El esplendor se quedó en Siberia

13/01/2018

La 34ª edición del Festival de Música de Canarias se estrenó anoche en el Auditorio Alfredo Kraus de la capital grancanaria con una irregular versión con proyecciones de Iván el Terrible, de Prokofiev, que cobró vida con la Orquesta Filarmónica de Novosibirsk, el Coro Nacional de España, y con el actor José Coronado como narrador.

Las Palmas de Gran Canaria

Lejos, tan lejos como la estepa rusa que dominó con mano de hierro Iván IV, conocido como el Terrible, quedan, por lo vivido anoche en el Auditorio Alfredo Kraus, las inauguraciones del Festival de Música de Canarias que los melómanos, las instituciones y los empresarios consideraban un acontecimiento al que merecía la pena asistir.

Las emociones fueron las justas, los brillos, más bien escasos, y los momentos para el recuerdo, inexistentes. Este fue el panorama que dejó el híbrido escénico-musical a partir de Iván el Terrible, de Prokofiev, con la Orquesta Filarmónica de Novosibirsk, el Coro Nacional de España, la mezzosoprano Polina Shamaeva, el barítono Sergey Plyusnin, y el actor-narrador José Coronado. Todo bajo la dirección de César Álvarez y la escenografía de José Carlos Plaza.

Este concierto–espectáculo se enmarca dentro de las apuestas que buscan atraer nuevos públicos a la música clásica y que a su vez aspiran a sorprender, para bien, a los melómanos. Anoche la presencia de jóvenes espectadores fue escasa y los tradicionales recibieron la propuesta con frialdad, a tenor de los aplausos.

El resultado se quedó muy lejos de proyectos con aspiraciones similares como el Carmina Burana que este mismo festival programó con un lleno hasta la bandera en 2011, con escenografía de La Fura dels Baus junto a la Filarmónica de Gran Canaria.

Lo mejor, sin duda, fue la Filarmónica de Novosibirsk. Cuando el show se lo permitía, cabalgó con soltura por las partituras de su compatriota Prokofiev, tanto en los momentos de mayor intimidad como en las contiendas bélicas y los instantes de mayor lustre del imperio del protagonista de la historia. Lo mismo que el Coro Nacional de España y los dos solistas. Cuando la música se liberaba de las ataduras escénicas, el montaje crecía y agradaba.

Las imágenes proyectadas –algunas con una calidad sonrojante– más que un aliado fueron un enemigo. La música, las voces y la narración de José Coronado –algo sobreactuado, por cierto– eran más que suficientes. Las pantallas no fueron más que un oropel que reflejaban un constante quiero y no puedo.