«En el escenario soy feliz»

12/06/2018

Rudy Park da vida a Calaf en Turandot, que hoy se estrena en el teatro Pérez Galdós dentro de la 51ª temporada de ACO.

—¿Qué Calaf verá de su mano el público que acuda a Turandot, dentro de la 51ª temporada de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria Alfredo Kraus?

— Calaf es como la vida. Crece y decrece, vuelve a crecer y vuelve a decrecer. Por eso Calaf tiene tantos altos y bajos. Con este rol vas caminando por la vida y te encuentras con distintas personas, como el padre o con Liú, la esclava. Calaf lo que persigue es el amor y tiene como principal objetivo alcanzar la felicidad. En el fondo, esta ópera es, como dicen los ingleses, un camino hacia the happy end (final feliz, en español). Así es como lo interpreto en este montaje de Las Palmas de Gran Canaria. En la vida no siempre se crece, se tienen momentos altos y buenos y otros malos, como Calaf.

— ¿Desde un punto de vista vocal y técnico se trata de un rol complicado para el tenor?

— Sí que lo es. En la lírica, todos los roles son complicados. Calaf es especialmente difícil para todos los tenores. He asumido este personaje en 19 ocasiones anteriores. La técnica es dificilísima, pero para mí lo más complicado son las necesidades de cada una de las producciones. Mi técnica vocal ya ha alcanzado una cierta madurez para afrontar Calaf. Pero siempre dependes del día en concreto, de la energía con la que cuentas en cada ocasión sobre el escenario. Lo que siempre intento es cuidar mucho mis condiciones vocales y técnicas para cada representación. Sobre el escenario no estoy pendiente de la técnica vocal, allí soy feliz, porque estoy cantando. Pero en los ensayos y en los momentos previos sí que me preocupa mucho encontrar el momento justo vocal que requiere este rol y cada producción. Muchas personas me dicen habitualmente que mi voz se asemeja mucho a la de un barítono, porque es muy oscura y dramática. Pero yo creo que se debe a la madurez vocal. A medida que pasan los años mi voz se oscurece. Pero creo que eso es algo natural y por eso me siento muy feliz y tranquilo.

— La vertiente interpretativa de Calaf es también muy importante, con esos momentos altos y bajos vitales a los que antes aludía. ¿Cómo lo afronta para no quedarse corto ni pasarse?

— Desde un punto dramático, Calaf es complicado también, porque lo tiene todo. Intento alcanzar un punto intermedio, tanto en los momentos más altos emocionalmente como en los más bajos. Como soy un tenor con una voz oscura y dramática, lo tengo más sencillo [risas]. Los tenores que tienen una voz menos dramática lo afrontan de otra forma. Desde que canté Otello, en 2015, en Las Palmas de Gran Canaria, mi voz se ha oscurecido aún más. Es parte de un proceso natural.

— ¿Qué recuerdos tiene de ese Otello al que acaba de aludir que protagonizó también dentro de la temporada de Amigos Canarios de la Ópera?

— Fue una experiencia increíble. Una gran producción. Para mí supone un enorme orgullo participar en las temporadas de ópera de esta ciudad, porque en éstas han estado buena parte de los cantantes más importantes de la historia. Gran parte de la historia de la lírica ha pasado por este teatro [alude al Pérez Galdós, en el que se representan las tres funciones de este Turandot y toda la temporada de ACO].

— ¿Antes de estrenarse en la temporada de ópera de esta ciudad, con Cavalleria Rusticana, estaba usted al tanto de la existencia de una importante comunidad surcoreana en esta isla?

— Sí, sabía de la existencia de esta relación económica. En Corea siempre se ha considerado a Las Palmas como una puerta al mundo. Mis compatriotas que viven aquí están muy orgullosos, porque son conscientes de que se trata de un lugar de encuentro con Europa. En mi caso, siempre he sabido del gran papel que esta ciudad ha tenido y tiene en la historia de la lírica. Desde la primera vez que vine he mantenido contactos con la comunidad de mi país en la isla. Estos días he estado con el cónsul de mi país. Hemos comentado que hay que intentar que en un futuro haya una mayor relación entre Corea y Canarias en el terreno cultural.

— ¿Qué nuevos roles tiene en mente con los que podramos verle de nuevo en la temporada de ópera de la capital grancanaria?

— Mi maestro italiano Manlio Rocci, que falleció en 2008, siempre me dijo que esperase para acometer el rol de Andrea Chénier, en la ópera de Umberto Giordano. Desde un principio me dijo que se trata de una ópera que requiere de una madurez, no solo vocal sino también vital. Me decía que cuando tuviera 46 o 47 años ya podría afrontarlo. Siempre le preguntaba que por qué tenía que esperar y su respuesta era que con el tiempo descubriría la respuesta. Ahora ya lo entiendo. Requiere una madurez natural, a la que antes ya aludí. Tenía razón. Cuando llegue el momento, lo haré. Ahora tengo 41 años para 42 y ya lo veo cerca [ríe]. Hay ciertas óperas y papeles que puedes entender con facilidad. Andrea requiere la misma madurez que se alcanza en cualquier aspecto de la vida con el paso del tiempo. Siempre he tenido claro que prefiero cantar pocos roles, pero hacerlos lo mejor que pueda y desde el corazón, con una entrega total. Para mí, supone todo un honor poder cantar roles que son tan importantes en la historia de la lírica europea.