Tadej Pogacar, durante el tramo de pavés de la etapa. / Marco BERTORELLO / AFP

Etapa 5

Pogacar vuela ligero sobre el pavés

El esloveno confirma su dominio en una jornada en la que su compatriota Roglic pierde tiempo con los favoritos

IÑAKI IZQUIERDO

Las puertas de Arenberg están cerradas. El Tour no se tragará a sus ciclistas, que no atravesarán el bosque. La meta está cuidadosamente situada justo antes del complejo minero que Jan Stablinski –picador antes que ciclista– descubrió para los organizadores de la París-Roubaix hace justo sesenta años, en 1962. Convertida en una clásica para sprinters, la carrera se marchitaba hasta que incluyó el tramo en aquella edición y comenzó la leyenda. El Tour recorrió ayer ese mundo que ya no existe de carbón, vagonetas y trabajo manual, pero esquivó con cuidado los peores caminos. Y sobre esa tierra sufrida, Tadej Pogacar (UAE) voló como una mariposa, con suavidad por encima de unas piedras que dan miedo. El esloveno domina todos los terrenos con una naturalidad que intimida. Es como Merckx con el estilo de Hinault, que odiaba Roubaix pero sabía que tenía que ganarla y la ganó.

La etapa de Pogacar fue un gesto estético, poco práctico. Al final, semejante zafarrancho para conseguir 13 segundos sobre Vingegaard (Jumbo) y el resto de favoritos, salvo Roglic (Jumbo), que perdió 2:59, y Ben O'Connor (Ag2r), que se dejó 4:12. Fue establecer la verdad de las cosas, sin necesidad de que el reloj confirmase su superioridad. Maneja todas las claves y hará lo que quiera el día que quiera. Ese fue el mensaje, más allá del tiempo.

El vuelo de Pogacar fue lo más estético de la jornada, pero lo mejor fue la defensa contra los elementos que realizó el Jumbo, una verdadera obra de ingeniería. Todo se le puso en contra al equipo neerlandés cuando Jonas Vingegaard pinchó a 30 kilómetros de meta. En ese momento, el Jumbo pareció el ejército de Pancho Villa, como en sus viejos tiempos. Al noruego le dejó la bici Van Hooydonck, que mide 18 centímetros más que él. No llegaba a los pedales. Pasó Van Aert –que se había caído antes de llegar a los adoquines– y no paró. Apareció Benoot, solo 15 centímetros más alto. Cuando iban a intercambiar la bici, llegó el coche y le dio por fin la de repuesto al segundo en París el año pasado. Un poco más adelante, Roglic se chocó contra una bala de paja y se fue al suelo. Fueron momentos de caos. Todo lo que podía salir mal, había salido peor.

Una víctima ilustre

Pero lo que ocurrió a partir de ese momento fue un ejercicio defensivo de alta escuela, con el líder asumiendo la dirección de las operaciones. Van Aert acometió la conducción de Vingegaard, junto con Laporte. Para ayudar a Roglic pararon Benoot y Van Hooydonck. Con todo en contra, en una situación delicadísima, el Jumbo trabajó con organización, criterio y fuerza.

Van Aert no solo acercó en meta a Vingegaard a solo 13 segundos de Pogacar, sino que mantuvo el maillot amarillo por la misma diferencia ante Neilson Powless (EF), integrante de una fuga impresionante que alcanzó la meta y ganador de la Clásica de San Sebastián. La etapa fue para Simon Clarke (Israel), que se impuso sobre la línea a Taco van der Hoorn (Intermarché).

La etapa más temida se cobró una víctima ilustre, Roglic, debido a una desafortunada caída, pero entre los demás persiste la igualdad. Los adoquines no defraudaron. Dieron espectáculo y dejaron el Tour abierto y con Van Aert al frente. Y hoy, a Bélgica.