Unidos por el ‘Giallo’

JESÚS PALACIOS/ MADRID

Erase una vez que en Europa en general, y en Italia en particular, el cine comercial y de género vivía un momento feliz... Entre los años 60 y 70 del siglo pasado, bajo el paraguas de la coproducción, el policíaco, el terror, la aventura y el western no eran géneros exclusivos del todopoderoso Hollywood, sino que en tierras europeas y, sobre todo, en la cálida Italia, habían encontrado un propicio clima cultural, estético e industrial, bajo cuya poderosa influencia se desarrollaron tomando singulares derroteros, conformando un estilo –o estilos– propio y particular, que partía, sin duda, de los modelos hollywoodienses y anglosajones, pero explotándolos e implotándolos hasta llevarlos a extremos inimaginables tanto entonces como ahora, que al paso de los años se convertirían a su vez en potente inspiración para los creadores y autores más importantes de la meca del cine, de Schrader o De Palma a Tarantino o Aronofsky. El spaghetti western, el polar francés, el erotismo softcore, el fanta-terror, el poliziesco y, sobre todo, el giallo italiano, eclosionaron a comienzos de la década de los 60 y alcanzaron su nadir hacia mediados de los 70, para luego caer en decadencia en los 80, ante la invasión de la industria mastodóntica y multimillonaria de blockbusters y efectos especiales del nuevo y monstruoso Hollywood de Spielberg, Lucas y sus secuaces. Pero hasta ese momento... ¡qué delirio de color, violencia, imaginación, sexo, creatividad, música y locura!

Aquél fue un cine de enorme éxito popular, que generó una auténtica industria europea cinematográfica, de la que España se benefició en gran medida y como es bien sabido (Almería, la Sierra de Madrid, Barcelona y las playas y desiertos de Canarias se llenaron de bandidos mejicanos, pistoleros sin rumbo, asesinos enmascarados, gánsteres internacionales, espías, mujeres prehistóricas, vampiros y karatekas), con su propio star system de estrellas internacionales y locales, éxitos de taquilla exportables y una avalancha de títulos que van de lo sublime a lo ridículo, de lo genial a lo absurdo, pero que siempre consiguen despertar el sentido de la maravilla, entretener y fascinar de un modo u otro, ofreciendo un paradigma de la narrativa cinematográfica que poco o nada tiene que ver con el modelo hollywoodiense. Naturalmente, este cine fue automática e implacablemente despreciado por la crítica y la intelligentsia cinematográfica del momento. Acusado de comercial, barato y vulgar, de hacer apología y exhibición gratuita de sádica violencia, sexismo y mal gusto. El giallo italiano en especial, ese desequilibrado cóctel esteticista de elegancia y brutalidad, sadismo y humor, psicodelia y bolsilibro, que encajaba en su puzzle eminentemente estético a Hitchcock con el fumetto nero, las tramas a lo Agatha Christie con la violencia del splatter y el gore avant la lettre, la iconografía pulp con el Surrealismo y el Pop Art, y la denuncia social con el sexo gratuito (si tal cosa existe, que lo dudo), despertaba las iras de la crítica de cine tanto como de padres de familia, colectivos feministas, asociaciones católicas y otros representantes de la ley y el orden moral. Durante años, el thriller sangriento italiano arrastró la (mala) fama de ser pornografía de la violencia mal disimulada, exhibición de misoginia y sadismo y, desde el punto de vista formal, un producto esteticista vacío, sin guiones coherentes ni personajes convincentes, mal construido y peor terminado. En el fondo, a qué negarlo, algunas de estas acusaciones eran ciertas. Pero lo que muchos no supieron ver entonces es que no se trataba de defectos... sino de virtudes.

