Novedad editorial

Vázquez-Figueroa y el lado oscuro de la tecnología

03/11/2019

El uso desenfrenado de las nuevas tecnologías y el efecto a largo plazo que puede crear este consumo sin límites son algunos de los mimbres de Año de fuegos, la nueva novela del escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa, que vuelve a la actualidad tras haber viajado un par de milenios en el tiempo en Los bisontes de Altamira, también publicada por Kolima este mismo año.

«Si tengo 83 años y esta es mi novela número cien, eso significa que publico más de una por año», comenta jocoso acerca de su desbocada escritura.

«En el mundo existen 6.000 millones de teléfonos móviles en uso, pero casi todo el mundo ha tenido varios teléfonos móviles, así que debe haber otros tantos teléfonos usados y abandonados. Antes esos aparatos se llevaban a la India o China y los desmontaban para quitarles el cobre y el coltán. Pero ahora, hay tal avalancha, que no se pueden desmontar. Hay empresas ilegales y escondidas que cogen los teléfonos y los ordenadores y los llevan a países y lugares donde los arrojan como basura tóxica», explica el escritor canario afincado en Madrid.

Este es el punto de partida de su novela Año de fuegos, que se desarrolla en una isla centroamericana donde van a parar toneladas de desechos tecnológicos y cuya población empieza a sufrir problemas de salud por la contaminación ambiental. «Cuando un ordenador o un teléfono se moja empieza a producir compuestos orgánicos; organoclorados y clorofosforados», elementos que –según Vázquez-Figueroa– propician el cáncer. «Las empresas lo saben, pero se callan. No quieren hablar de eso, por eso yo tenía que escribirlo y decirlo», abunda el novelista que asegura que hay puntos del Caribe y de las costas africanas que ya están siendo utilizadas como vertederos de este tipo de tecnologías. De hecho, el autor recuerda el conflicto diplomático y judicial mantenido por Canadá y Filipinas durante los últimos seis años a cuenta de 103 contenedores de basura que el país norteamericano transportó al archipiélago asiático. «El presidente de Filipinas dijo que ni hablar, cogió ese material y lo devolvió a Canadá», comenta sobre la guerra de la basura que enfrentó a los dos países entre 2013 y la pasada primavera.

El escritor también atribuye al problema de las basuras tóxicas la intención de Donald Trump de comprar Groenlandia. «No quiere ese territorio por el petróleo, sino para tirar los residuos tóxicos que genera la costa Este de Estados Unidos», apunta.

No obstante, aunque el libro se desarrolla en un escenario donde pugnan por el poder un gobierno corrupto, una guerrilla rebelde y la iglesia, su intención va más allá de la denuncia de lo que será, a todas luces, un grave problema planetario. «Hay una cosa que se le pasa inadvertida a todo el mundo: una de las bases de mis novelas es que siempre pretendo que sean entretenidas», comenta el aventurero que ha elegido a una doctora para protagonizar el libro. «Violeta Ojeda es una médico chilena que se entera de que hay niños que sufren las consecuencias de la contaminación e intenta ayudar en lo que puede. No es una heroína, pero la política y la maldad la ponen en una situación muy difícil», señala Vázquez-Figueroa que dice que, a lo largo de su vida, solo ha conocido a un político absolutamente honrado: «Héctor García Godoy, presidente de República Dominicana. Subió al poder y lo envenenaron porque era incorruptible. Todos los políticos, más o menos, se tienen que dejar corromper o no entran en la jugada».

Su desencanto con la clase política española es tal que no piensa acudir a las urnas el próximo domingo. «¿Para qué? Casi nunca voto. La última vez dije: voy a hacer un esfuerzo, y tiré mi voto a la basura», se lamenta.

Viejos recuerdos, nuevas anécdotas.

A Vázquez-Figueroa le ha pasado de todo. Hace poco supo que entre los jóvenes que le visitaron hace 20 años para preguntarle por la ubicación de unas pirámides en la Amazonía ecuatoriana estaban Santiago Abascal y Ortega Smith. «Al final no viajaron. Una pena. Allí hay mil peligros. Si hubieran ido quizás no tendríamos una ultraderecha tan fuerte».