Reedición

de Natalia Sosa

11/01/2019

Torremozas acaba de publicar un libro que reúne los primeros poemas de la escritora grancanaria Natalia Sosa, una gran olvidada de las letras isleñas que la editorial española rescata atraída por la fuerza desgarradora de sus versos. Con esta publicación, titulada ‘No soy Natalia’ y coordinada por la investigadora canaria Blanca Hernández Quintana, la poesía de Sosa traspasa las fronteras de la insularidad y logra una divulgación nacional. Su voz acallada en vida resuena otra vez.

He vuelto al sueño. He retornado/ a través de los sueños,/ a través de los años,/ a través de ti mismo, sombra/, ya sombra únicamente,/ ya nada./ Feliz he regresado. El sueño,/ azul de primavera,/ leve paloma, portador de mensajes pasados, ha vuelto: ha retornado/ con la nueva pujanza de tu sombra hecha sueño./ He vuelto una vez más,/ porque siempre se vuelve: inevitablemente se retorna....

En este fragmento de su poema A tu remanso, Natalia Sosa Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 1938-2000) vaticinaba lo que le está ocurriendo en estos días; un regreso al que ha contribuido la editorial Torremozas con la edición de No soy Natalia, un volumen que reúne los poemas publicados en la revista Mujeres en la isla entre 1957-1962 y sus dos primeros poemarios: Muchacha sin nombre (1980) y Autorretrato (1981).

Además, su nombre volverá a salir a la palestra en la medida que el proyecto de la cineasta Arima León, titulado Tal vez no has existido, se materialice en una película de ficción inspirada en la frustrada historia de amor entre Sosa y Pinito del Oro, basándose en las cartas que la poeta escribió a la trapecista, publicadas en 1994 con su consentimiento.

Ambos trabajos servirán para recuperar la obra y la personalidad de una mujer marcada por la invisibilidad y cuya voz poética fascinó a la editora Marta Porpetta. «Fue el escritor canario Daniel Marías el que le habló de Natalia Sosa. Marta leyó su obra, me llamó y me dijo: ‘Quiero publicarla’», explica la doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Blanca Hernández Quintana, experta en la obra de la poeta canaria y responsable del estudio crítico que sirve de prefacio al libro No soy Natalia.

Silenciada.

Según Hernández, el ostracismo al que fue condenada Natalia Sosa por la sociedad y por los círculos culturales canarios no fue nada casual. De hecho, esa negación de su identidad es el doloroso motor que la impulsa a escribir. «En Natalia Sosa se junta la insularidad, ser mujer y homosexual en tiempos de la posguerra. Lo tenía todo en contra», asegura Hernández, autora del libro Escritoras canarias del siglo XX, un ensayo en el que resumió su tesis doctoral.

Su conocimiento de la vida y obra de Natalia es profundo. «Empecé a investigar a Natalia entre 1995 y 1996. En aquella época se decía de ella que era la poeta de la tristeza, de la nostalgia y de la melancolía». Eran las formas en que los críticos obviaban el sentido último de su poesía; un lamento ante la imposibilidad de expresar su sexualidad en una sociedad represiva que condenaba su identidad. «No pudo desarrollar algo tan importante como su sexualidad y lo que hizo fue descargar toda esa frustración en la escritura», sostiene la especialista. «Natalia Sosa se acerca a la poesía para construir su identidad en un sistema que le reprocha su homosexualidad y para encontrar un lugar desde el que ubicarse en el mundo», explica la estudiosa que ha encontrado en su escritura diferentes etapas que se corresponden con «la negación, invisibilidad, opresión y búsqueda».

«Algunos críticos lo sabían, pero no se hablaba de ello. Era la posguerra», comenta Hernández que, sin embargo, reconoce que algunos poetas coetáneos «la tenían en consideración y llegó a formar parte de algunas antologías».

Desgarro.

La imposibilidad de ser ella misma en sociedad es el eje sobre el que gira una poesía dura y desgarradora, sin concesiones a lo anecdótico o superficial, que tiene como temas principales el deseo, los miedos y la incomprensión. «Su propia obra se convierte en el asidero desde el que da cobijo a su experiencia vital atrapada, sin quererlo en un cuerpo incomprendido», sostiene Hernández que ve paralelismos entre la obra de Sosa y la de otras poetas que vivieron circunstancias similares. «Hay una poesía poco conocida de Gloria Fuertes dura y desgarradora. A Sosa le ocurre lo mismo que a otros poetas que con sus versos quieren reclamar con fuerza algo que les pertenece y que la sociedad les niega», afirma Hernández, que también coordinó la edición de la antología poética Más allá del silencio, de la canaria Pino Ojeda, en Torremozas.

No soy Natalia reúne los primeros poemas que publicó; versos en los que la escritora se lamentaba de no encajar en los roles establecidos para las mujeres por el férreo sistema heteropatriarcal de la época: ama de casa, esposa y madre. «Su obra denuncia la amenaza de un mundo que la obliga a negarse y a emprender un proceso de aceptación, un mundo que la oprime y la encasilla», manifiesta la experta en el texto crítico que precede a los versos de Sosa.

