Fallece Gilberto I, mito de la UD Las Palmas

07/08/2018

Acababa de llegar a la UD Las Palmas en el verano de 1962. Melancólico «echaba de menos a mis padres», asustado «no conocía a nadie en Gran Canaria» y con las maletas sin deshacer «tenía pensado en volver a Tenerife de un momento a otro».

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Gilberto Rodríguez, Gilberto I, vio colmada su paciencia cuando presenció, desde las gradas del Insular, un entrenamiento del que iba a ser su nuevo equipo. «Me presenté ante García Panasco y le dije que yo allí no pintaba nada, quería ser honesto y le pedí que rompiera mi contrato. Germán, Mamé León, Rafa El Negro... Eran unos artistas con la pelota, no me veía con el nivel para estar con ellos. Pero Don Jesús me miró a los ojos y me dijo que yo iba a hacer historia en el club, que era igual de bueno con todos ellos, que tuviera paciencia y que se lo acabaría agradeciendo», recordaba a propósito de sus inicios de amarillo. En efecto, Gilberto I hizo historia y lustró el escudo como pocos.

Luchó contra una larga enfermedad

Ayer falleció en Las Palmas de Gran Canaria a los 76 años tras una larga enfermedad, causando honda consternación en la entidad amarilla, que recientemente, en manos de su presidente Miguel Ángel Ramírez, le otorgó la insignia de oro y brillantes. «Fue uno de los momentos más bonitos de mi vida. Después de tantos años, que el club me diera esa distinción y saber que la afición me tenía presente... Me dejaron sin palabras», admitía al evocar ese momento en los prolegómenos de un partido ante el Barcelona en el estadio. Gilberto I perteneció once campañas a la UD (1962-1973), coincidiendo su etapa con el ciclo más glorioso de los 69 años de vida de la institución. Totalizó 303 encuentros y 73 goles y en ese largo periplo saboreó un ascenso a Primera División (1963-1964), un subcampeonato de Liga (1968-1969) y participó, también, en la primera eliminatoria de competiciones internacionales (Copa de Ferias) que disputó Las Palmas (ante el Hertha de Berlín en 1969). Junto a Gilberto II, José Juan, Martín Marrero, Tonono, Guedes, Germán, Ulacia, Oregui, Mamé León o Paco Castellano, entre otros nombres irrepetibles, integró un bloque de leyenda que se ganó el respeto de toda España. La clave para un éxito tan prolongado, discutiendo campeonatos a Real Madrid y Barcelona, la daba él mismo con naturalidad y corazón: «Nos queríamos, éramos una familia dentro y fuera del césped, matábamos por el compañero. Jugábamos de cine y luego salíamos a pasear juntos con nuestras mujeres e hijos, vivíamos todo juntos. Íbamos a una». Atacante total «podía actuar en las cinco posiciones de arriba, aunque casi siempre me situaron como interior zurdo», tenía un don para la definición por todos reconocido. «Me gustaba fintar, chutar, ser vertical, mirar al portero rival desde que me dieran medio metro. Con la gente que me rodeaba, todo era muy fácil. Martín subiendo por un cañón por una banda, Germán o Mamé arriba, Tonono y Guedes armando desde atrás, Gilberto II y José Juan abriendo espacios... Cada partido era una fiesta. Disfrutábamos una barbaridad. Éramos un puñado de amigos que hacíamos lo que más nos gustaba y, encima, en los mejores estadios del país», resumía al rememorar aquellos tiempos.

Futbolista por casualidad

Nacido el 7 de diciembre de 1941 en Los Silos (Tenerife), que acabara siendo futbolista se debió a una casualidad y de las grandes. «Trabajaba con mi tío en el ayuntamiento del pueblo arreglando lo que saliera. Electricidad, carpintería, fontanería. Me gustaba lo que hacía y me veía así toda la vida. Un día, al acabar nuestro turno, en la plaza estaban jugando unos niños, me llamó la atención y me quedé a verlos. Nunca antes había jugado al fútbol. Faltaba gente, me pidieron que entrara y tan mal no lo hice porque, por la noche, vinieron a mi casa a hablar con mi padre para que pudieran ficharme en el equipo de allí», evoca. En Los Silos se destapó de una manera brutal «me hinché a meter goles», hasta el punto de que lo seleccionaron para disputar la Liga Interregional de Campeones con el Estrella. Esa competición se celebró en Gran Canaria y allí le echó el ojo Carmelo Campos para la UD. «Vino a buscarme y yo no tenía ni idea de quien era Carmelo Campos. Pero desde el primer momento me transmitió seguridad y, como en el Tenerife tampoco me hicieron mucho caso, me decidí a irme. Ser futbolista profesional era algo que no me había planteado ni en sueños. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba con formaba parte de aquel equipo maravilloso».

Debut en el Insular

Debutó el 20 de septiembre de 1962 en un partido en el Insular entre la UD y el Jaén y en el que él anotó el 1-0 definitivo. Por entonces dirigía en el banquillo el palmero Rosendo Hernández, otro de los nombres propios que marcaron su porvenir. «Rosendo me protegía, me daba ánimos, fue para mí un apoyo fundamental. Quería que mejorara y en los entrenamientos me prohibía tocar el balón con la derecha, me obligaba a hacerlo todo con la izquierda. Y si me saltaba esa norma, tocaba un pito para regañarme. Gracias a él le cogí la mecánica y le pegaba con las dos piernas», destaca. Imprescindible para todos los técnicos que tuvo en la UD (Rosendo Hernández, Vicente Dauder, Juan Ochoa, Luis Molowny, Héctor Rial y Pierre Sinibaldi), brilló con luz propia entre tantas estrellas contemporáneas, con momentos de especial relevancia personal (»recuerdo un gol en San Mamés a Iríbar, con el campo con medio metro de barro, y con un ambiente impresionante, de los de antes»).

Su último encuentro con la camiseta amarilla fue el 20 de mayo de 1973 (UD Las Palmas 1-Valencia 0). Posteriormente, jugó tres temporadas en el Tenerife hasta su retirada.

La UD Las Palmas lucirá brazaletes negros en su memoria en el partido de pasado mañana ante el Cádiz correspondiente al Trofeo Ramón de Carranza y en su estreno liguero frente al Reus, el domingo 19 de agosto en el Gran Canaria, se guardará un minuto de silencio.

«Ni en mil vidas podría devolver a la UD todo lo que me dio», pregonaba a boca llena Gilberto I. Descanse en paz.