El alemán Olaf Scholz, Pedro Sánchez y el portugués António Costa. / Efe

Por qué el grueso de la UE no apoya la solución energética que quiere España

Algunos países del bloque rechazan desvincular el gas del precio de la luz por miedo a fragmentar el mercado

OLATZ HERNÁNDEZ Bruselas

La subida del precio de la electricidad ha reactivado el debate sobre la reforma del mercado energético europeo. La discusión lleva meses encallada en Bruselas, con dos posiciones claramente enfrentadas entre los que abogan por desvincular los precios del gas de los de la electricidad -entre ellos España, Francia, Italia y Portugal- y los que rechazan esta idea -con Alemania, Dinamarca, Holanda y los países bálticos a la cabeza- por considerar que el problema se acabará diluyendo por una autorregulación del mercado. La crisis en Ucrania, sin embargo, hace temer que el elevado coste de la energía será más persistente de lo esperado y aumenta la urgencia de un debate que la Unión Europea ha retrasado hasta ahora.

Las reglas actuales vinculan el precio de la electricidad al del gas -el más caro del mercado-, lo que en circunstancias normales sirve para aumentar el margen de beneficios de las renovables, de producción más barata y ayudar a impulsar la transición ecológica. Desde el pasado verano, sin embargo, se han producido graves disrupciones en el mercado energético y el precio del gas se ha multiplicado por diez, lo que ha disparado la factura de la luz. Esta situación penaliza especialmente a los países que generan mucha energía renovable pero aún dependen del gas, como España.

En el mercado nacional, el precio llegó a los 700 euros el megavatio hora (MWh) a principios de marzo, a pesar de que España no depende del gas ruso. Como freno a esta situación, el presidente Pedro Sánchez ha pedido retirar temporalmente el gas del 'pool' eléctrico y fijar un precio máximo de 180 euros MWh a nivel europeo. Hasta el momento no ha encontrado consenso entre sus socios europeos, pero acudirá la semana que viene a la reunión del Consejo Europeo con la firme determinación de lograrlo, en un debate que podría alargarse hasta altas horas de la madrugada.

Las principales reticencias las encontrará en Alemania, que depende en un 60% del gas ruso y se niega a cambiar unas reglas que le garantizan ese suministro. Según datos del operador ruso Gazprom, desde el gasoducto Nord Stream 1 llega al país una energía equivalente a 70 millones kW/h. Esa alta dependencia de Moscú provoca que desligar el precio de este tipo de energía de la electricidad no le suponga a Berlín una gran diferencia de coste. Cualquier modificación en ese sentido alteraría, además, el comercio de energía entre países con buenas interconexiones como la propia Alemania, Dinamarca y Holanda.

El precedente Nord Stream

Con todo, y a pesar de que supondría un duro golpe para su economía, en Berlín y el resto de capitales europeas van ganando fuerza las voces que llaman al boicot total al gas de Moscú. Y a medida que la presión para cortar los ingresos de Putin aumenta -Rusia ingresa 800 millones de euros diarios de su suministro energético a Europa-, se pone en marcha la maquinaria que finalmente podría hacer ceder a Alemania.

Una decisión muy importante en ese sentido fue la paralización del proyecto del gasoducto Nord Stream 2 en los primeros compases de la guerra en Ucrania. El Gobierno alemán tomó la decisión al margen de las sanciones europeas y supuso un auténtico golpe en la mesa del primer ministro Olaf Scholz. El gasoducto, cuyas obras se completaron en septiembre del año pasado, podría haber suministrado suficiente gas natural para 26 millones de hogares en Europa y otorgaría al Kremlin más poder sobre el suministro europeo de energía.

Alemania depende en un 60% del gas ruso y se niega a cambiar las reglas que garantizan su suministro

dependencia

Tanto, que el presidente ucraniano Volodimir Zelenski llegó a catalogarlo como «una peligrosa arma política». Vladímir Putin ya ha demostrado que puede usar la energía como arma. Lo hizo en 2006, con el corte de suministro a Ucrania por una disputa política, y el pasado verano, cuando ciertas irregularidades de la compañía rusa Gazprom elevaron el precio del gas y el de la energía en toda Europa.

En cuanto a los países bálticos -Lituania, Letonia y Estonia-, podrían llegar a secundar la desvinculación del gas por una cuestión de seguridad. Los dos primeros limitan al este con Rusia y una gran demostración europea de unidad, con un gran despliegue de sanciones, podría disuadir al Kremlin de intentar extender su influencia más allá de Ucrania y hacia los países vecinos. De hecho, desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania, estos tres estados se han caracterizado por su defensa de los castigos más duros contra el Kremlin. Y podrían llevar esa línea hasta las últimas consecuencias, con el corte del suministro del gas ruso.

La Comisión Europea abre la puerta al cambio

El pasado octubre, cuando España planteó por primera vez la posibilidad de desvincular el precio del gas del de la electricidad, recibió el 'no' rotundo de Bruselas. Pero con el paso de los meses y a medida que los costes han ido escalando, el Ejecutivo comunitario ha moderado su postura.

La medida está en la mesa de su presidenta, Ursula von der Leyen, quien tras la cumbre de Versalles anunció que propondría este mismo mes distintos planes para «limitar el efecto contagio» del precio del gas en la factura eléctrica.

La invasión rusa en Ucrania ha supuesto un antes y un después sobre el debate de esta cuestión y se prevé que la Comisión Europea plantee sus propuestas a los Estados en el Consejo de la próxima semana.

Bruselas también pondrá en marcha ayudas para frenar los elevados costes de la electricidad, permitiendo a los países regular los precios de la energía «de forma excepcional» y redistribuir los ingresos por beneficios del sector energético. También ofrece la posibilidad de desplegar ayudas a corto y largo plazo para reducir la exposición de hogares y empresas a la volatilidad del coste de la energía.

En paralelo, el continente trabaja para aumentar su independencia energética y prevé que reducirá su dependencia de Rusia en dos tercios para 2023. La receta europea pasa por la diversificación de proveedores y de fuentes de suministro, la eficiencia energética y el Pacto Verde. «Ningún tercer país debería ser capaz de desestabilizar nuestro mercado energético», concluyó la comisaria de Energía, Kadri Simson.