Daniel Jiménez, en la imagen superior: en la más pequeña aparece con su padre, una imagen de fotomatón. / RC

En el nombre del padre

Juan Jiménez se arruinó para producir el piloto del luego exitoso programa 'El juego de la oca'; hoy su hijo cuenta el calvario familiar en un libro recién publicado

JORGE ALACID

«Mi padre se llama Juan Jiménez. Tiene setenta y cuatro años. Está jubilado y cobra la pensión mínima. Ha sido miembro del grupo Los Pekenikes durante cincuenta años. Ha compuesto más de doscientas canciones, ha trabajado como productor y programador de espectáculos, ha dirigido musicales y ha sido profesor». De esta declaración de principios, narrada en una austera prosa forense que haría feliz a Kafka, puede deducirse que las páginas siguientes de 'El plagio', libro recién publicado por Daniel Jiménez, emularán el universo de horror cotidiano que recreó el maestro checo. Porque remiten a ese imaginario: la obra revive la ruina familiar, la cruel metamorfosis del cielo al infierno de los Jiménez, cuyo padre ideó a principios de los noventa «un formato novedoso para un programa de televisión que llamó Parquelandia, donde los concursantes caminaban por un tablero gigante, miraban a cámara para lanzar un dado electrónico y realizaban pruebas según las casillas en las que caían».

Sí, todo recuerda demasiado al popular espacio 'El juego de la oca', cuyo éxito esquivó a Jiménez, luego de presentar su idea a la televisión pública y endeudarse para producir un programa piloto. «Gastó todos sus ahorros, hipotecó la casa, vendió el pub que tenía y contrajo deudas millonarias. Entregó el material a la cadena y esperó respuesta. Entretanto, los tres directivos con los que había firmado acuerdos se marcharon a una cadena privada. El 2 de octubre de 1993 se estrenó un programa con las mismas características del que había ideado mi padre». Bingo: aunque el libro no lo menciona, en efecto hablamos de 'El juego de la oca'.

La obra (editada por Pepitas de Calabaza, ganó el premio literario Café Bretón&Bodegas Olarra) relata el calvario de los Jiménez, con páginas de triste emoción que meditan sobre la noción de paternidad. O, con mayor precisión, «sobre el tránsito de ser hijo a ser padre», en palabras del autor. «Es también un libro sobre el respeto y el perdón. Sobre la resistencia, la dignidad y, por supuesto, sobre una injusticia y una traición».

Las cuitas judiciales de Jiménez padre ocupan un espacio relevante en 'El plagio'. Su demanda fracasó en los juzgados, tuvo problemas con su abogado (quien le aconsejó que aceptara los 300.00 euros que le ofrecían para que desistiera de sus reclamaciones) y se sumergió en una sucesión de infortunios. Hoy, mientras aguarda a que el Supremo resuelva la denuncia que interpuso contra su letrado por mala praxis, también ha puesto por escrito su pesadilla en primera persona, una gigantesca primera persona que monopoliza el relato de su hijo, donde recuerda a un personaje novelado: «No he adornado ni exagerado a mi padre», corrige su hijo. Ocurre que la realidad supera a la ficción y que su historia carece de final feliz. «Probablemente no lo tenga jamás, aunque es un final esperanzador», observa Daniel Jiménez. Y concluye: «Es la carta de amor que mi familia se merecía».