«Necesitamos mucha reflexión, serenidad y racionalidad»

28/06/2020

La escritora Marta Sanz (Madrid, 1967) concluye la trilogía en torno al detective Arturo Zarco con pequeñas mujeres rojas (Anagrama), una novela que transita por distintos géneros y donde reflexiona sobre la memoria histórica y la violencia contra las mujeres, como explica por internet. Paula Quiñones protagoniza esta historia que transcurre en Azafrán, donde trata de localizar fosas de la Guerra Civil española.

— Ha defendido en varias entrevistas que pequeñas mujeres rojas es una novela política. ¿Literatura y política mezclan bien para un mismo cóctel?

— Yo creo que esta novela es política porque denuncia la crueldad de los vencedores de la guerra, los abusos cometidos en toda época contra el cuerpo de las mujeres, pero también lo es porque reflexiona sobre la posibilidad del lenguaje de ser extremadamente violento y normalizar las injusticias. El estilo, las opciones formales de la literatura, las maneras de representar los temas –políticos o no–, encarnan un modo de entender el mundo. En el que nos ha tocado vivir, marcado por la prisa y lo epidérmico, tomarse un tiempo para la poesía y firmar con los lectores y lectoras un pacto para leer despacio, por debajo, críticamente, es un gesto político. Así que la literatura y sus maneras de mirar y fracturar los prejuicios casan muy bien con la política, introducen un punto de vista y un método de conocimiento en la polis que hoy es imprescindible.

— ¿Qué motivó esta novela, alguna historia real que le contaron o su interés por aportar su granito de arena para reivindicar la memoria histórica de este país?

— Siempre he sido una mujer comprometida con el proceso de recuperación de la memoria democrática en este país. Siempre he sido sensible al dolor de todas las personas que no han podido enterrar con dignidad a sus familiares perdidos. Esas emociones unidas al conocimiento de los sucesos acaecidos en torno a la fosa de Milagros en Burgos tuvieron mucho que ver en la necesidad de escribir esta historia.

— ¿Cómo se saldan las cuentas pendientes con «los óxidos franquistas», como usted los denomina?

— Haciéndonos conscientes de que forman aún parte de nuestra manera de ver y entender el mundo. Todavía hay por ahí gente que va hablando del diablo y renegando de la ciencia. Todavía hay gente por ahí que considera que celar, fiscalizar y maltratar a una mujer en el ámbito público y privado es lo normal. Necesitamos mucha reflexión, serenidad, racionalidad. Necesitamos cerrar las brechas de desigualdad. Yo intento hacerlo desempeñando el oficio de escribir, trabajando con la materia prima del lenguaje, en la convicción de que la literatura refleja la realidad, pero también la construye.

— ¿Considera que esos ecos se han vuelto últimamente atronadores en España?

— Fíjese usted en las cosas que anda diciendo por ahí el rector de la Universidad Católica de Murcia o el cardenal arzobispo de Valencia. Fíjese en quienes hablan de violencia intrafamiliar para designar la violencia machista. Fíjese en las campañas, a lo Goebbels, de propagación de bulos. Fíjese en el racismo o en el uso sistemático del discurso del odio. Fíjese en el lenguaje de descalificación sistemática de los «socialcomunistas» y las «lesboterroristas» y después revisemos la historia de este país y pensemos quiénes propiciaron –y quienes no tanto– la llegada de una democracia a España. Con sus defectos, pero democracia.

— Desarrolla usted la acción en una pequeña población. ¿Se debe a lo que dice el refranero de «pueblo chico, infierno grande»?

— No tenía el refrán en la cabeza, pero la verdad es que está muy bien traído. Azafrán es un espacio opresivo, una boca del infierno, que termina convirtiéndose en Azufrón. La puerta a este infierno es el hotel de la familia beato. Creo que el libro tiene mucho de género de terror, de Hitchcock, de atmósfera irrespirable: cuando Paula llega a Azafrán, que podría ser cualquier pueblo de la meseta norte peninsular, nota como si hubiese entrado en una bola de gelatina. Y el centro, el punto de succión de esa bola de gelatina, es el lugar donde descansan todos los secretos: el hotel en el que va a alojarse.

