turquesa, quiebra el paisaje integrado.

El rey Jaime II buscaba aliviar el asma de su hijo y mandó construir un palacio en 1309 sobre el alcázar de un valí moro llamado Mussa del que surgió el nombre del lugar.

Cinco siglos después, los médicos recomendaron al músico Frederic Chopin pasar el mayor tiempo posible en la Cartuja cuyo clima podía mitigar la tuberculosis que padecía. Pero en 1839, Mallorca vivió el invierno más duro que hubo en todo el siglo y el compositor no pudo sobreponerse. De su piano, se escapan aún hoy las notas de Gota de Agua que se esparcen por la Tramuntana.

La imagen de la izquierda recoge el edificio modernista construido por los indianos para levantar el Banc de Sóller. A la derecha, detalle de las paredes de La Lonja de Palma. Los comerciantes al llegar aprovechaban para afilar sus espadas contra la piedra y devolverles su eficacia. Hoy, la piedra del marés conserva las huellas en el exterior del edificio. Abajo, el baldaquino que construyó el arquitecto Antoni Gaudí en la catedral de Palma. La estructura está hecha de cartón piedra para aligerar el peso, y se levanta sobre las tumbas de dos de los tres reyes de Mallorca.