El cineasta y músico Antonio Dyaz, escribiendo con su propia sangre. / R. C.

«En el primer mundo ya no hay diversidad»

El director y músico Antonio Dyaz reflexiona en '20 Ways to Die Alone', un largometraje experimental, acerca de la soledad y la muerte

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

Un escritor aplastado por sus propios libros. Un músico atrapado por el monstruo que vive en el fondo de su piscina. Un excéntrico millonario asfixiado por decenas de 'strippers'. Una contable muerta tras la lectura de un informe agotador… Son cuatro de las 20 sorprendentes y divertidas muertes que recoge '20 Ways to Die Alone' (20 formas de morir solo), disponible en Filmin desde hace unos días, el último largometraje del músico, empresario y cineasta Antonio Dyaz (Madrid, 54 años), conformado por 20 piezas experimentales en las que, con un gran sentido del humor, aborda la soledad a la que tanto nos hemos acostumbrado quienes vivimos en el primer mundo.

La idea surgió en el transcurso de un vuelo Edimburgo-Madrid. «Me di cuenta de que a mí realmente no me gusta mucho eso de estar en el set dirigiendo y respondiendo preguntas de todo el mundo», explica. Así que se preguntó cómo podía dirigir una película sin hacerlo realmente. Se le ocurrió entonces que podía enviar cámaras a personas anónimas para que filmaran sus propias piezas, de tal forma que luego pudiera ensamblarlas en un montaje final. Aquel fue el germen técnico, pero necesitaba una coartada intelectual. «Pensé en que los protagonistas filmaran sus intimidades, su soledad y su propia muerte, que es lo que más me interesaba», explica.

Ahora bien, ¿quién se lanzaría a imaginar su deceso y dejarlo registrado para la posteridad? La respuesta, cómo no, estaba en las redes sociales. «Fue un trabajo muy divertido. Yo soy muy liante y empecé a enredar en foros y en redes. Si quería a alguien en Australia, me iba a un foro australiano a buscar gente que estuviera interesada en el cine y hacía la propuesta». Una parte, claro, dijo que no; otra «se volvía loca» y exigía un contrato y hablar con su representante, pero «la mayoría aceptó». Incluso Fernando Sánchez-Dragó y Coque Malla –el escritor y el músico, claro– amigos del realizador, se animaron a dejar en vídeo su propio fallecimiento.

Pronto se arrepintieron porque el proyecto «tenía más trabajo del que parece», reconoce Dyaz. Y es que, junto a la cámara que el director les remitía, tipo 'GoPro' pero de imitación, les llegaba también una carta con una serie de instrucciones: hazte el café, lávate los dientes, juega con tu mascota, desayuna, córtate las uñas, abre el frigorífico… «Eran cosas cotidianas y raras que los que vivimos solos hacemos a menudo. Buscaba que abrieran sus tripas y las observaran a través de las cámaras», razona.

Fernando Sánchez-Dragó.

Al igual que en las películas de James Bond salen un montón de lugares icónicos de las distintas ciudades en las que suele tener lugar la acción, Dyaz también les pedía que se filmaran paseando por sus localidades. «Me encanta que salgan muchos países, así que ¿por qué no en una película 'indie'?», se pregunta entre risas. La última instrucción era la directriz estrella: filma cómo te imaginas tu muerte.

Más allá de las instrucciones, la libertad de los protagonistas era absoluta y el realizador no censuró nada. En ese sentido, Dyaz está convencido de que «todos somos un poco exhibicionistas». «Todos queremos que nos vean ducharnos, aunque parezca que no –argumenta–. Es poner la cámara y todos cambiamos». Poco a poco, sus esforzados protagonistas iban llenando el correo electrónico de Dyaz, con paquetes de hasta 200 clips que había que ver, seleccionar, sonorizar… Han sido cuatro años y medio y cientos de horas de posproducción. «No quería dirigir y al final he currado más que un tonto», lamenta.

«Cuanto más grande es una ciudad más solo estás», dice el cineasta, que ve en la soledad «una epidemia moderna»

El largometraje final «ofrece un crisol al espectador» acerca de cómo vivimos en el primer mundo. Los hay más duchos con la cámara, con el encuadre; otros, en cambio «no tienen ni idea de filmar, pero eso le da verosimilitud a la cinta», comenta. Y, sin embargo, sí persiste una idea y es que «al final todo es muy parecido, desde el interruptor de la luz, hasta cómo nos hacemos el café… Da igual que estés en Australia, en Uruguay o en Moscú. Es más, echas un vistazo a los frigoríficos y prácticamente todos comemos las mismas porquerías; te cuelas en los dormitorios y somos todos iguales, no hay ya ninguna diversidad, al menos entre las personas que vivimos solas. Es pura globalización. Esa ha sido mi gran sensación», dice.

Vídeo. El tráiler del largometraje.

La otra idea con la que se queda es que la soledad «es una de las grandes epidemias» que afronta el primer mundo. «No necesariamente sufrimos todo el rato por estar solos», reflexiona Dyaz, «pero con las redes sociales y la tecnología se ha perdido mucho esa interconexión social que hacía avanzar a la humanidad». Dyaz va más allá: «cuanto más grande es una ciudad, más solo estás». Y lo dice con conocimiento de causa. Hace cuatro años se fue a vivir a un pequeño pueblo de Valencia y ahora tiene mucho más contacto social que el que tenía cuando vivía en Madrid, en Nueva York o en Edimburgo.

No cree Dyaz que '20 Ways to Die Alone' remueva conciencias y tampoco le interesa –«el arte con mensaje me produce grandes bostezos», dice–, pero sí que ha removido la de los participantes. «Creo que muchos liberaron sus fantasmas y sus monstruos. Algunos me han dicho que ha sido como una terapia», concluye.

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