«No se puede seguir quemando voces a esta velocidad»

10/02/2020

Isabel Rey da vida a Alice Ford en ‘Falstaff’, en el Pérez Galdós.

— ¿Cómo ha encarado el rol de Alice Ford, al que da vida en este montaje de Falstaff?

— Es dificilísima, como todo en Falstaff. Es muy exigente desde un punto de vista musical, a nivel de solfeo. Tiene pocos momentos con las clásicas arias o dúos tan característicos hasta ese momento en Verdi. Es una ópera muy coral, donde existen una especie de bocadillos, entre comillas, donde las ideas que se expresan las dicen cuatro mujeres a la vez, con frases alternas. No solo tienes que conocer tu parte, sino el global. A lo que le sumas el acompañamiento de la orquesta, que en esta ópera es muy onomatopéyico. Cada vez que hay un movimiento en el escenario está subrayado por un diseño musical particular, que lo recalca. Vocalmente es muy exigente, porque pasas constantemente de cantar arriba a hacerlo abajo. Hay muchos pasajes en staccato. Pero se trata de una ópera muy satisfactoria, porque tiene mucho humor y por primera vez me estreno como Alice. Nunca había hecho un Falstaff vestida como en el siglo XIX, con un polizón. A ver cómo me va sobre el escenario [risas]. Se verá una Alice muy jovial, risueña y resolutiva, ya que tiene que solventar una situación insultante, como es que un señor que no conoces de nada, sin requisitos mínimos para ir de cupido, te tira no solo los tejos a ti por carta, sino que lo hace también a tu mejor amiga.

— ¿Se puede definir, desde un punto de vista musical, como un regalo envenenado que dejó como testamento Verdi?

— Envenenado, no. Las óperas de Verdi tradicionales requieren de muy buenos intérpretes. En Falstaff la cosa se complica. Es la única de sus óperas en la que es imposible colar un aplauso si él no quiere. Hace una ópera que empieza y termina con una acción continuada. Es una pena que fuera su última ópera, porque habría sido interesantísimo ver cómo, tras esta composición magistral, seguía evolucionando su escritura para el género.

— ¿Qué tal con Roberto de Candia, que da vida a Falstaff?

— Muy bien. Nos hemos entendido desde el principio. Es un señor. Una persona muy elegante y educada, muy puntilloso en su trabajo y que da detalles desde el principio. Eso hace que al final haya muchos cambios, pero no me importa, porque enriquece el personaje y te mete automáticamente en el rol.

— ¿Ese cambio de rol suyo, de Nannetta a Alice, ha sido algo natural?

— [Se lleva las manos a la cabeza] Hay gente que lo hace y otros que no. Alfredo Kraus, por ejemplo, no lo hizo y mantuvo el mismo repertorio toda su carrera. En mi caso, ha sido algo natural. Eso no se puede forzar. Lo único que puedes forzar es el color del cabello. Con la voz es imposible. La mayor dificultad de pasar de Nanneta a Alice es que yo tengo memoria fotográfica musical. Cuando empiezo a hacer ensayos, a los tres o cuatro días no me sé solo mi rol, me sé el de todos. Como se trata de una ópera coral, me ha costado mucho borrar mi frase de Nannetta para poner la de Alice, porque en mi cabeza suenan todas. He tenido que hacer encajes de bolillos para estudiarme mis frases y no las de mis colegas. En el escenario es útil, porque si se produce un desajuste con la orquesta, en mi cabeza suena todo y me puedo meter de nuevo con mayor facilidad. Esta es la ópera que más he estudiado en toda mi vida, por esta circunstancia.

— ¿Una de las claves en su profesión es no forzar y saber qué repertorio es el idóneo y en qué momento, más ahora, cuando parece que todos cantan de todo y en cualquier momento?

— En la vida se requiere para todo de una madurez, no solo intelectual, sino a nivel de vivencias. Eso te nutre para afrontar los personajes de una ópera, porque tienes que sacar recursos emocionales de tus propias vivencias. Lo que sí noto es que existe una tendencia a no esperar a que llegue la madurez del cantante. Se le ofrecen roles que exigen mucha madurez a cantantes muy jóvenes. Si con veintipocos años cantas roles pesados... con 45 años qué vas a cantar. Si no maquillas a una niña de 7 años, porque no es el momento, tampoco debes dar a niños unos roles que requieren de una gran madurez vocal y psicológica. Pero hoy existe pavor a la vejez, a hacerse mayores, a las arrugas, a la sabiduría de la gente... Algunos evitan trabajar con artistas más maduros, porque piensan que saben demasiado y son poco manejables. Lo importante es que al cantante, durante su formación, se le explique que hay un momento para todo. Si una voz se ensancha antes de lo que toca, el daño es irremediable. Así, una carrera que podría durar 30 o 40 años se reduce a diez, por un defecto de base que no se enseña en los conservatorios.

— ¿Decir que no es clave para tener una carrera larga?

— Siempre. Lo primero que un cantante tiene que entender es que él es el que es, no el que le gustaría ser. Me encantaría cantar Wagner, pero no voy a poder hacerlo. Me destrozaría la voz. Lo tengo asumido. También tienes que quererte. Asumir el físico que tienes. Porque la voz es parte del físico. A lo mejor la naturaleza te da después la oportunidad de dar vida a roles de mayor peso vocal, pero la música es tan inmensa que no tienes por qué preocuparte por eso.

— Sobrevivir a día de hoy en el mundo de la ópera con esos criterios debe de ser difícil, ¿no?

— Sí. Creo que, tarde o temprano, se producirá una fractura y las cosas volverán a su sitio. Me refiero a las voces. No se puede seguir quemando voces a esta velocidad. No se queman voces, se queman ilusiones. Echas al traste el futuro de una persona.

— ¿Conoce casos?

— Muchísimos. El cantante tiene el instrumento puesto y tiene que aprender a vivir con él. Si te dicen que cantas feo es como si te dicen que eres feo.