— ¿Los problemas y la debilidad física de Paula es para alejarse de los tópicos de las heroínas de las novelas negras o se debe a otra razón?

— Es para mostrar un modelo distinto de belleza y de normalidad. Un canon alternativo. En todo caso, Paula es una mujer hermosa, fuerte, generosa y comprometida que, cuando se enamora, se vuelve pequeña -de ahí la p minúscula del título– porque ha asumido un discurso sentimental que coloca a las mujeres casi siempre en una posición de inferioridad. Nos aniña. Pero en esta novela yo creo que se reflexiona sobre los límites de la protección: hasta qué punto proteger es cuidar o, por el contrario, anular.

— La violencia física contra la mujer es un elemento primordial de pequeñas mujeres rojas. ¿Le resultó difícil abordarla y qué parámetros se impuso?

— Para mí fue muy difícil abordarla y creo que de algún modo la somaticé: mientras escribía me brotó un orzuelo enorme con el que yo, a mi vez, adorné a la narradora principal de esta historia, Luz Arranz. De la ficción a la realidad y de la realidad a la ficción. Lo fundamental era representar la violencia contra el cuerpo de las mujeres de modo que esa violencia no fuese agradable, morbosa, sugerente, normal o deseable... Eso es lo que sucede a menudo con la representacin del desnudo femenino en la Historia del Arte: los raptos de las Sabinas, las Susanas y los viejos, adornan los salones sin producir rechazo o repugnancia. No solo es importante visibilizar ciertos temas, sino elegir las palabras o los colores que dejen traslucir el sistema nervioso personal de quien escribe o pinta para provocar una reacción, una respuesta ética, en quien recibe ese texto.

— Cierra la travesía literaria de Zarco a través de su mujer. ¿Tuvo siempre claro que no aparecería físicamente en toda la novela?

— En esta tercera Zarco tenía que ser una figura fantasmagórica, una ausencia, a la que se le pudiese echar en cara su inacción y su silencio. Este es un cierto modo un libro de fantasmas. Fantasmas del pasado que permanecen muy vivos en el presente y personajes del presente que, en su silencio y en su inacción, son cómplices de ciertas barbaries. Toda la novela está recorrida por una metáfora que opone el silencio a la voz. La necesidad de desvelar los secretos es un ejercicio de dignidad; callar es un modo de ser cómplice, pero a la vez denunciar públicamente a los demás puede calificarse de delación o de comportamiento cívico dependiendo del contexto. La literatura habla de lo difícil, de las zonas deslizantes, de los límites que no están bien dibujados, de cómo ciertas palabras y las acciones que designan cambian de significado dependiendo del momento histórico...

— Da usted voz a las víctimas que están enterradas en fosas comunes. ¿Qué le motivó a hacerlo? ¿Fue complicado dar con el tono adecuado para sus intervenciones?

— Creo que es necesario recuperar esas voces. Imaginar a Catalina, la mujer que fue fusilada y que llevaba en un bolsillo el sonajero de su hijo. Los hijos del peón caminero de Milagros que veían un día sí y otro también fusilamientos: casi se vuelven locos. Me interesaba iluminar a esos personajes desde su carne y su hueso, su bondad privada y su heroicidad pública, y hacerlo con un tono que saque el relato de la memoria del espacio de la solemnidad o del sentimentalismo. Somos impermeables a la solemnidad y al sentimentalismo de los relatos de la memoria. Por eso, yo opté por un corrosivo sentido del humor. El orfeón de los niños perdidos y las mujeres muertas es punk y descacharrante.

