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Trevor Pinnock, el pasado viernes, durante el concierto. C7
Un concierto memorable

Crítica/ Concierto de la OFGC con Trevor Pinnock

Un concierto memorable

En pocas ocasiones se puede escuchar en una misma velada estas tres catedrales musicales que Mozart compuso en seis semanas

Dionisio Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria

Lunes, 13 de mayo 2024, 23:02

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Pocas son las ocasiones en la vida en las que un músico y/o un oyente puedan disfrutar en una misma sesión de estas tres obras de Mozart, que culminan la carrera sinfónica del salzburgués y por tanto del clasicismo, junto con las últimas de Joseph Haydn. Estas tres catedrales musicales compuestas en seis semanas y nunca interpretadas en vida del autor, como recoge en sus detalladas y minuciosas notas al programa mi muy apreciado José Luis García del Busto, suponen un esfuerzo interpretativo colosal y demandan una concentración y disciplina instrumental considerable e indispensable. Todo ello se conjugó en las expertas y refinadas manos del maestro, en todo el sentir de la palabra, Trevor Pinnock. La odisea anunciada de tocarlas conjuntamente en un mismo programa supone un reto para cualquier institución musical y también para un director. No vamos a descubrir aquí los indiscutibles méritos como intérprete y rector musical del inglés, aunque sí reseñar que estuvo en todo momento entregado, feliz y atentísimo al transcurrir de las estructuras internas de los diferentes movimientos, ayudando en todo momento a los intérpretes a dotar de un fluido discurso el desarrollo de las obras, con naturalidad, eficacia e ideas claras. Baste reseñar, como ejemplo, que en las repeticiones y en los 'ritornello' de los 'Menuettos' sonó la orquesta aún mejor que la primera vez y con la rítmica, arraigada ya, haciendo fluir la música con pasión y belleza.

Desde los primeros compases de los acordes en Mi bemol mayor que anuncian el comienzo de la 'Sinfonía Nº 39', con su patetismo, pudimos intuir que estábamos ante una prometedora velada, hecho que no hizo mas que corroborarse en la deliciosa introducción de la cuerda del primer motivo y la vigorosa respuesta rítmica posterior. El segundo movimiento en los que Pinnock tomó al pie de la letra el subtítulo de 'Andante con moto' (con movimiento) fluyó como el agua de un arroyo, alcanzando la cuerda la excelencia por el limpio fraseo, las acertadas articulaciones, amén de afinación y calidez en el sonido. Una invitación a la que los vientos se sumaron en su sección central con bellísimos y acertados solos de fagot, clarinete y flauta y unos comedidos metales.

El 'Menuetto' fue una auténtica fiesta, lo de 'allegretto' del subtítulo lo llevó el maestro inglés a una alegrísima y feliz danza, muy lejos de las pomposas interpretaciones habituales, que dio paso al Trio, donde Radovan Cavallin, en su estado habitual de gracia y secundado por el resto de las maderas consiguieron uno de los mejores momentos de la velada, y fueron muchos, justificando el porqué de la pasión de Mozart por el clarinete (corno di bassetto) al que dedicó obras que figuran entre lo mejor de su producción.

El derroche y la inmensa pasión del último movimiento de la sinfonía pusieron colofón a la obra en un excelente ejercicio conjunto de la formación, en la que destacaron los primeros violines, dada la dificultad de la parte, y la cuerda en general con un sonido equilibrado y dotado de la ligereza que requiere el movimiento, a la que se adhirieron con vehemencia y acierto los vientos que moderaron su volumen para dejar oír las filigranas de las cuerdas. Todo ello concertado y dirigido por el maestro Pinnock, con alegría y sabiduría, hasta concluir esa explosión de belleza que es el último movimiento de esta genial sinfonía.

