Rafael Reig: «Solo reseño a autores españoles para ponerles verde»

El escritor asturiano visita por primera vez Fuerteventura para presentar este viernes, a las 20.30 horas, en la Feria del Libro majorera, la reedición de Autobiografía de Marilyn Monroe, donde se mete en la piel de la actriz para hablar de la soledad y la sed de amor. Reig dice que disfruta acudiendo a estos encuentros festivos donde aprovecha para recordar que hay que leer por puro placer.

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

Las Palmas de Gran Canaria

— Llega a la Feria del Libro de Fuerteventura con . Un libro que publicó en 1992 y reeditó en 2005. ¿Estaba agotado o le quedaba algo por revisar?

— Le quedaban lectores a los que llegar. Es un libro de hace años, más de 20. Tenía la sensación de que, a pesar de que se ha publicado ya, siempre se agotaba y los lectores querían más. Son insaciables y yo quería llegar a más gente. Me parece que no soy interesante y Marilyn, sí. Es una mujer que tiene mucho que decir a sus 36 años. En el libro, no hablo de la actriz sino de la persona. Una mujer que tenía muchos problemas por ser libre, independiente y con ganas de vivir una vida propia. Merece la pena que se siga escuchando su voz.

— ¿En qué documentos se basó? ¿Le costó ponerse en su piel?

— Eso es fácil. (risas.) Era un chiste. Me basé en todo lo que pude leer sobre ella en aquella época, que era mucho. Se ha escrito muchísimo y desde entonces se ha escrito otro tanto. Lo que hice fue una sesión de espiritismo. Me interesaba hablar con la voz con la que creo que hablaría. Me parece una persona desamparada con mucho empuje y vulnerabilidad. Había sido huérfana. Tuvo una infancia terrible. Estaba harta de que la gente intentara comprenderla, porque ella solo quería ser querida. Eso yo también lo tengo. No somos tan distintos unos de otros. Todos tenemos un lado huérfano. La mujer tiene un lado de hombre y el hombre de mujer. Todos podemos encontrarnos con los demás a través de nosotros mismos. Marilyn entendía el sentimiento de orfandad.

— Un sentimiento que marcó su vida.

— Es muy importante sentir cariño en la infancia. Los niños necesitan ser queridos. Los no queridos es como si estuvieran amputados, les falta un órgano y no pueden sentir como real el amor de los demás. Todos podemos tener una parte amputada. Muchos hemos sido queridos pero no como creímos o no lo suficiente. No es raro que una chica piense: no me creo que mi novio me quiera, no lo siento como real, he perdido la capacidad de sentir el amor de los demás... Es un problema que le pasa a mucha gente. Más de la que lo confiesa abiertamente. Me parece que este, más que un libro, es un programa político: tenemos que intentar que el amor se note. (risas)

— ¿Cuánto hay de ficción?

— De ficción muy poco. Yo creo que hay de ficción lo mismo que en mi vida. Mi vida es ficticia es lo que yo quiero creer que es. Los sentimientos son reales, pertenecen a Marilyn o a mí o a la persona que lo lee. Es un libro que trata de quién lo lee.

— Su obra (2018) retrata la Transición, al igual que (2011) y (2015). ¿Ha sido poco narrada? ¿Queda mucho por decir?

— Queda mucho. Ten en cuenta que de la Guerra Civil norteamericana todavía se sigue escribiendo después de dos siglos. La Transición es una consecuencia de la Guerra Civil y es normal que aún esté por contar. Además la Transición es una metáfora universal. Todos nos convertimos en otra persona. Del joven que yo era no queda nada. He hecho una transición. He renunciado a cosas, he tenido que transigir. Lo que nos ha pasado como país, nos pasa como personas. Es un tema adecuado no para una, sino para muchas novelas: a qué renunciamos, qué perdemos y qué ganamos en este proceso, hay que cambiar, no puedo ser siendo un niño. A veces pierdo y gano otras. Es uno de esos temas eternos. Ovidio escribía Las metamorfosis, es igual que las transiciones, pero con otra palabra griega.

— ¿Es benévolo con ese periodo?

