La escritora tinerfeña Andrea Abreu está presente en el Festival Hispanoamericano de escritores de los Llanos de Aridane. / C7

«La riqueza de la literatura está en la localización precisa de las historias»

Con su 'Panza de burro' Andrea Abreu ha sido un ciclón en la narrativa actual, una obra de debut escrita en el lenguaje de las medianías isleñas.

David Ojeda
DAVID OJEDA

Andrea Abreu tiene 24 años, es periodista, poeta y escritora. La tinerfeña ha convulsionado el universo de la narrativa con 'Panza de Burro' (Barret) un texto frenético, localista y con una oralidad de medianía insular que ha roto pronósticos y marcha ya por su quinta edición. Es una de las atracciones del Festival Hispanoamericano de Escritores que tomará los Llanos de Aridane estos días.

-Se habla mucho de 'Panza de burro', pero mucho de ese debate gira sobre la elección del lenguaje que utiliza como vehículo para narrar la historia. ¿Por qué sorprende y hasta agrede a mucha gente que retrate en sus líneas la forma de hablar de una determinada parte de Canarias?

-Sí, a veces tengo la impresión de que la historia de amistad entre la protagonista y su mejor amiga, Isora, queda como enterrada debajo de la cuestión del habla, de la forma. Pero si eso es lo que hace que la gente acuda a mi libro, yo me quedo contenta, porque detrás de todo ese lenguaje que medio inventé para Panza de burro, y que tiene sus propias reglas internas, hay una intención política: la de colocar en el centro la vida de los magos de los altos de Icod. Es decir: intentar una aproximación al habla de mi barrio a través de la escritura. Es un intento. Escribir en general siempre es un intento de... Creo que en el fondo, en Canarias, seguimos estando muy poco acostumbradas a vernos representadas en la ficción. Cuando hay alguna propuesta (literatura, cine, música...), que tantea ese terreno, nos volvemos muy exigentes. Desconfiamos primero, luego leemos, vemos, escuchamos. A mí me pasa e intento hacer un esfuerzo por no dejarme llevar por esa especie de rigidez.

-Más allá de las palabras escogidas, ¿podemos considerar esta novela una forma de denuncia? Parte de una historia elemental de descubrimiento pero al leerla se ve mucho más: la perversión del modelo de desarrollo de Canarias, la represión que llevaban implícitas las convenciones de nuestros mayores, los límites geográficos autoimpuestos en nuestros pueblos...

-Creo que en Panza de burro hay muchas denuncias, quejas... no sé cómo llamarlo. Es un canto a la figura de las abuelas y a la tradición, pero también un rechazo a esa misma tradición, a los valores reaccionarios con los que crecimos en esos años: la homofobia, la transfobia, la gordofobia, el machismo, el clasismo. También aparece el problema de la turistificación, por ejemplo, que es un asunto del libro sobre el que hicieron un análisis muy inteligente en el podcast Libros y mamarracheo. Y, derivado de ese asunto, por ejemplo, la cuestión de las trabajadoras del hogar y de los cuidados y de las camareras de piso, que tan bien han sabido defender colectivos como Las Kellys o SEDOAC.

-Narra una historia que le pertenece generacionalmente y en la que nos demuestra que determinados prejuicios como la homosexualidad, los trastornos alimentarios o el derecho de una mujer a llevar la vida sexual que le apetezca no están para nada superados. ¿Nos hemos acomodado en la creencia de que eran historias del pasado y hemos olvidado enfrentarnos a ello?

-Mucha gente me ha dicho que Panza de burro les parece una historia del siglo XX y me hace gracia. Siempre respondo que las santiguadoras y los videojuegos siguen conviviendo en los barrios altos de Tenerife. Lo que pienso es que esos prejuicios siguen perviviendo en todas las clases sociales y en todos los barrios. La homofobia, el machismo o el capacitismo, por ejemplo, no entienden de clases sociales. Si estoy orgullosa de algo es de que, a pesar de que todos esos valores tan retrógrados formaron parte de mi vida desde los años de mi infancia, también tuve acceso a unos referentes femeninos muy buenos: las mujeres de mi barrio son mujeres fuertes, que cuidan el campo, construyen pilares, cargan sacos de cemento, no tienen miedo, apagan el fuego cuando el monte arde.

-¿Por qué apostó por una idea tan local y referencial en un universo en el que casi se impone la disolución de las identidades?

-Precisamente porque creo que es el momento de reforzar las identidades. Me gusta funcionar a nivel micro. Los cuidados, lo cotidiano es lo que más me interesa. No quiero contar historias de ciudadanos del mundo. Para mí la riqueza de la literatura está, en gran medida, en la localización exacta, precisa, de las historias. No quiero que lo que escribo sea un no-lugar más en el mundo.

-Cuenta en su libro una historia puramente canaria, pero de una parte de las islas que no todos los canarios conoce y a la que, incluso, se mira con cierto desdén. ¿Por qué tenemos miedo, en una sociedad que en cierto modo proviene completamente de la migración rural, a reconocer ese origen?

-Hace poco leí, en un libro sobre Historia de Canarias que mi padre tenía en su casa, que un origen posible de la palabra mago es el término bereber magec, que para los aborígenes canarios hacía referencia al dios sol. Según esa teoría, que no sé si es cierta, los colonizadores empezaron a llamar magos a los aborígenes menos domesticados (aquellos que vivían en zonas más agrestes, que sembraban y cuidaban al ganado), porque seguían adorando a ese dios pagano y no al suyo. Se me ocurre que, de la misma forma en la que los colonizadores consideraban que esos aborígenes eran menos avanzados que ellos, hemos interiorizado la idea de que los magos actuales son (somos, en mi caso) menos inteligentes, menos válidos. Creo que es una cuestión de clasismo que se mezcla con cierta herencia colonial.

-¿Demuestra en este texto que la poesía y la literatura no tienen que romper puentes con las bachatas de Aventura o las verbenas de Pepe Benavente?

-Para mí no hay diferencia. Por mucho que le duela a algunas personas que tienen un concepto muy elitista de la cultura. Mis referencias en la infancia eran esas. Yo no estaba leyendo a Dostoievski cuando tenía diez años. Estaba aprendiendo a perrear con mis amigas. Anne Carson, Sylvia Plath, Ráfaga y El polvorete forman parte de mi experiencia vital. Las tres son referencias válidas.