Comenzaba el concierto de forma inmejorable y los oyentes nos relamíamos ante la perspectiva de una velada para el recuerdo. Así fue. Comenzó la famosísima introducción de la sinfonía 'Nº 40', con la misma frescura y ligereza que había flotado en el ambiente dejado por el 'Finale' de la anterior. Los diálogos de maderas y cuerdas resultaron naturales e hicieron visible el trasfondo operístico que late en estas tres últimas sinfonías. Lo mismo ocurrió durante el 'Andante', pocos compases tardó la orquesta en coger el aire de bailable continuo que señalaba Pinnock con todo el cuerpo, aún en los episodios más dramáticos de su desarrollo, donde el imprescindible y contrapuntístico diálogo cuerdas /maderas siguió funcionando con precisión y delicados fraseos.

El 'Minuetto' lo bailó Pinnock como había hecho en la sinfonía anterior y haría en la 'Júpiter'. El festivo y expansivo movimiento final comenzó chispeante, se paseó con dulzura por el segundo motivo para dar paso al desarrollo y final con esa contundente sucesión de acordes donde Mozart muestra su genialidad y apunta, sin saberlo, al que García del Busto define como «un muchacho de Bonn llamado Ludwig van Beethoven». Nos fuimos al descanso felices y aún nos quedaba una.

La pausa en el Auditorio Alfredo Kraus no es un acto 'ad hoc', la genialidad del arquitecto Tusquets y la acertada dirección desde hace años del Auditorio permiten, con o sin consumición, acercarse al balcón sobre la playa de Las Canteras y disfrutar del paisaje, abrumado aunque luminoso en esta ocasión, y a la continuidad y fluir de las olas acercándose a la madre tierra, algo que en traslación metafórica y continental, acabábamos de oír. Un lujo que no tiene parangón, que sepamos, en ningún otro centro musical de nuestro país. Unas educadas y amables acomodadoras nos sacan del ensueño y nos recuerdan volver a nuestras localidades y reinstalar nuestra escucha a la espera de la Sinfonía 'Jupiter', última baza sinfónica de Mozart en la luminosa tonalidad de Do Mayor (para los no iniciados y por generalizar, las teclas blancas de un piano).

Volvieron de los camerinos los oboes y las trompetas, muy adecuada la elección de trompetas naturales (de tubos y sin pistones) y se quedaron los clarinetes, protagonistas en las dos anteriores, el resultado pudo notarse en una sonoridad más clara y brillante durante toda la monumental sinfonía. No es posible sustraerse al alma operística de esta obra extraordinaria, desde su contundente inicio, y que en todo el desarrollo del primer tiempo nos recuerde, sin recato, óperas de Mozart como 'Don Giovanni' y en sus momentos más frescos y mágicos a 'Las Bodas de Fígaro' o 'La Flauta Mágica' sin citarlas expresamente, la paleta de melodías es fecunda, intercalando una pequeña fuga para retornar con otros colores al tema principal en un prodigio, del que Pinnock sacó lo mejor de la orquesta en un momento de conjunto de gran enjundia y dificultad en los planos sonoros. De ahí hasta el final del movimiento, con la orquesta dueña del escenario, fue un puro disfrute para todos, público y profesores, que transmitían su compromiso.

El segundo movimiento, 'Andante cantábile', una sinfonía dentro de la sinfonía, fue resuelto por Pinnock de una manera admirable, con una continuidad exquisita entre los diferentes episodios. Emocionalmente resultó ser el momento cumbre del concierto, donde la orquesta en su conjunto dio más de si y se erigió en un instrumento dúctil en las manos, sin batuta, del director. Tras el 'Minuetto' en línea con el espíritu de danza fresca de los anteriores, abordó la orquesta el vigoroso Finale 'Molto allegro' con esa cédula matriz de cuatro notas que usaría en otras composiciones y que desarrolla en innumerables variaciones a lo largo del festivo y luminoso movimiento, que puso espléndido punto final a la producción sinfónica de ese treintañero absolutamente genial, que se llamaba Wolfgang Amadeus Mozart.

Tan solo felicitar a la OFGC por su oportuna asociación con maestro tan insigne y fértil y a la sociedad grancanaria por acudir masivamente a un acto de esta envergadura, algo que nos enaltece como sociedad.

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