Flores para Nick Drake

30/10/2017

Malpaso traduce la gigantesca biografía del mítico músico británico, consumido por la depresión con solo 26 años. El libro documenta, en crudo, los testimonios de casi todas las figuras que estuvieron cerca del personaje, desde el entorno familiar hasta sus procesos creativos y en el estudio de grabación.

El 25 de noviembre de 1974, Molly Drake entraba en la habitación familiar de su hijo Nick, que yacía allí, inerte, dormido para siempre. La estampa íntima decora la tumba del mito ulterior, una mesita de noche ocupada por un libro de poesía y un tocadiscos sobre el que giraba un vinilo de Bach. Se acababa para siempre, fruto de una sobredosis de antidepresivos, la vida de un músico celestial. Pero terminaba con el mismo escaso eco que le había acompañado durante su carrera musical, en la que editó tres discos que tardaron décadas en servir a la iconografía del pop y que no consiguieron repercusión en el público y la crítica.

Drake falleció a los 26 años, su malditismo exprimió hasta el final la huida de la fama, cerrándolo el paso al club de los 27. Algo que al menos habría dado más pompa a su obituario. La editorial Malpaso, con un completo catálogo de biografías musicales, traduce al castellano Recuerdos de un instante, una obra enciclopédica en la que Grabrielle Drake, hermana del músico, se encarga de la edición compuesta por un material gráfico de incalculable valor y una incuantificable cantidad de testimonios, próximos o lejanos, que ayudan a recomponer la figura del autor de River Man o Pink Moon.

La cantautora Robin Frederick, una figura asociada emocional y musicalmente a Nick Drake, es una de las múltiples visiones que descifran desde Recuerdos de un instante quién era el artista británico. Es ella quien eleva el tono y compara a Drake con un mito. «Asomándome a la música de Nick, a veces me llega un atisbo de aquel mítico espectro, como si, durante un breve tiempo, Nick se hubiera encarnado en el fantasma del mismísimo Orfeo. No en vano Nick penetra fácilmente con sus canciones en territorio mítico: el poeta, el buscador, el sanador de heridos», escribe.

Nicholas Rodney Drake nació en Ragún, Birmania, el 19 de junio de 1948. Allí se encontraba destinado su padre, ingeniero en tiempos todavía de aroma colonial. Drake vive una infancia cómoda, con una educación privilegiada en su regreso al Reino Unido, que corona con sus años en la Universidad de Cambridge. Justo donde comienza a nacer el mito, donde se inicia como escritor de canciones, en la íntima compañía de la marihuana en su habitación.

La soledad melancólica es una constante en su breve trayectoria. Hasta el día de su fallecimiento. Drake es un guitarrista admirado, ampliando sus recursos al piano, al clarinete y el saxofón. Pero fundamentalmente es una de esas figuras que anclados al nuevo folk de la década de 1960, con Bob Dylan en el frontal, otorga un barniz literario a sus composiciones. Siempre con la poesía como inspiración elemental. El crítico Ian MacDonald no duda en trazar una línea en común con William Blake, que también comparte con Drake la fama tardía, cuando ya no estaban para paladearla.

Drake siempre mantuvo una relación compleja con el reconocimiento. En una época, la que unía el deceso de los sesenta con el nacimiento de los setenta, la BBC era el amplificador ideal para los músicos que tenían que darse a conocer. Drake nunca salió en uno de sus programas, como solo basta una hoja del libro para situar en su tiempo y su lugar todos sus conciertos. «La fama es como un árbol frutal, así de inestable. No puede florecer hasta que su tronco está en el suelo», cantaba el británico en Fruit Tree, uno de los cortes incluidos en Five Leaves Left, su estreno en 1969.

La influencia de Dylan o Phil Ochs se hizo más notable en una breve pero determinante estancia que Drake tuvo en Aix-en-Provence, Francia, antes de entrar a estudiar literatura en Cambridge. Allí, además de moldear su imaginario musical, tuvo a las drogas como hallazgo.

Pero lejos de otras historias de vicio y decadencia, y a pesar de su químico final, el relato breve de los años de Drake en la tierra es mucho más complejo. El músico era un personaje devastado interiormente, en un permanente y erróneo diálogo interno. Una depresión constante fue lo que acaba provocando todas las incógnitas que todavía hoy colean alrededor de su muerte: suicidio o accidente.

