Crítica de ‘Satie. Monólogo musical para dos pianos mudos’

La trepanación

13/05/2017
/Las Palmas de Gran Canaria

El cerebro es un órgano excepcional. Hasta tal punto, aseguran los expertos, que por mucho que se haya investigado, buena parte de su funcionamiento es una incógnita. Los misterios que esconde son médicos y sociales, porque el comportamiento humano, en solitario y junto al resto de la especie, depende de los impulsos que genera este órgano.

Por esta razón, trepanar un cráneo para adentrarse en los secretos que esconde un cerebro debe de ser una aventura apasionante. Tanto a nivel médico como desde un punto de vista metafórico. El segundo es el que nos ocupa. Tuvo como escenario el teatro Pérez Galdós y la cabeza elegida fue la de Erik Satie, el controvertido y genial compositor, pianista, dibujante y escritor galo, una de las mentes más avanzadas, desde el punto de vista creativo, cuando arrancó el pasado siglo XX.

Explorar la cabeza de Satie, de la mano del texto escrito por el novelista grancanario Alexis Ravelo, fue toda una experiencia. La aventura se puede calificar como emocionante, divertida y pedagógica. Un cóctel, en apariencia imposible, que se hizo realidad dentro de la última entrega programada, hasta el momento, en del ciclo La música como literatura.

Este monólogo musical para dos pianos mudos sumergió al espectador en los entresijos vitales y creativos de Satie, dos vertientes que fueron de la mano durante toda su existencia y también sobre el escenario.

El montaje tomó vida mediante un espectáculo escénico y musical en el que la vertiente pianística del autor de las tres Gymnopédie cobró vida gracias al magisterio de José Luis Castillo. El Satie de carne y hueso, que mira atrás en su casa de Arcueil apenas un mes antes de fallecer, cobró vida gracias a un medido Alfonso Lara. Estuvo excesivo cuando el texto lo requería y contraído cuando la montaña rusa escénica, dirigida por Quino Falero, así se lo exigía.

El director lanzaroteño aseguró antes del estreno que entre los objetivos que se había trazado el equipo de esta producción de función única estaba divertir al público y despertar en el mismo la curiosidad suficiente para que, una vez llegase a casa, sintiera la necesidad de acercarse al universo creativo de este adelantado a su tiempo.

Resulta casi imposible que, después de disfrutar de las piezas musicales que tomaron vida en uno de los dos pianos que dominaban el escenario, y tras disfrutar de una puesta en escena tan elegante y funcional, buena parte de los asistentes a la representación del pasado jueves no les apeteciese cumplir una de las premoniciones que Erik Satie lanzó en el escenario: «Gente que no sabe ni cómo me llamo llevará mi música como melodía en aparatos que aún no se han inventado».

Con una salvedad, seguro que se ha cumplido en las últimas horas. Los que estuvieron en el Pérez Galdós ya sí que saben quién es Satie. Y nunca lo olvidarán.