El rock del obituario: ¿no hay día que no se muera algún artista?

29/05/2020

Los aficionados a la música experimentan en los últimos años una sensación de pérdida continua: es una «ley de vida» amplificada por las reacciones en las redes

La crisis del coronavirus, con su inevitable cuota de bajas en el mundo de la cultura, ha reforzado una impresión que ya se había adueñado en los últimos años de los aficionados al rock: a veces, tienen la sensación de estar viviendo en un perpetuo obituario, porque es rara la semana, incluso el día, en el que no toca decir adiós a alguna figura del género. De alguna manera, las muertes de artistas parecen haberse acelerado en la última década, hasta el punto de que hay jornadas en las que se agolpan las manifestaciones de duelo por diferentes músicos, fundidos todos en la misma canción fúnebre.

Y, en buena medida, no cabe duda de que es así, por pura cuestión de fechas. El propio rock está entrando ya en eso que llaman tercera edad (’Rocket 88’, considerada por muchos la primera canción del género, cumplirá 70 el año que viene) y muchas figuras de su periodo clásico acumulan ya un recorrido que no invita a trazar proyectos a largo plazo. El año pasado, el periodista estadounidense Damon Linker ejerció de profeta funesto y brutal con un artículo para ‘The Week’, en el que avisaba de que «prácticamente todas las leyendas del rock en las que puedas pensar van a morirse en la próxima década». Si hacemos un repaso somero, comprobaremos que Bob Dylan acaba de cumplir esta semana los 79, a Paul McCartney y Brian Wilson les caerán en junio los 78 y Mick Jagger y Keith Richards tienen 76. Y podemos seguir con Neil Young (74), Tina Turner (80), Eric Clapton (75), Paul Simon (78), Ray Davies (75), Eric Clapton (75), Jimmy Page (76), Van Morrison (74) o Rod Stewart (75), sin perder de vista que la generación del punk y la ‘new wave’ anda ya por los 60 y tantos (algunos más, como Debbie Harry, que tiene 74) y que, en fin, muchos artistas de rock muestran una marcada propensión a lo que podríamos llamar morirse antes de tiempo. Un estudio del Centro de Salud Pública de Liverpool comprobó que tienen una probabilidad entre dos y tres veces mayor de sufrir un fallecimiento prematuro: «En la industria de la música, factores como el estrés, los bandazos entre popularidad y oscuridad y la exposición a entornos donde están disponibles el alcohol y las drogas pueden contribuir al uso de estas sustancias y a otros comportamientos autodestructivos», apuntaba aquel informe.

De modo que la sensación de continua despedida tiene un fundamento real. «Es ley de vida, unos vienen y otros se van –resume Jorge Ortega, codirector de la revista ‘Ruta 66’–. Lo más triste es que ves caer a tus ídolos de adolescencia y dudas de que aquel sentimiento se pueda volver a repetir, lo cual deja cierto poso de amargura nostálgica. Y quizá lo peor es que te vas dando cuenta de que el tiempo pasa para todos y la película de tu propia vida también se acerca a su fin. Nosotros lo notamos mucho en los contenidos: ya prácticamente asumimos que cada mes va a caer alguno y tenemos un espacio más o menos previsto. Cuando se trata de alguien realmente significativo, tratamos de no exprimir de forma morbosa el hecho del fallecimiento, pero no podemos negar una realidad comprobada: los muertos venden, y más si hablamos de referentes como Bowie o Lou Reed». El espacio dedicado a esta cuestión en la prensa musical no deja de crecer: el último número de la publicación mensual británica ‘Uncut’, que acaba de salir a los quioscos, incluye nada menos que veintiocho obituarios, cuando hace cinco años solían rondar la decena.

Más allá del hecho objetivo de la edad de los artistas, hay otro factor que contribuye enormemente a potenciar esa sensación de duelo interminable, como un fogonero que no para de alimentar la caldera. Las redes sociales ejercen un efecto amplificador con dos vertientes. Por un lado, nos informan sobre muertes de las que, en otros tiempos, ni siquiera habríamos llegado a tener conocimiento. Hay toda una constelación de artistas de segunda fila, o que han desarrollado su carrera en estilos que no seguimos con tanta atención, de cuyo fallecimiento nos enteramos con toda prontitud a través de Facebook o Twitter. Y resulta que muchas veces no se trata de personajes irrelevantes para nosotros, porque algún momento de su trayectoria apela directamente a nuestras biografias musicales, como pueden demostrar dos ejemplos tomados de los últimos días. El viernes pasado falleció a los 70 años el artista guineano Mory Kanté, un personaje crucial en la divulgación de los sonidos africanos en Europa: en la segunda mitad de los 80, resultó imposible no escuchar su gran éxito ‘Yé ké yé ké’ o no verlo en televisión armado con su kora. Y el domingo murió, con 91 años, el batería de jazz Jimmy Cobb: quizá muchos ni siquiera habríamos sabido identificarlo, pero era el último superviviente del sexteto que grabó el eterno ‘Kind Of Blue’ de Miles Davis, uno de esos discos de jazz cuya huella se extiende mucho más allá del nicho especializado.

Entre el dolor y el postureo

Además, las redes permiten visibilizar el vínculo emocional con los músicos muertos, a través de mensajes públicos que a veces son muestras de un dolor sincero y otras tienen más que ver con el postureo de subirse en marcha a un tren ajeno. La abrumadora reacción a la muerte de David Bowie en enero de 2016 ha quedado como paradigma de este fenómeno: a su condición icónica, que alcanzaba más allá de lo musical, se sumaron en aquel caso factores como lo imprevisto de su fallecimiento –ya que su enfermedad no había trascendido fuera de su círculo íntimo– y el hecho de que dos días antes acabase de lanzar un excelente álbum. Según los responsables de Twitter en el Reino Unido, en veinticuatro horas se publicaron más de cuatro millones de tuits sobre Bowie, con un pico de veinte mil por minuto.

«El entorno de las redes sociales invita a prácticas colectivas de nostalgia, reconexión y consumo cultural compartido», analizan los profesores australianos Jean Burgess, Peta Mitchell y Felix Victor Muench, autores de un estudio sobre los «rituales de las redes» que acompañan las muertes de músicos o actores famosos. «Muy pocos sucesos crean tanta sensación de esfera pública compartida como estos fallecimientos», apuntan. Las despedidas a artistas más minoritarios dan lugar a sus propias burbujas de evocación y homenaje, que extienden el luto y contribuyen a reforzar ese ambiente necrológico que se ha instaurado en el rock. Esto tiene su reflejo en los medios generalistas, donde los artistas que mueren (y también aquellos de los que se cumplen aniversarios redondos) arrebatan a menudo el espacio a sus colegas vivos.

Al final, como ya apuntaba Jorge Ortega, en el fondo de este ánimo melancólico late siempre la conciencia inevitable del paso del tiempo. Eso también lo avisó Damon Linker en su profecía para los próximos años: «Cuando lloramos la marcha de las leyendas y la grandeza trágica de lo que han dejado aquí, para que lo disfrutemos en el tiempo que nos quede, en realidad también estamos llorando por nosotros mismos».