Hotel de El Algarrobico, en el parque natural de Gata, emblema de la destrucción del litoral. / carlos ribas / efe

Viaje por el urbanismo basura

El periodista Andrés Rubio publica 'España fea', un documentado trabajo sobre los adefesios arquitectónicos

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Del Cabo de Gata a Finisterre, España es un adefesio urbanístico. La corrupción, la industria del ladrillo y una voraz especulación han sido el caldo de cultivo para que el país se adentre en un torbellino que ha desembocado en una de las mayores catástrofes culturales de la historia. La destrucción del paisaje comenzó en los años 50, cuando a la autarquía le sucedió un desarrollismo desbocado al que no se supieron poner coto ni el fin de la dictadura ni el Estado autonómico.

El libro 'España fea. El mayor fracaso de la democracia' (Debate), del periodista y galerista Andrés Rubio, da cuenta de los atentados contra la estética de un país rico en patrimonio cultural, pero que ha apostado por el feísmo. «Los arquitectos, que por definición son servidores públicos, han sido marginados en este proceso. La vorágine de los promotores, compinchados con alcaldes y presidentes de comunidades autónomas y políticos en general, lo ha aplastado todo», asegura Andrés Rubio.

Desde el hotel ilegal de El Algarrobico, en pleno parque natural del Cabo de Gata-Níjar, que el Tribunal Supremo rechaza demoler, hasta la 'La Pagoda' diseñada por Miguel Fisac, echada abajo por la piqueta pese a estar inscrita a fuego en el imaginario madrileño, los desafueros contra la armonía paisajística son constantes.

Esqueleto de un hotel que se quería levantar la playa de la Tejita en Tenerife y cuyas obras fueron paralizadas. / R. C.

Para el autor, el papel de socialdemocracia y de Felipe González fue «decepcionante». La inacción de los gobiernos socialistas contra la especulación galopante en Lanzarote empujó al artista César Manrique a empuñar el megáfono, secundado en alguna ocasión por el tenor Alfredo Kraus. «González tuvo la oportunidad de crear un superministerio de Ordenación Territorial, como defendía el político liberal Joaquín Garrigues Walker, y no lo hizo». Manrique, hastiado de la clase dirigente, pronunció una frase lapidaria que retrata su repugnancia por las monstruosidades que se levantaban en la isla. «Menuda herencia para las generaciones futuras con esta panda de burros».

Felipe González, que quiso mirarse en el espejo del socialismo francés, no copió el mimo que los vecinos del norte dispensan al territorio ni trató de emular su Conservatorio del Litoral, un organismo público que adquiere y expropia tierras para salvaguardar la costa. «El Conservatorio de Litoral fue creado por el presidente conservador Giscard d'Estaing, que hizo un llamamiento para luchar contra el afeamiento de Francia. Cuando le preguntaron qué iba a hacer con los terrenos sustraídos a la especulación, dijo: nada; iban destinados a la protección ecológica del paisaje». Sarkozy, por su parte, lanzó el proyecto del Grand Paris y creó diez equipos de especialistas, luego ampliados a quince, para que le asesoraran. «Los conservadores franceses han sido sensibles al deterioro del paisaje, a diferencia de España, donde han impulsado la dinámica de destrucción», sentencia Rubio.

Tentación del ladrillazo

Con el litoral destrozado y las grúas marcando la línea del cielo, llegó Aznar y ordenó que el todo el suelo fuera urbanizable, «unas de las decisiones más erróneas de la democracia». Ni una sola comunidad quedó libre de la tentación del ladrillazo, ni siquiera las gobernadas por partidos nacionalistas, a los que se presupone querencia por el territorio y las tradiciones. Durante los mandatos del Pujol las excavadoras arramblaron con el paisaje de la Costa Brava y se fraguó el caso Palau. A su vez, el PNV también se abstuvo de proteger muchas construcciones industriales de la ría del Bilbao y edificios del Ensanche. «Algunos de ellos que tenían un nivel de protección y fueron demolidos impunemente. Ha faltado también ahí sensibilidad y cultura».

Con todo, Andrés Rubio aduce que algunas individualidades, especialmente alcaldes, han plantado cara al feísmo celtibérico. El autor cita entre los más destacados a Narcís Serra y Pasqual Maragall en Barcelona; Xerardo Estévez en Santiago de Compostela, o Enrique Tierno Galván y Alberto Ruiz-Gallardón en Madrid. Mención aparte merece el arquitecto y urbanista Oriol Bohigas, un hombre dotado de «criterio, decisión y bagaje intelectual».

Villa marinera destruida en San Sebastián. / R. C.

Rubio propone límites a los desafueros urbanísticos «mediante una reconsideración moral de la arquitectura y la ciudad», en coherencia con el legado intelectual de Bohigas. O como defiende la arquitecta Itzíar González Virós, propugna detener la obra nueva en beneficio de la rehabilitación y el reciclaje.

Mala pinta tiene corregir los desatinos del urbanismo basura. El periodista cree que estamos ante un «proceso irreversible» que es imposible reconducir por la maraña legislativa. Las normas del Estado se solapan con las de los ayuntamiento y comunidades autónomas, de modo que las disposiciones se anulan entre sí. . «Se puede que España está sobreconstruida y hiperregularizada». Frente a este intrincada laberinto normativo, Rubio echa en falta que en la Constitución la palabra «paisaje», una omisión que ahora se paga caro.

Barcelona ha escapado en parte del desaguisado, de manera que la ciudad se configura como un oasis dentro de la mediocridad imperante. «Solo cuando viajas a Barcelona te das cuenta de que las cosas están pensadas muy en detalle. No es el caso de Madrid, cuya Administración ha renunciado a liderar el proceso y se limita a acompañar».

La fealdad no es barata ni la belleza cara. A veces un único elemento puede estropear el resultado final. Salta a la vista en el palacio de Santa María del Naranco (Asturias), un hermoso exponente del arte prerrománico cuya perspectiva es estropeada por la cubierta de una cochera hecha con tejas industriales. Ningún asesor de los muchos que engrosan la corte de presidentes y consejeros ha reparado, sin embargo, en esa aberración que emborrona la estampa.

Ermita plateresca de San Cosme y San Damián, en Ourense, cuya perspectiva es afeada por un bloque de viviendas. / R. C.

El caso del indulto a Jesús Gil es una triste metáfora de la impunidad con que actúan políticos y promotores. Pero también la dejadez de arquitectos, intelectuales y medios de comunicación ha ido configurando una masa acrítica de la que solo se desmarcan los grupos ecologistas. Han sido de los pocos que se han sustraído a la negligencia general.

Desde que el ministro franquista José Luis Arrese proclamase aquello de que España debía convertirse en un país de propietarios y no de proletarios, la fiebre constructora ha ahormado la economía con un modelo que impide soltar lastre. «Así pues, se puede decir que a España la ha destruido la herencia envenenada y anticultural del franquismo; los políticos que embaucaron a la clase media inoculándole el loco afán por el negocio del piso; los abogados rigoristas y vocacionalmente leguleyos; los economistas y banqueros de escasa o nula sensibilidad; los colegios profesionales de arquitectura que se callaron (…)», escribe Andrés Rubio.

Curiosamente, el autor salva del desastre a Benidorm. Coincide Rubio con Oriol Bohigas en que los rascacielos son virtuosos «porque ocupan poca superficie y estropean poco el territorio. La ciudad densa es ecológica».