Una oda a la incapacidad

25/01/2020

La UD encalla cuando tenía el derbi inclinado a su favor, con diez el Tenerife desde el minuto 20 y renunciando a todo lo que no fuera el empate. Sin alternativas a un fútbol horizontal y estéril, el partido transcurrió entre bostezos y con los visitantes festejando su resistencia.

ignacio s. acedo las palmas de gran canaria

Eligió el peor día posible la UD para marcarse un patinazo de los que duelen hasta herir. Defendía territorio, más de veinte mil almas en la grada y, enfrente, el Tenerife. Imposible superar ambientación y pulsaciones. Por si fuera poco, se le abrieron los cielos al minuto 20 cuando el árbitro mandó a la ducha a Carlos Ruiz por un agarrón grosero a Rubén cuando se iba como una bala a la portería de Dani Hernández. Hay moviola porque pudo partir en orsay Rubén, aunque López Toca no hizo ni ademán de consultar el VAR. El caso es que se mantuvo la cartulina roja, en condiciones normales hemorragia mortal. Quedaba más de una hora por delante y se hacía impensable que no mandara adentro alguna Las Palmas, con todo a favor para inclinar el pleito a su favor. Pero, cuando el personal se frotaba las manos y pedía castigo mayor, ocurrió lo que nadie esperó: el cronómetro agotó su vida sin que se dieran novedades en el marcador. Incluso se percibió a una UD revolucionada y sin sostén cuando la situación requería más cabeza que piernas. Y así, entre la horizontalidad desesperante del anfitrión, ahogado en sus propias miserias, y el instinto de supervivencia del Tenerife, que hizo de la necesidad virtud en su achique universal, el derbi acabó de la misma manera con la que comenzó. Sin goles, en reparto de bienes que sabe a cianuro por aquí y a agua bendita por allá. Muy poco para Mel y los suyos, con un esfuerzo generoso pero equivocado, demasiadas carreras a ninguna parte y posesiones interminables y siempre estériles. Paradas sin excesiva sofisticación de Dani Hernández a chutazos de Pedri y Benito, otro remate blando de Aythami y un sinfín de balones colgados sin orientación. Ahí se resume el balance de méritos de Las Palmas, a la que este resultado, sin duda, le acentúa sus incógnitas. Desde que se fue, y para no volver, Viera, es incapaz de ganar, un mes largo ya sin victorias comienza a pesar, y muchos de los jugadores llamados a dar un paso adelante están en excedencia.

Ayer la novedad era Tana, un disidente hasta hace nada, que ha querido volver a irse a las primeras de cambio como quedó reconocido y que, de repente, parece por la labor, lo que no le libra de sospechas. Con más de medio año sin partidos en el lomo, Mel lo colocó en el frente ofensivo en una maniobra más populista que efectista, como luego se comprobaría. Tana le puso ganas, dejó un taconcito de regalo y buscó su sitio. Pero ha heredado un 21 que pesa toneladas porque viene de quien viene. Y ni con el escaparate del derbi pudo justificarse. Fue cambiado y aplaudido. Poco más. Llamado a marcar diferencias, le pagan generosamente para ello además, con esto no le alcanza.

Claro que no todo le fue exclusivo ayer. Rubén y Ruiz de Galarreta vienen de lesiones importantes y no han cogido todavía el pedal y Pedri, que merece pocos debates porque bastante ha hecho a sus 17 años, tampoco termina de volver a hacerse visible. En esta mezcla de actuaciones discretas, añadan un Tenerife a la italiana, orientado más al blindaje que al arte, y sale a relucir la ciénaga en la que se convirtió el partido, a ratos un auténtico tostón, un martirio a la vista.

Desde 2014 sin someter al Tenerife, la UD afrontó la cuestión con entusiasmo y dispuesta a coger vuelo. Tenía el viento de cola, un estadio que sostenía sus latidos, y el discurso energizante de Mel, motivador donde los haya aunque ya no pueda meter los goles. En los pronósticos pesaba más lo que podía venir del lado local. Flotaba cierta euforia contenida. Era el día, suspiraba la mayoría. Y el inicio invitó, con un equipo lleno de vigor, empujado por su gente. Se preveía un Tenerife en embudo, muy metido en el fondo, pendiente más de su área que de otra cosa, y así fue, lo que no le impidió malograr una ocasión fabulosa, la mejor de todas. En el minuto 13, un boquete por el carril izquierdo permitió un pase en profundidad a Dani Gómez, que remató libre de polvo y marca. Valles, con la rodilla, en una salida valiente y estirada fantástica, pudo tapar lo que todos intuían ya en la red. Ahí estuvo el 0-1, con sudores fríos y alivio posterior en una parroquia que no estaba para estos achaques.

Se demandaban buenas noticias y llegaron por la vía disciplinaria, con una expulsión que protestó con ímpetu el Tenerife. Era el minuto 20, quizás la posición de Rubén cuando arrancó era ilegal... El árbitro ni se inmutó. Mantuvo su decisión y, de repente, todo se puso cuesta abajo. Tres cuartos de partido con uno más era una invitación al abordaje y al optimismo. Claro que desde una gestión madura y serena que nunca se dio. La UD pasó de la ortodoxia al rebumbio, con todos mezclados y pidiendo la pelota a la bota. Nadie desbordó, nadie aportó amplitud, nadie le puso pausa al acelerón. Y lo que empezó como una tendencia que debería haberse corregido, había tiempo por delante para correcciones, se cronificó. Todo lo que iba mal degeneró. Y hasta, como admitió Mel, pudo haber acabado todo de la manera más cruel posible de haber cazado alguna el Tenerife de las que tuvo al galope.

Al portero del Tenerife no le llegaron requerimientos serios en adelante. Hasta el descanso, un derechazo raso de Pedri desde un costado que resolvió encajando el guante a ras de suelo. Nada más. El resto fue más ruido que otra cosa, con disparos sin brújula, prolongaciones en largo negligentes y decisiones equivocadas.

Se esperaba que el paso por el camerino permitiría una lectura fría de todo y la adopción de medidas concretas. Llevar la circulación a las bandas, prescindir de tanto trámite en la zona ancha, poner la pelota en la gente más capacitada a la hora de mirar al frente, simplificar y rematar. Nada más lejos de la realidad.

Tuvo un amago la UD de creérselo. Primero con la frente de Aythami para desviar una buena rosca de Ruiz de Galarreta, aunque sin encontrar fisuras en la presencia del portero. Luego, al rato, Benito probó con otro registro, desde lejos y en posición similar al escuadrazo que había colocado en Santander días antes. Dani volvió a justificar sus habichuelas con una estirada académica, sin complicaciones. Con media hora por delante, fue ahí donde se le fundieron los plomos a Las Palmas. Por mucho que Mel diera carrete a Srnic, Valera y Pekhart, todos cambios orientados a ganar colmillo, acabó imponiéndose la anestesia para regocijo de un Tenerife que encontró, exactamente, todo lo que buscaba. Partido plano, como si no existieran las porterías, mil y un pases de saldo y echando minutos atrás.

Ni pudo ni supo la UD. Muchos derbis de la historia se ganaron con el corazón cuando no bastó con otra cosa. Ayer, ni eso.