Y son esas virtudes, hijas del exceso que lleva a la sabiduría, las que han hechizado a la pareja creativa compuesta por Hélène Cattet y Bruno Forzani, franceses radicados en Bélgica, que tras un buen puñado de cortos a lo largo de los primeros 2000 –muchos de los cuales podrán verse por primera vez en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria– sorprendieron con un cerebral y a la vez apasionado homenaje al giallo, Amer (2009), que en sus dos fragmentos despojaba a las estéticas del género de su mero armazón argumental, tantas veces una simple excusa, para ofrecernos un viaje surrealista por su iconografía, sus motivos, sonidos y colores, sin otra justificación que la experiencia sensorial, estética y emocional, cargada, eso sí, de connotaciones psicoanalíticas, eróticas, míticas y casi esotéricas. A este experimento saludado con entusiasmo en festivales especializados en el fantástico, le sucedería una nueva revisión del giallo más ortodoxa en apariencia, El extraño color de las lágrimas de tu cuerpo (2013), poema sangriento que sitúa su acción en el escenario único de un edificio Art Nouveau lleno de secretos, visiblemente inspirada en títulos como Las lágrimas de Jennifer ( Perché quelle estrane gocce di sangue sul corpo di Jennifer?, de Giuliano Carnimeo, 1972) y, por supuesto, en Suspiria (1977) e Inferno (1980) de Dario Argento, donde las sugerencias psicoanalíticas y la lectura surrealista del género son llevadas a su paroxismo visual mientras la propia estructura narrativa se nos revela y se rebela contra cualquier lógica, a imagen y semejanza del edificio protagonista, lleno de agujeros, túneles, pasadizos secretos y escaleras espirales que nos devuelven siempre al mismo punto de partida, en una mise en abyme que emparenta el giallo, como es natural, con el cine de Resnais, Robbe-Grillet o el Antonioni de Blow-Up (1966), con la tradición surrealista de Cocteau y Franju, o con la pintura enigmática de René Magritte, Paul Delvaux, Max Ernst y Giorgio de Chirico.

Abandonando ya el universo de Bava, Argento, Fulci, Martino, Lado, Lenzi y los demás, pero no el marco nostálgico del cine de género de los 60/70, el siguiente experimento de Cattet y Forzani será una desequilibrada combinación de polar y spaghetti western, Laissez bronzer les cadavres (2017), que adapta por vez primera y con notable fidelidad un texto ajeno, la excelente y violenta novela policial Dejad que los cadáveres se bronceen al sol, de JP Manchette y JP Bastid (publicada originalmente en 1971), pero que en absoluto reniega de las señas autorales de la pareja y vuelve a reconstruir las narrativas psicodélicas, asincrónicas, frenéticas y estilizadas del periodo recreado –recordando en especial al delirante spaghetti western¡Mátalo! (1970) de Cesare Canevari–, bajo un prisma hipermoderno y auto-reflexivo, donde lo retro articula una nueva forma de modernidad atemporal, que parece abolir la historicidad del discurso cinematográfico, restaurando por una parte la dignidad que le fuera hurtada al cine de género europeo en su tiempo, al tiempo que reconstruyendo los puentes, evidentes pero invisibles, que siempre conectaron las expresiones cinematográficas populares más extremas con las del cine de autor, vanguardista y experimental.

Cattet y Forzani son, en mi opinión, y quizá sólo superados por el danés Nicolas Winding Refn, quienes de forma más honesta y brillante están reificando el cine de género europeo comercial de las décadas que van de los 60 a los 80 del siglo XX en un nuevo cine de autor, post-vanguardista e hipermoderno que, de forma sorprendente y paradójica, lleva los estilemas, las músicas –fundamentales–, las imágenes, los personajes y las narrativas del cine comercial más arrastrado, popular y explotativo, hasta no hace mucho vilipendiado y despreciado por crítica y público –al menos con la boca grande– al territorio de los festivales de cine, las cinematecas y casi, casi, el museo de arte moderno. Desde la irrupción de Tarantino, y hasta autores recién llegados como Peter Strickland, Bertrand Mandico o Nicolas Pesce, lo que un día fuera carne de programa doble de barrio, de grindhouse que dicen los yanquis, y de videoclub casposo, se ha convertido ahora en film d’art y de vanguardia... O quizá, mejor dicho, de retro-guardia, signo de un tiempo abolido en el que el cine invierte sus papeles y quizá incluso los pierde.