Entrevista

Paco Ibáñez: «Hoy no prestaría mi voz a ningún partido»

10/12/2018

El cantante, natural de Valencia pero con raíces y ramas en muchos otros lugares, llega hoy a Gran Canaria para participar en un acto organizado por el Cabildo de Gran Canaria en el teatro Cuyás con motivo del Día Internacional de los Derechos Humanos. Con su repertorio, el mítico trovador cantará a la libertad y reivindicará la lucha frente a las injusticias.

— ¿Cómo será el recital que ofrecerá en Gran Canaria?

— No lo sé. No puedo profetizar. Deseo que sea un concierto donde la gente disfrute y reviva cosas, porque el cometido de las canciones es el de hacer revivir cosas que uno ha vivido y remover un poco su pasado, mirando hacia adelante. No lo sé. Espero que sea un buen concierto, ya que está basado en los Derechos Humanos. La gente que venga ya viene con una idea y estarán allí pidiendo que los derechos se fortalezcan. Por otro lado, siempre tengo un buen recuerdo de Canarias. He estado dos veces en Las Palmas y en Santa Cruz de Tenerife y guardo un buen recuerdo. Estoy contento de volver.

¿Cómo está?

— Responderé como mi tío el vasco –hasta los 14 años viví en un caserío en Euskal Herria– que me contestaba: gaizki, es decir, mal. Siempre contestaba mal. Nunca le oí decir bien. Era una filosofía suya. Diciendo mal, la cosa solo podía mejorar. Como los judíos, que cuando les preguntas cómo están te dicen que podría ser peor.

Va a empezar una gira para celebrar los 50 años del legendario concierto del Olympia de París. ¿Le da respeto tocar un repertorio mítico?

— Sí, fue fundamental. Cuando en Francia surgió el movimiento del 68, los jóvenes se rebelaron contra tanto dogmatismo y gente almidonada. Pero los que tienen el poder vieron el peligro y se las arreglaron para adormecerlos y apaciguarlos en tres o cuatro años y se acabó el mayo del 68. El concierto del Olympia fue fruto de una rebelión en Francia. Los franceses son rebeldes. Mi respeto es volver a las andadas con canciones que están ahí para siempre. Es como si volviera otra vez a subir una cuesta.

— Tiene usted 84 años y conciertos previstos hasta primavera. ¿Cuál es su secreto para mantenerse en ruta?

— Pues yo no sé si tengo 84 años. Mi nombre y apellido, sí. Me siento siempre joven a nivel de que puedo entusiasmarme por la belleza, la vida y las canciones que uno canta y las que oigo. Estar vivo es mantenerse joven.

— En estos momentos en los que el fanatismo y la insolidaridad parecen triunfar, ¿es buen momento para armarnos de poesía?

— Es bueno desde el día en que naces hasta que te despides de este mundo. La poesía es, como dice la canción de Celaya, un arma cargada de futuro. A través de la magia de las palabras, te hace sentir lo que tocas, lo que ves y lo que se te acerca. Es como el aire, está ahí. No se reconoce mejor en una época que en otra. Es una necesidad permanente.

¿Le da miedo este resurgimiento del fascismo? ¿Lo esperaba?

— Me da miedo. Es un horror y me da asco. Es de esas cosas que te dicen y no te lo crees. No puedes creer que nos volvamos otra vez tan salvajes y criminales. El fascismo es un movimiento criminal. Hemos dado la vuelta entera y estamos en el mismo sitio. No llegas a asimilarlo, parece mentira y espero que lo sea. Es horrible lo que está pasando.

¿Qué le preocupa más: el ascenso de la ultraderecha o la disolución ideológica de la izquierda?

— Los monstruos que se están acercando. La disolución de la izquierda ha ocurrido poco a poco. Ha ido desapareciendo porque la sociedad está ocupada en ir a esa asquerosidad llamada fútbol, tenis o carreras de coches. Hay una deserción de la conciencia social que ha desarmado a la izquierda. Está buscándose, no sé si se encontrará, pero lo otro es más serio.

— Su música fue censurada en 1971 en España. ¿Le preocupa la merma de la libertad de expresión actual? ¿Es distinta a la de entonces?

