Periodistas, atrapados en el autobús, siguen como pueden la final de los 100 mariposa. / Pío García

Tokio 2020 Huelga a la japonesa

Los conductores de autobuses nipones se mueven ajenos a las prisas de los enviados especiales

Pío García
PÍO GARCÍA Enviado especial a Tokio

Según la mitología occidental, hacer una huelga a la japonesa significa trabajar a lo bestia, desaforadamente, mucho más que de costumbre. Ayer, sin embargo, varios enviados especiales comprobamos que los japoneses (al menos los conductores de autobuses) están investigando nuevas y creativas formas de protesta, incorporando las sutilezas del sadismo.

Me tocaba ir a la piscina. Debía coger primero un autobús en el hotel y luego otro en la estación de intercambio. La jornada empezaba a las 10.30 y yo salí dos horas antes. Íbamos despacio, pero al principio no me asusté. Los conductores de Tokio 2020 suelen ser tipos que se han propuesto no morir jamás y ahorran esfuerzos al máximo, como los perezosos que se cuelgan de los árboles en la selva. Probablemente sean todos ellos maestros de reiki que han logrado sincronizar sus biorritmos con la naturaleza y fluyen ajenos al tráfico y a las prisas de sus pasajeros. Sin embargo, empecé a mosquearme cuando comprobé que en la primera media hora habíamos estado dando vueltas a la misma manzana. A las nueve volvimos a pasar por la puerta del hotel. Ya iba a decir algo cuando vi que de pronto aceleraba y cogía la carretera buena. Llegamos al intercambiador con el tiempo justo para coger el otro autobús. Fuimos corriendo, subimos jadeantes, descargamos la impedimenta y esperamos.

El segundo autobús se movía paquidérmicamente, con chulería, casi contoneándose. El conductor escogía el carril con más tráfico, buscaba ponerse detrás de los camionarros, se paraba sin venir a cuento. Estaba diez minutos detenido y cuando arreciaban los murmullos en el pasaje, avanzaba medio kilómetro. La gente empezó a ponerse nerviosa. La final de los cien metros mariposa estaba a punto de comenzar. Un periodista sueco consiguió meterse en una página web y verla en directo. Se empezaron a oír tacos gruesos, pero el conductor seguía impertérrito, mirando al infinito como si estuviera penetrando en los misterios de Confucio y no descojonándose de nosotros. Por los móviles nos empezaban a llegar informaciones de que en otras sedes estaba pasando lo mismo. Finalmente, dos periodistas lituanos se levantaron, con ánimo de organizar un motín y comenzaron a bramar: «¡Open the door! ¡Open the door!»

Tras un pequeño forcejeo dialéctico y al ver que se había formado en contra de él una coalición internacional que ríase usted del trío de las Azores, el conductor cedió y abrió la puerta. Nos dejó a medio kilómetro de la parada. Cuando bajé, el tipo sonreía.