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Dos recolectoras de saliva se marchan del hotel con las muestras.
El recogedor de saliva
Tokio 2020

El recogedor de saliva

Tokio Blues IV ·

Como no se sabe cuando vienen, el día entero se convierte en una ansiosa espera del hombre que recoge la saliva, y uno se queda muy descansado cuando cumple con la cantidad exigida

Pío García

Enviado especial a Tokio

Viernes, 23 de julio 2021, 16:52

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Este viernes tuve un momento de bajón extremo. Estábamos en la recepción del hotel, sentados al lado del hombre que nos vigila, cuando de pronto apareció un periodista argentino. En su credencial vi que se llamaba Gastón. Acababa de llegar y se iba a no sé dónde. Nosotros le informamos de que llevábamos dos días encerrados en el hotel, cumpliendo escrupulosamente con la cuarentena, y él se nos quedó mirando con las gafas empañadas por el asombro:

-¿Y no han salido ustedes nada?

-Lo justo para comprar comida y no morirnos de hambre.

Gastón se compadeció de nosotros como se compadecen los economistas de Harvard de los pueblos subdesarrollados. Él, que al parecer había hecho una exégesis profundísima del manual de prensa, porfiaba que de la lectura del punto n del artículo cincuenta y pico de la tercera edición se podía colegir que uno podía saltarse la cuarentena por alguna razón justificada, o sea, cuando se le saliera de las gónadas. Comprobé entonces lo delgada y frágil que es la línea que separa la probidad del mentecatismo y me entraron unas ganas locas de llorar y de salir a la calle corriendo y gritando hasta que me diera flato o me atropellara un toyota.

Pero era el último día de cuarentena y la perspectiva de leer hasta el final la tercera edición del manual de prensa me resultaba abrumadora. Además, estábamos esperando la visita del recogedor de saliva, que es el gran momento de la jornada y uno de los pocos entretenimientos que tenemos. Baste con decirles que en la televisión del hotel solo hay diez canales: nueve en japonés y la CNN, que se tira todo el día Biden arriba, Biden abajo. Al primer recogedor de saliva lo pillamos casi por casualidad. Apareció por el hotel con cara de estupefacción, como diciendo qué pecado habré cometido yo en otra vida para dedicarme a esto, y los periodistas alojados comenzaron a bajar sus tubitos. Unos los llevaban bien a la vista, como alardeando, y otros discretamente tapados por un papelito. Como no se sabe cuando vienen, el día entero se convierte en una ansiosa espera del hombre que recoge la saliva, y uno se queda muy descansado cuando cumple con la cantidad exigida, lo que no siempre resulta fácil, y entrega obedientemente el bote a la autoridad. No me quiero ni imaginar cómo estará el laboratorio central. Hay trabajos que no están pagados.

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