— Es difícil de contestar. Cómo no me va a preocupar la libertad. Cuando se la quitas a alguien, me ofende y estos recortes te dañan y te duelen. Uno intenta ayudar haciendo lo que sabe hacer. Lo mío es cantar canciones que llegan a concienciar a la gente y le hacen revivir cosas; tener una vida emocional rica. Es muy difícil de aceptar lo que está pasando.

— Ha rechazado varios premios, ¿habría algún reconocimiento que usted estuviera dispuesto a aceptar?

— El único premio que estoy dispuesto a aceptar es que la gente te aplauda cuando das un concierto. Lo otro es mandanga y todo es materia falsa. Los premios son de conveniencia, benefician al que lo da y al que lo recibe. Algo ganan ellos. Creo que los premios son peligrosos para los artistas. Cuando los reciben, empiezan a meterlos en una jaula.

— Caetano Veloso hizo una lista de Spotify con canciones para defender la libertad y la solidaridad ante Bolsonaro. ¿Qué canciones no podrían faltar si usted hiciera una lista de este tipo?

— Mi madre era vasca y algo de vasco debo tener; me gusta la síntesis. Escogería la de Celaya, La poesía es un arma cargada de futuro y, en concreto, uno de sus versos: nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Es un sacrilegio la frivolidad de la gente. Eso está pasando en el mundo entero. No solo en España, en Brasil o en Estados Unidos. Estamos viviendo el caos del ser humano.

— En el año 1982, el PSOE cerró su primera campaña electoral con un concierto suyo. ¿Hoy pondría su voz al servicio de algún partido español?

— No. Hoy puedo poner mi voz a una llamada como la de los Derechos Humanos o a una manifestación que defiende unos valores o está en contra de cosas que uno no acepta, pero a un partido no. Nunca he pertenecido a un partido. En Francia vinieron a buscarme para proponerme entrar en el Partido Comunista. Fui a dos reuniones, la primera y la última. Cuando vi que era un manoseo, que no había verdad en todo eso y que era formalismo puro, dije que no. Y por los anarquistas –mi madre y mi padre eran anarquistas– tengo simpatía. Les mueve un deseo de cambiar las cosas que no funcionan, que están deshumanizadas. Me pidieron que hiciera un concierto en Barcelona y dije que sí. Lo primero que les dije es que les tendré simpatía siempre y cuando no tomasen el poder. Los anarquistas y los comunistas teorizan. No conozco a ningún militante comunista que no haya entrado en el partido para defender una causa, pero luego se tuerce todo desde que empiezan a acatar a los que tiene por encima.

— Usted vivió muchos años en Francia. Actualmente los chalecos amarillos están enfrentándose al Gobierno galo en las calles. ¿Envidia a los franceses su capacidad para levantar la voz contra el poder?

— Es muy preocupante. Cuando se levantan, se levantan. Mira si no la toma de La Bastilla. Lo que está pasando ahora es que el Napoleoncito se creía que podía hacer lo que le diera la gana y se ha encontrado con un buen hueso.

— En España, la gente no se moviliza de ese modo.

— Sí, pero cuidado, están armados. En España no pasa. Hay conatos, pero no así. Esa rabia planificada y orientada no se da.

— Usted es un ciudadano del mundo pero vive en Barcelona. ¿Cómo está viviendo el conflicto catalanista?

— Puntualizo: soy ciudadano del mundo y vivo en Barcelona. Vivo en Cataluña hace 25 años. Me ha tocado vivir un tercio de mi vida en Cataluña. Conozco bien Cataluña y conozco a los catalanes. El carácter de ellos me gusta. No tengo solo simpatía sino cariño a los catalanes. Todo anticatalán que haya en el mundo no tendrá cobijo en esta casa porque defiendo el carácter y la proyección de los catalanes. Lo que ha pasado con los que han hecho esta chapuza no está bien. Tampoco es para cogerlos y meterlos en prisión ni penarlos por rebelión con 30 años de cárcel. Que los castiguen y los juzguen porque han hecho una chapuza, que espero que tengan en cuenta cuando los juzguen, pero no hay para tanto. No es tan grave. A mí, cuando era pequeño y hacía una tontería, me mandaban al cuarto oscuro a comer tornillos y tuercas. Por lo que han hecho se merecen un castiguito para que no lo vuelvan a hacer, pero no ensañarse con ellos ni fomentar el anticatalanismo que se está desarrollando. Siempre diré ¡Visca Cataluña eternament!