— El apartado epistolar es otro pilar en el desarrollo del libro. ¿Lo escribió a parte y después lo cuadró en el resultado final a modo de puzzle o pequeñas mujeres rojas se escribió en el orden que hoy leemos?

— Se escribió en el orden que hoy leemos con algunas pequeñas correcciones al final para empastar bien las voces de Luz y Paula sobre el hilo de los acontecimientos.

— Apuesta por un lenguaje exigente, enrevesado por momentos, árido pero a la vez cautivador. ¿Qué referentes tuvo en este apartado? ¿Podríamos definirlo como un juego de espejos metafórico, con imágenes fieles a la realidad y otras deformadas?

— Me gusta mucho la metáfora del juego de espejos metafórico. Mis referentes para escribir esta novela son muchos y muy distintos: está el terror, el western, el género negro, los cuentos de hadas, Rulfo, Hammett y la pintura de Francis Bacon. Y, por encima de todo, la poesía como una forma de lenguaje que propicia simultáneamente la comunicación y la indagación; la emoción y el conocimiento; la belleza y la crueldad; la risa subversiva, ruidosa, y el silencioso mundo de lo íntimo. El calado de la palabra, su profundidad de fosa, y a la vez su capacidad para subir y ofrecernos, a vista de pájaro, planos cenitales de la historia y de la Historia. Las palabras que también significan por la música que llevan dentro. Trabajar así en el molde de una supuesta novela negra creo que es un poco transgresor y bastante imprevisible.

— ¿Por qué el título del libro va en minúscula?

— Porque me gusta reivindicar la literatura como territorio para el juego, la travesura y el quebrantamiento de las reglas. Porque en ese quebrantamiento hay una carga de significado que quiere criticar las normas del campo literario y de un concepto sacralizado de la literatura. A la vez se subrayar ese empequeñecimiento de las mujeres en las relaciones sentimentales del que hablábamos antes.

— ¿Cómo ha llevado el confinamiento y qué espera de la nueva normalidad, como se ha denominado?

— He llevado el confinamiento con mucho dolor por lo que veía, pero también con gratitud cósmica porque mi familia está bien. He sufrido un poco por la congelación de las amapolas de la portada de mis pequeñas mujeres rojas, pero afortunadamente incluso en los momentos más difíciles he recibido mucha calidez de la parte las lectoras y lectores. Y hoy siento que las vamos a descriogenizar del todo y que el libro se despierta en las librerías.

— La pandemia de la Covid-19 ha sido una invitada inesperada para las celebraciones galdosianas de este año...

— Ha sido una llamada de atención respecto a la depredación del planeta por parte de los seres humanos y a la imposibilidad de controlarlo todo. Una llamada de atención sobre los estragos que producen en las sociedades las prácticas capitalistas y la privatización de lo que no debería costar nada porque es lo más valioso que tenemos: la salud. Creo que Galdós con su conciencia republicana y laica habría estado de acuerdo conmigo. Creo...

— ¿Como apasionada de Galdós, qué le diría a los jóvenes o a los adultos que no lo han leído para que se sumerjan en las páginas de las novelas de don Benito?

— Leer a Galdós es entrar en una fascinante zona de peligro. Genera adicción. Deleita, enseña y trabaja con un concepto de verdad, para el arte y la vida, para la interacción que se produce entre lo vivo y lo pintado, que hoy nos convendría rescatar. Ciertos líderes invitan a sus compatriotas a inyectarse hidrogeles en vena o definen la pandemia como un constipadito. Yo cada día valoro más la bondad y la honestidad de los seres humanos en el desempeño de su trabajo: creo que Galdós, desde este punto de vista, era un ejemplo. También fue un narrador magnífico, culto, cosmopolita, un urbanista de la palabra, que supo encerrar en sus libros las polifonías de su tiempo: los registros de las distintas clases sociales, los tonos literarios, las voces del pasado en el presente. Hoy podemos abrir sus páginas y escuchar con atención.