Hay unas páginas especialmente conmovedoras en Recuerdos de un instante. Rodney Drake, su padre, enfrentó desde el lápiz la enfermedad de su hijo. Un agujero negro en el que nunca tocaban el fondo. El libro repasa muchas de las anotaciones en las que el padre del artista iba registrando la evolución de la enfermedad de su hijo, sus virajes domésticos, sus reacciones a las terapias. Una cronología indescifrable por lo imprevisible de sus reacciones.

Un aspecto clave en su personalidad en el que no parecía haber asidero posible. Ni siquiera la música. Durante los años más graves, los finales, Drake vuelve a Londres desde la residencia familiar para concebir Pink Moon, su último disco. Ese fue un claro atisbo de esperanza para su familia, pero una vez más fue una señal en falso.

Y eso que Drake siempre estuvo bien arropado. En el fuego del hogar, en el arroyo de la música. El cantautor británico editó sus tres discos con Islands Records, la pujante compañía que fundó Chris Blackwell y que tenía en su escudería gigantes como Roxy Music o Bob Marley & The Waylers. Además, durante una de sus actuaciones iniciáticas fue descubierto por Ashley Hutchings, bajista de los populares Fairport Convention, que formaron parte como músicos de sesión en sus dos primeros discos, y le presentaron al productor Joe Boyd, también clave en su carrera, en la que creyeron a pesar del escaso eco en las ventas.

Pero nada de eso fue suficiente. El Drake de los últimos años, el que asoma a las páginas del libro, es un personaje esquivo, reprimido, desaliñado, de uñas grandes. Hay quien dice que encadenado a la heroína, aunque nadie lo puede afirmar con rigurosa rotundidad.

Lo cierto es que tras producir tres discos en tres años, entre 1969 y 1972, apenas vuelve al estudio en la búsqueda de un cuarto trabajo. Apenas cuatro canciones registradas.

Drake era diferente a lo que se escuchaba en esos tiempos. Su versatilidad en los instrumentos también le distinguía de muchos cantautores coetáneos, con un folk claramente teñido de jazz en sus colores.

Pero nada llenaba la personalidad del joven compositor. Que se fue consumiendo paso a paso, durante años, demasiado pocos para que ese fuera el final.

Recuerdos de un instante se aleja del maniqueísmo, quizá en la forma más diáfana de descubrir a un personaje. Es un libro coral, con testimonios que ayudan a desentrañar las verdades en la posición abierta de muchas fuentes. En crudo, expuestas sobre el mostrador sin la lectura subjetiva de un biógrafo, de un narrador. Por las páginas de la obra pasan prácticamente todas las personas que le conocieron, desde la infancia hasta su escasa contribución al circo de la industria musical.

Resulta interesante sumergirse en una lectura pausada y acompañada por la reescucha de sus discos. Comprender su figura, y entender el ascendente que a día de hoy mantiene. Justo aquel que se le negaba cuando lo perseguía. Porque ni siquiera los que le conocían podían llegar a entenderle del todo.

Quizá una de las claves está en la correspondencia, una vez muerto el músico, entre sus padres y el doctor Dickens, el único terapeuta que pudo influirle. «Cualquiera que fuese la conducta de Nick a raíz de la aparición de su enfermedad debe entenderse como un resultado de dicha enfermedad. Opino también que su coqueteo con los drogas no fue sino una manifestación de la imperiosa necesidad que su hijo tenía de entender los cambios que estaban sucediendo en su interior», trasladó por escrito.

Así se marchó uno de los personajes más magnéticos de la música popular. Una figura cuyas composiciones transmiten una sensibilidad a veces indefensa ante el mundo que le rodea. Uno de esos extraños casos elevados a mito sin llegar a besar nunca las mieles de la gloria.

Un personaje al que ahora se puede conocer mejor desde las líneas de una obra enciclopédica que se detiene tanto en las aristas del personaje, como en documentar al detalle los quiebros de su carrera musical, fundamentalmente en el proceso creativo y en su traslación al estudio.

Un libro que ofrece todas las respuestas que un personaje tan misterioso permite descodificar. Y que tiene su mejor lenguaje en los surcos de sus discos.