Una vida de ejemplaridad, Boro Domínguez

Ignacio S. Acedo
IGNACIO S. ACEDO

Su rutina diaria es sagrada e invariable: un buen puro, paseo sereno por Escaleritas y chistes y comentarios cariñosos a los amigos y vecinos que le siguen parando por la calle. Salvador Domínguez, Boro para todos, mantiene su don de gentes y ese talante que, años atrás, le hizo célebre en la vida social y económica de Gran Canaria. En su casa se acumulan placas, distinciones y fotografías conmemorativas que acreditan una vida rica en amigos y experiencias enriquecedoras. Fue el mejor cuando despuntó como boxeador y, también, superó toda competencia en su rol de empresario. Pero de lo único que presume Boro es de amigos y personas queridas. «Cumplí todos mis sueños. Campeón de España en el ring, el importador de güisqui más prolífico de todos, con veinte casas bajo mi representación, delegaciones en varias islas y casi cuarenta empleados, y, lo más importante, una mujer espléndida y una familia de la que puedo sentirme orgulloso y realizado. Jamás dejé enemigos y eso que, modestia aparte, tuve en mi camino a grandes personalidades de muchísimo poder en el ámbito político, deportivo, empresarial y social», asegura. ¿La receta? «Ser humilde, sencillo, anteponer la humanidad y la ayuda al prójimo a toda riqueza y beneficio. Participé y lo sigo haciendo en obras sociales, en echar una mano a quien lo necesita, en auxiliar al que sea sin interés alguno. Todo lo que tengo se lo debo a esto», dice señalando su corazón.

«Felizmente jubilado» y sin achaques físicos relevantes («he perdido algo de visión, pero a mí las ganas de vivir no me las quita nadie»), Boro, desde su prisma privilegiado, lamenta que se hayan perdido los valores con los que nunca negoció: «Puedo hablar con propiedad del empresario canario, pues durante muchas décadas ahí estuve yo, participando en reuniones y asociaciones, encabezando iniciativas, inyectando riqueza a nuestra economía como el resto de compañeros, codeándome con gobernadores, alcaldes y mandatarios. Y me duele decir que ya no percibo la sensibilidad y la humanidad que había antes. No generalizo, pues hay de todo, pero no veo unión y compromiso social con la gente de la calle de todos aquellos que manejan los hilos de los negocios y de la gestión privada. Ya de los políticos y su falta de apego a los ciudadanos podríamos escribir libros. Y quiero denunciar que eso es una injusticia tremenda y que la gente no debe resignarse a eso. De ahí mi llamamiento a las generaciones venideras a que recuperen la honradez, la lealtad por el pueblo, las esencias que nos hacen personas», insiste.

Boro habla con sentimiento porque entona con solemnidad, hace gestos, arquea las cejas, gesticula, mueve los brazos. Agarrado a una vida en la que sigue apelando, como hizo siempre, a la justicia.

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