Una pareja de visitantes observa un par de relojes expuestos en el MNAD. /JOSÉ RAMÓN LADRA

Una pareja de visitantes observa un par de relojes expuestos en el MNAD. / JOSÉ RAMÓN LADRA

El Museo de Artes Decorativas muestra la evolución del reloj mecanizado

Una exposición de 51 piezas recorre la historia del artilugio desde el siglo XVII al XIX

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Relojes de sobremesa, de pared, de viaje, de porcelana, de noche, de faltriquera, con caja de música, en forma de torre… Hay tantos tipos de relojes como días tiene el año. Dar la hora con un artilugio mecanizado se remonta al final de la Edad Media, casi a la vez que la invención de las gafas.

Los modernos del siglo XV mandaron al diablo el reloj de sol y la clepsidra (de agua) y siguieron la tecnología puntera de entonces. Marcar las horas por la caída de la arena se convirtió en una antigualla propia del tiempo de Maricastaña. ¿Quien quería medir las horas con arenilla cuando se podían incrustar piedras preciosas en un reloj que era una joya?

Fue en la centuria del XV cuando unos pocos privilegiados, que tenían todo el tiempo del mundo, se podían dar el lujo de saber la hora gracias a los relojes portativos, objetos artesanales que funcionaban gracias a un muelle en espiral, pieza que sustituyó a las pesas.

Gracias a ese hallazgo se pudo reducir el tamaño y el peso de los elementos que conformaban las maquinarias. El Museo Nacional de Artes Decorativas (MNAD), en Madrid, enseña por primera vez de forma monográfica en sus salas una selección de 51 piezas de las innumerables que custodia en sus almacenes. Los relojes expuestos, de los siglos XVII al XIX, ofrecen la ilusión de un viaje en el tiempo donde no había prisas. Prueba de que nuestros antepasados disfrutaban del arte de vivir es que los primeros relojes carecían de minutero. La burguesía no estaba apremiada por el estrés contemporáneo. «Y los relojes eran muy imprecisos», asegura el investigador Pablo Bernal, comisario de la exposición 'El arte del tiempo', que permanecerá abierta en el MNAD hasta el 30 de enero.

Para la directora del museo, Sofía Rodríguez, una de las piezas más raras y originales es el reloj que encargó el papa Alejandro VII para poder ver la hora de noche. Este aparato, de 1690, permitía distinguir la hora en la oscuridad gracias a una lámpara interior de aceite que iluminaba la esfera. «No se repite en otras colecciones de España», alega Rodríguez. Dispone hasta de una pequeña chimenea para que salga el humo de la vela o el candil. No se sabe si con su tic tac impedía dormir al obispo de Roma, pero lo cierto es que era mucho más silencioso que otros artefactos del momento. El Estado lo adquirió este año por 10.000 euros.

No le va a la zaga una caja de rapé con un reloj minúsculo y una escena pornográfica esmaltada. Y muy original es un reloj del tipo lapine (sin tapa superior) que se asemeja a una flor.

A diferencia de ingleses y franceses, España desdeñó la fabricación de relojes. Los manufacturados en Francia eran escultóricos y muy ornamentales, mientras que los procedentes de Inglaterra estaban dotados de una caja de madera y una maquinaria duradera.

Bernal se ha dejado los ojos estudiando los relojes del museo, pero no lleva ninguno en la muñeca.