'Maniquí' (1946), del artista Ángel Ferrant. / javier lizón / efe

El Reina Sofía muestra el arte de las dos Españas

Los exiliados republicanos se acogieron al mito de Numancia para asumir la derrota, mientras que los creadores del interior adoptaron expresiones diversas

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Otra vez las dos Españas, esta vez en el arte contemporáneo. Mientras en el 39, al término de la Guerra Civil, unos tomaban el camino de la diáspora y encaminaban sus pasos a México o EE UU, otros se quedaban dentro. Son las Españas del destierro, de un lado, y el aislamiento, de otro. Los que formaron parte de la primera vivieron con amargura la derrota, aunque también plantaron cara al fascismo con actitud resistente. Entre los segundos hubo de todo, desde lo que se refugiaron en la espiritualidad de la cruz y la épica militar, hasta los que vivieron en el exilio interior y optaron calladamente por formas de expresionismo abstracto con tintes espirituales.

Dentro de los estrechos marcos intelectuales del régimen, hubo quien se enroló en la fiesta, la verbena y la noche como forma de disidencia frente al nacional-catolicismo. Ahí estaba Dalí para demostrar su destreza como mago de la frivolidad.

Esta ambivalencia del arte español se puede ver en el tercer episodio de la colección del Museo Reina Sofía, que lleva por título 'Pensamiento perdido: Autarquía y Exilio', que se inscribe dentro de la ambiciosa reordenación de la colección que ha emprendido el centro.

A través de 300 obras pertenecientes a un centenar de artistas, el recorrido muestra el contexto en el que vivieron tanto los creadores que se quedaron en el solar nacional como los que se exiliaron, además de las aportaciones realizadas en la cultura y el arte entre 1939 y los años 50. Según el director del museo, Manuel Borja-Villel, «el exilio conformó diferentes prácticas creativas en las que conceptos como la nostalgia, la opresión, la derrota, la separación, pero también la resiliencia o la integración de culturas tuvieron una presencia significativa. En los lugares donde encontraron refugio los artistas expatriados, se establecieron redes de solidaridad y colaboración con otros creadores con los que se realizaron proyectos de relevancia internacional».

A lo largo de 14 salas, se comprueba cómo la presencia del 'Guernica' se proyectó en la obra de los derrotados republicanos, cómo la arquitectura moderna española tiene su origen en los transterrados y cómo el asunto de la locura y la enfermedad mental sedujeron a los surrealistas. La imagen de los que huyeron, muchos de ellos encerrados en campos de concentración como los de Argelès-sur-Mer o Bacarés, en Francia, fotografiados por Robert Capa, no puede ser más actual. Para Rosario Peiró, jefa de Colecciones del Reina Sofía, «la trascendencia y actualidad de la imagen del exilio republicano remiten a un momento histórico y a una experiencia fundamental no solo para España y el siglo XX, sino también para el contemporáneo siglo XXI, marcado por una crisis migratoria global».

La pérdida de la patria y la construcción de una nueva, el mar o el mito literario de Numancia alimentaron el imaginario de los creadores obligados a escapar. Las obras 'La vaca parturienta' (1940) de Miguel Prieto Anguita y 'Cabeza de res con manzanas' (1939), de Luis Fernández, son significativas de este sentir. No pocos artistas acogidos por México, expulsados por una patria que renegaba de ellos, se identificaron con la Revolución mexicana y los indígenas, víctimas a su vez de la España colonial y de los herederos de los criollos.

Exponente de la antipsiquiatría

Mención especial merece Francesc Tosquelles, epígono de la antipsiquiatría. Recluido en un campo de concentración, fue salvado por sus colegas franceses, que le dieron trabajo en el manicomio de Saint-Alban, cuya reforma emprendió. El psiquiatra invitó al sanatorio a Jean Dubuffet, quien recogió escritos y obras artísticas de los enfermos, y dio cobijo durante la II Guerra Mundial a los poetas surrealistas Paul Eluard y Tristan Tzara. Sus teorías e innovadoras prácticas sobre la locura pueden verse en la película 'Societé lozérienne d'hygiène mentale'.

Muchos artistas optaron por marchar no por razones políticas, sino porque abominaban de una España asfixiante y de mentes polvorientas. Ese fue el caso de José Guerrero y Esteban Vicente. La sala 'El otro exilio' recupera obras de las exposiciones que ambos realizaron en Estados Unidos. En una de ellas participó la familia de García Lorca.

Dentro de España, los artistas oficiales se recrearon en los símbolos del ángel caído, exponente de la nación secuestrada por los rojos, o Toledo, tótem del heroísmo franquista frente al asedio republicano. Pero aparte de estos mitos altisonantes, hay una pintura de lo cotidiano, del hambre y de la tristeza. Según Peiró, «lo íntimo y personal se contrapone a lo grandilocuente y religioso». Exponente de este modo de hacer es el cuadro 'La costurera', de José Gutiérrez Solana, que sirve de cartel del episodio.

Dentro de la España de posguerra, otros autores como Delhy Tejero -de la que se exhibe por primera vez 'Composición abstracta'-, Antonio Saura, Jorge Oteiza y Manuel Millares se convirtieron en figuras internacionales y acometieron sus primeras experimentaciones artísticas.

En los primeros cincuenta el país respira con timidez nuevos aires, hasta el punto de que el arte oficial tolera las pinturas de Miró, representado en la Trienal de Milán de 1951, en lo que supone un intento del régimen por recuperar un prestigio internacional del que se había visto privado desde el Pabellón de la República de 1937.