Rasgos y evolución.

Hernández detecta algunas señas de identidad en las que irá profundizando en su trayectoria creativa como la identificación con un cuerpo abyecto y construido a partir de ese sentimiento de exclusión; la invisibilidad a la que se sometió a las lesbianas durante la dictadura franquista, así como el silencio y la opresión ligados a su íntima realidad.

En su primer poemario, Muchacha sin nombre y otros poemas, publicado en Las Palmas en 1980, «resalta su sentimiento de desafección y asume ser pecado», una sensación que, según Hernández, «la lleva a negarse» en esta obra. Mientras que en Autorretrato, editado en Barcelona en 1981, «va dando voz a su verdad desgarradora, impertinente a ojos de los demás y nos descubre un torrente de vivencias que van de la desilusión a la nada». Un proceso en el que su identidad proscrita pondrá de relieve los aspectos más absurdos de una sociedad ante la que se rebela de forma silenciosa a través de su escritura. «En su poesía irá reforzando sus discrepancias con el pensamiento oficial y va siendo ella misma», asegura la estudiosa que llegó a conocer a Natalia Sosa y a entablar una amistad, al igual que le ocurrió con Pino Ojeda.

«Me contó que tuvo relaciones con mujeres pero siempre en la clandestinidad. No pudo salir del armario. Eso vertebra toda su poesía. La necesidad de desasirse de la culpa y del pecado, porque, paradójicamente, era creyente. En uno de sus poemas se dirige a Dios diciéndole, ¿por qué me hiciste persona, no insecto o árbol? Se rebelaba también contra esto». No obstante, en los últimos años de su trayectoria, llegó a reconciliarse consigo misma a medida que se iban consolidando sus discrepancias con el pensamiento oficial y la normalidad. «Su último libro Los poemas de una mujer apátrida (Las Palmas de Gran Canaria, 2003), es bestial. En él –asegura Hernández– entiende que ha vivido una penuria y un calvario sin motivo. Es un poemario muy bueno».

«Tuvo una vida triste y dura, pero ella era una persona alegre, positiva y sobre todo, y en esto coincidimos todos/as los que la conocimos, era una persona buena y Noble (en mayúscula) y a través de la escritura canalizaba su tristeza, su dolor», comenta Hernández que atribuye su invisibilidad literaria a su condición femenina, un fenómeno generalizado que lleva muchos años estudiando.

Letras invisibles.

«Lo que le ocurrió a Natalia Sosa es lo mismo que ha pasado con todas las mujeres escritoras. Cuando revisas el canon literario ¿Qué mujeres hay? Apenas ninguna. Todos son hombres. Eso ocurre en el canon literario nacional. Se dice que en la Generación del 27 eran todos hombres. Es mentira. Se olvidan de Josefina de la Torre o de Ernestina de Champourcin. En su momento Gerardo Diego habló de la obra de Josefina de la Torre, pero nunca fueron reconocidas», sostiene la doctora que en los últimos años ha trabajado para visibilizar la obra de otras poetas canarias como Chona Madera o Josefina de la Torre.

Cinco poemarios, dos novelas, un epistolario, además de artículos de opinión, cuentos y entrevistas publicadas en la prensa local conforman el corpus de la obra publicada de Sosa.

De hecho, la intención de la editorial Torremozas es publicar el resto de su obra en próximas entregas. «Tienen la confianza de que No soy Natalia va a funcionar», dice la editora y autora del texto crítico de este primer volumen.

«Sus versos no envejecen y, lejos de estancarse, la autora continúa indagando en sus siguientes obras en la búsqueda de códigos lingüísticos y metafóricos hasta erigirse en una representación simbólica, necesaria para la reivindicación de la pluralidad y las voces que reclaman otras formas de amar y de estar en la sociedad, necesaria para romper con la mezquina estabilidad de lo unidimensional», dice Hernández en su prefacio sobre esta poeta fallecida en el año 2000 que estos días recobra su voz para traspasar las fronteras de su aislamiento insular y social y situarse entre los autores españoles que cargaron sus planteamientos estéticos de valores ideológicos.

Datos biográficos

Sosa nació en la capital grancanaria en 1938. Alentada por su padre, también escritor, se sumergió en las letras. A partir de 1954 escribe en la prensa local y en la revista Mujeres en la isla. En 1959 publica su primera novela, Stefanía, con ilustraciones de Pepe Dámaso. La segunda, Neurosis, llegaría en 1996. Publicó cinco poemarios: Muchacha sin nombre, Autorretrato, Diciembre, Cuando es sombra la tarde y Los poemas de una mujer apátrida. Conocedora del inglés gracias a una estancia en Londres, a su regreso impartió clases de idiomas y luego trabajó en la secretaría del Colegio Claret. En 1989 sufrió una hemiplejía que le paralizó la mitad del cuerpo y en el año 2000 falleció en su ciudad natal.