— Fue la transición más sangrienta de Europa, la que más muertos produjo. En Portugal hubo una revolución, hicieron una constitución comunista y murieron diez personas. Aquí murieron cientos. No me satisface lo que hemos conseguido. Tampoco me satisface lo que he conseguido a nivel personal y está bien saberlo. La Transición ha sido una forma de renunciar a una revolución, a una transformación social verdadera. Hoy la sociedad es más desigual, injusta y tiránica.

— Su amigo Antonio Orejudo dice que su generación no plantó cara a la anterior ni en lo cultural ni en lo político. ¿Comparte esa frustración?

— La anterior tampoco ha servido para nada. Si algo nos hermana a todos, desde la época de los fenicios, es que cada generación ha perdido la batalla. Ninguna ha valido para nada. Ni siquiera estoy seguro de que existan las generaciones. Un chaval que haya nacido el mismo día que yo en Biafra no tiene que ver conmigo, o en un barrio de un extremo en Madrid. Las generaciones son una trampa para no hablar de la humanidad, de las clases sociales, de la lucha de clases. Hablar de un conflicto de generaciones es negar lo evidente: no hay un antes o un después, hay arriba y abajo. No es lo mismo nacer en una familia que en otra. Da igual nacer en un año o en otro. Lo importante es saber dónde estas en esa lucha por el poder y de clases. Lo importante es saber donde estás tú; entre los tiranos o entre los sometidos.

— ¿Se siente heredero de Galdós?

— Ojalá. Ya me gustaría. Pero también de Shakespeare, de Joyce, de Proust.... Si pudiera, sería heredero de todos ellos. De Galdós me siento heredero en la medida que lo sigo leyendo y he aprendido mucho de él. Galdós no es una novela, es un taller. Leo y tomo notas. Uno lee desmontando el juguete; quiero saber dónde están las piezas, conocer su mecanismo interno. Cualquiera que quiera escribir o ser feliz en la vida diaria tiene que leer a Galdós.

— Editó , ¿qué le interesó de esta obra?

— Conocí un artículo sobre el caso, pero no los conocía todos. Me parecía apasionante ver a Galdós haciendo de periodista y me pareció estupendo. Se publicó en una época en la que Galdós escribía noticias de España para un periódico argentino. Conseguí los originales del periódico argentino. Había crónicas de ese crimen y de otro. Era algo que había que dar a conocer. Se publicó en Argentina y en España no se conocía tanto. Era una cosa tan dramática y costumbrista... Los escribió y los ilustró. Dibujó a la ejecutada y a los jueces. Era el primer crimen que fue montado con la participación de los medios y con la connivencia del poder. Es un crimen moderno, contemporáneo propio de hoy en día. Así y todo no fue fácil que una editorial accediera a publicar eso.

— Isaac Rosa dice que la novela transita hacia la irrelevancia social. ¿Está de acuerdo?

— No. Con Isaac no estoy de acuerdo. Es mi amigo y me gusta llevarle la contraria. La ficción narrativa es una necesidad del ser humano, desde que tenemos lengua para explicarnos a nosotros mismos, nuestra vida sirve para contarnos como queremos. La literatura juvenil, por ejemplo, es una responsabilidad. ¿Qué leen los chavales de quince años? ¿Por qué dejar que la escriba César Vidal o Pérez Reverte? Mi hija es mayor, pero no le daría un libro de Pérez Reverte. Uno de Isaac sí, ahí hay relevancia. Quizá la novela no tenga tanta relevancia, pero sí los guiones y la ficción narrativa. La novela burguesa que habla de un periodista que investiga un asesinato, a lo mejor, está llamada a desaparecer y me parecería bien. Pero la novela capaz de mencionar y enmarcar el sentimiento humano no puede desaparecer jamás. Nuestra especie es una especie narrativa.

— En España unos autores reseñan a otros. ¿Hay riesgo de caer en la adulación?

— Claro que hay riesgo. Es un ejercicio feo. Yo solo reseño a autores españoles para ponerles verde y por motivos de salud pública. Te dicen: ‘no comas eso que engorda’, pues a los lectores hay que decirle si lees esto te van a salir michelines en el alma y lorzas en el cerebro. De mis amigos procuro no hablar. Cómo está el patio es, en parte, por culpa de la crítica. Los escritores no escriben bien, pero los críticos no orientan bien y las editoriales no escogen muy bien a quién publican. Habría que barrer bien el patio literario para que corra el aire y entre gente nueva. Habría que separar las voces de los ecos, como diría Machado.