Javier Reverte en los pinares de la localidad segoviana en la que halló refugio y ultimó siempre sus libros. / Asís Ayerbe

El viaje sin retorno de Javier Reverte

De Estambul a Isfahán. En su última aventura, el añorado escritor cruzó la frontera entre Europa y Asia por el Bósforo para afrontar un periplo de casi 4.000 kilómetros

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Lo que da sentido al viaje es, quizá, el regreso, como el de Ulises a Ítaca. Pero Javier Reverte (Madrid, 1944 - 2020) barajó no retornar de su última aventura y quedarse en Isfahán, lejos de su Ítaca en Valsaín, en la sierra segoviana. Así lo sugiere el añorado escritor en 'La frontera invisible' (Plaza & Janés), último y póstumo libro del irredento viajero. Para su postrera aventura viajó hacia Oriente desde Estambul para atravesar Turquía e Irán y recalar en Dubái tras cruzar el estrecho de Ormuz. «Recorro el mundo para sentirme libre» decía Reverte, que sabía, como Pla, que «describir es mucho más difícil que opinar. Por eso la mayor parte de la gente opina».

«Quería ir a Oriente Próximo, una región cuyo nombre resuena a inmensidad, ancianos imperios, guerras estremecedoras, ejércitos perdidos, ciudades enterradas, religiones muertas, viejas lenguas enmudecidas; también a pogromos y genocidios, sanguinarios sultanes, guerreros feroces y reyes belicosos, y junto a todo ello, a sensualidad, aventura y poesía», aclara Reverte su interés por la zona que recorrió sabiendo que se le escapaba la vida.

Acosado por el cáncer de hígado que se la robó, dejó instrucciones a David Trías, su editor durante veinte años, sobre el orden de publicación de sus tres últimos títulos: la novela 'Hombre al agua', sobre un antiguo preso sumergido en una red anarquista, apareció en marzo de 2021; 'Queridos camaradas', sus memorias, en octubre del mismo año, y 'La frontera invisible', su último cuaderno de viaje, llega ahora al lector.

Lo inició con su mochila cargada de fármacos y clásicos sobre Oriente. Los médicos le recetaran lo necesario para afrontar un periplo de casi cuatro mil kilómetros, movido por la mezcla de curiosidad y capricho que le impelía diseñar sus itinerarios, como cuenta en el prólogo. «¿Por qué no ir a Isfahán?», se preguntó ante una foto de la soberbia cúpula de la mezquita de la monumental plaza de la ciudad iraní que los persas llaman 'La mitad del mundo'.

«Contradiciendo el espíritu del viajero, creo que hay lugares de los que uno no debería marcharse nunca»

Viaja y nos habla de Alejandro Magno, del Gran Tamerlán, del sultán Bayaceto ('El Trueno'), o de Kemal Atatürk, el padre de la Turquía moderna. Una controvertida figura de quien Reverte destaca lo bueno y lo malo. «Liberó a las mujeres del serrallo, les arrebató el velo y las llevó al Parlamento», recuerda. Abrió universidades, cerró las madrasas, desbarató la ley islámica, creó un código civil y alfabetizó a país, pero era «autoritario en exceso» y «admirado por Hitler y fascistas españoles, como Ramiro Ledesma».

Teherán decepcionó a Reverete. Abrumado por su caos, se perdió en el dédalo de una bulliciosa megaurbe «de corazón islámico y cabeza laica». Pero todo cambió en la balsámica Isfahán. «Contradiciendo el espíritu del viajero, creo que hay lugares de los que uno no debería marcharse nunca, como la plaza de Isfahán», escribe recreándose en un enclave que «perturba tus sentidos».

Trías recuerda que el «trabajador» Reverte era «muy concienzudo» al documentarse antes de viajar. «Sus textos están cuajados de referencias de quienes visitaron en el pasado los lugares que le interesaban». En este caso, egregios antecesores como Pierre Loti, Chateaubriand, Ruy González de Clavijo, Blasco Ibáñez, o Julio Camba, cuyos libros llevaba Reverte en la mochila con una «farmacia ambulante de píldoras, jarabes, cremas e inyecciones». Los reelerá en las calles de Estambul, Ankara o Teherán, en los vetustos vagones de tren «que para Reverte eran una forma más de felicidad». No en vano, sufrió las 56 horas de traqueante Trans-Asian-Express que une Ankara con Teherán y cubrió en bus los 446 kilómetros hasta Isfahán. Visitó Shiraz, la ciudad de las rosas el vino y lo versos, y Persépolis para engarzar historias sobre empalamientos de Tamerlán «y disfrutar «de los instantes de placer que produce llegar a un sitio donde no conoces a nadie, del que ignoras su geografía y en donde no entiendes el idioma».

Al final, cansado y solo, mientras espera en Bandar-e-Lengeh el ferri a Dubái, compara la sordidez del emplazamiento con su situación. «No era grato ni triste mi sentimiento. Parecía sencillamente que vislumbraba el final del camino, el último tramo de mi vida».