Fernando Alonso, al volante de su Alpine, durante el Gran Premio de Italia. / EP

Análisis

Alonso y la sensación de leyenda fallida

La percepción de decepción se ha instalado entre los aficionados del piloto asturiano de manera imperceptible pero constante: ya ni siquiera se inmutan cuando abandona como en Italia

DAVID SÁNCHEZ DE CASTRO MADRID

La afición a la Fórmula 1 en España le debe muchísimo a Fernando Alonso. Antes de él, solo los tres o cuatro 'frikis' del automovilismo que se tenían que buscar la vida para ver las carreras vía satélite en alemán por la RTL, o similares, gozaron de los años en competición de Pedro de la Rosa o Marc Gené como prólogo a lo que vendría después. Los años del alonsismo engancharon a mucha gente, pusieron Asturias en el mapa mundial para quien no conocía semejante paraíso y el piloto se convirtió en un invitado más a las paellas del domingo. «Yo la Fórmula 1 ya no la sigo como antes, cuando estaba Alonso en Renault», dicen muchos fans que se descolgaron de la competición cuando ese 2007 lo cambió todo.

Como la roca caliza que copa muchas carreteras del norte y se desmorona poco a poco con el paso de los años, las lluvias y los vientos, la totémica figura de Alonso se ha convertido en una pasión que ya no genera la efervescencia enamoradiza de los primeros años. Muchos de sus paisanos rememoran con añoranza los días de vino y rosas ahora que las espinas son más habituales.

La última llegó en la vuelta 33 del Gran Premio de Italia, una cita que para Alonso siempre es especial. En Monza aún resuena su nombre entre los 'tifosi' como 'uno di noi', ya que sus años en Ferrari, pese a todo, dejaron un poso muy grande en el corazón de los italianos. Ahora que está en el mismo umbral de la historia, ya que dentro de unas semanas se convertirá en el piloto con más grandes premios disputados en Fórmula 1, sus fans, viejos y nuevos, ya ni sienten ni padecen. El abandono por un fallo de motor del que ni él quiso saber nada, porque ya nada se podía hacer, no causó más que un pequeño dolor que no es punzante, sino recurrente.

De los 350 grandes premios en los que el piloto carbayón ha tomado la salida, ha abandonado en 72. Es algo más de un 20% de las citas disputadas, con especial crecimiento de este dato en los años tragando barro de McLaren. El último de esos 72 fue, precisamente, en la carrera en la que igualaba el récord de Kimi Räikkönen, pero ni él mismo se preocupaba por ello. La veteranía de sus 41 años le da templanza y paciencia, porque ya no tiene prisa. Es consciente de que lo que llegue a partir de ahora será un tiempo extra, una prórroga en la que él mismo se ha metido.

El paso del tiempo

Las expectativas puestas sobre Alonso son las más altas. Él mismo es el culpable de que los estándares de éxito sean los más importantes, ya que en su irrupción hizo que todo el monte se convirtiera en orégano a ojos de muchos.

Una imagen vale más que mil palabras, y quienes pasen por Asturias lo saben. En la localidad de Benia de Onís, cerca de Cangas y a poco menos de media hora del Santuario de Covadonga, hay una casa con una terraza que tiene de manera perenne desde hace años a un habitante inamovible: Fernando Alonso. Un aficionado puso ahí un cartel de Alonso a tamaño real en sus años de Ferrari, cuando el sueño del tercer campeonato era una realidad palpable. Con el paso del tiempo, ese cartel se ha descolorido y ajado y, aunque se mantiene erguido orgulloso, ya no es el que era.

En el caso del Alonso real ocurre algo parecido. Nadie duda de su condición de leyenda con letras mayúsculas, situado en el imaginario colectivo de muchos como un asturiano ilustre de la talla de Pelayo o la mismísima Santina, pero los éxitos no llegaron… y el tiempo se agota. A sus 41 años ha cambiado de 'El Plan' a 'La Misión', algo de lo que no quiere oír hablar para no gafarlo, y aunque el paso a Aston Martin no parece ser el más adecuado para ganar, seguirán rindiéndose a sus pies. Como el que mira al Naranjo de Bulnes: sabe que sigue siendo una montaña inamovible, digna de respeto, orgullo y admiración.