Foto del cartel de la obra. / c7

Rigoletto: un antes y un después en Lanzarote

La iniciativa organizada por la Fundación Nino Díaz y dirigida por el tenor lanzaroteño Pancho Corujo marcó un antes y un después en la Isla, pues a pesar de realizarse en un espacio inédito y poco usual en el mundo operístico, fue testigo de los límites de la ambición y una apuesta por la cultura

CANARIAS7 Tías

El Terrero de Lucha de Tías acogió el pasado sábado, 14 de mayo, por primera vez la ópera del bufón maldito, Rigoletto, con motivo de la inauguración del Festival de Ópera de Lanzarote.

La iniciativa organizada por la Fundación Nino Díaz y dirigida por el tenor lanzaroteño Pancho Corujo marcó un antes y un después en la Isla, pues a pesar de realizarse en un espacio inédito y poco usual en el mundo operístico, fue testigo de los límites de la ambición y una apuesta por la cultura.

Y es que la elección de la obra verdiana, como parte de la trilogía popular del compositor, fue un éxito asegurado, pues la función además de la maledizione trajo consigo numerosas ovaciones por parte del público durante las dos horas de la representación.

Mediante una indumentaria tradicional, un maquillaje clásico y vistoso, además de una cálida iluminación, la producción trasladó a los espectadores a la Italia de 1851, un contexto marcado por las libertades de la nobleza, la pugna entre la realeza y los plebeyos, así como la venganza de los subordinados. La dirección escénica a cargo de la regista italiana, Giorgia Guerra, logró manifestar las distintas personalidades de los personajes, sus impulsos, sentimientos y tormentos como prueba de la dualidad del ser. Una puesta en escena cromática y minimalista que estuvo marcada por la vivacidad de las emociones sin vacíos interpretativos.

Musicalmente este Rigoletto contó con un elenco de primer nivel. El barítono gallego Borja Quiza, en la piel del bufón maldito, fue uno de los pilares fundamentales de esta representación. Su voz ampliamente proyectada y su capacidad actoral lograron sumergir a todos los oyentes en un aura de dramatismo en los momentos más álgidos de la trama.

El artista supo ilustrar las distintas facetas del personaje sin dejarse llevar por las emociones, como en Pari Siamo o en Cortiggiani vil razza dannata, arias en las que se percibió la plena identificación que guardaba con el rol.

La soprano madrileña Ruth Terán, por su parte, brindó una Gilda inocente a la par de romántica. Su control sobre el instrumento se vio reflejado tras la musicalidad y homogeneidad que desprendía en la amplia gama de matices vocales que empleó.

Logró además deleitar al público con los pasajes sobreagudos en piezas como Caro nome che il mio. Por no resaltar la explosividad y armonía vocal del famoso dueto E il sol dell'anima, junto al Duque de Mantu.

Una atmósfera cautivadora

En cuanto a la interpretación de Antonio Gandía, como el Duque, cumplió totalmente las expectativas de un rol detestable, pero vocalmente irresistible. Su larga trayectoria operística se percibió a lo largo de sus intervenciones y en arias socialmente representativas como La donna e mobile o Ella mi fu rapita. Melodías que intercalaron en la conciencia de los espectadores creando una atmósfera cautivadora.

El bajo Manuel Fuentes, en la piel del asesino Sparafucile, mostró la amplitud y sonoridad de su instrumento logrando armonizar con el timbre oscuro y redondo de la mezzosoprano Blanca Valido, como Maddalena, en el trío Se pria ch'abbia.

Un terceto en el que se apreció cómo el coro del Festival, dirigido por el maestro Juan Ramón Vinagre, al son de la Orquesta Gaos, bajo la batuta de Fernando Briones, fueron piezas fundamentales para avivar la intriga de la trama. Sin duda, un preludio que indujo a un final trágico.

Es destacable además el reparto de voces canarias que inundó las paredes del Terrero de Lucha. Un elenco liderado por Borja Molina como Monterone, quien logró estremecer al público con su condición de baritenor en Chi gli parli, además de Silvia Zorita en calidad de la Condesa de Ceprano y Giovanna.

Mostró una versatilidad vocal a la hora de interpretar dos roles totalmente antagónicos aflorando a su vez una coloratura metálica. Las grandes voces de Orlando Niz como cortesano, Borja Ortega como Conde Ceprano, Sara Fernández como paje y el ujier Néstor Suárez cumplieron también su función en el desarrollo de la trama.

Sin duda, una representación verdiana que cautivó a la audiencia y que conllevó a más de diez minutos de aplausos y diversos bravos entre los asistentes. Un broche final perfecto que apaciguó la atmósfera trágica tras el último acto.