«El escritor encuentra su lugar cuando se olvida de gustar»

08/06/2019

Sergio del Molino (Madrid, 1979) reconoce que no sabe cómo llegó a convertirse en un escritor. Pero, cuando comenzó a transitar por este oficio, en paralelo a su actividad como periodista, escuchó atentamente los consejos de unos autores que le ayudaron a convertirse en una de las voces literarias más relevantes del actual panorama literario nacional.

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«Le debo a unos escritores, que me leyeron cuando aún era inédito, que me aconsejaran escribir con ropa cómoda. Al principio, escribes como si estuvieras en una tribuna, con un frac puesto, para demostrar algo a los demás. Para escribir hay que relajarse y olvidarse de gustar. Entonces, cuando te olvidas de gustar, encuentras tu lugar en el mundo y entiendes para qué diablos escribes. Hasta que llegas a ese momento, lo que intentas es epatar y seducir. Y lo único que consigues es convertirte en un pelma. Cuando lo que se busca es eso, lo único que se logra es hacer una literatura ilegible», explica desde su casa zaragozana este escritor, que hoy, a partir de las 19.30 horas, presenta su libro Lugares fuera de sitio. Viaje por las fronteras insólitas de España, con el que logró el Premio Espasa el pasado año.

Sergio del Molino dice abiertamente que «nunca» se ha «propuesto nada en la vida», cuando se le cuestiona sobre el punto de partida de su actual profesión. «Siempre he querido ser escritor. Desde niño, pero a esas edades es como si quieres ser astronauta. Acabé siendo periodista por la vocación literaria. Era la forma más fácil de ganarme la vida escribiendo. Pero no tenía una vocación periodística. No quería ser Woodward ni Bernstein [alude a los periodistas norteamericanos que destaparon el Watergate]. No me interesaba la épica del periodismo, que llevaba a muchos a las facultades. Eso me parecía profundamente ridículo, hipócrita y afectado. Yo era un periodista muy raro, estaba ahí de mirón», rememora entre risas.

Esto no implica que el autor de títulos como Lugares fuera de sitio o La España vacía reniegue de su anterior profesión y de lo aprendido a la hora de enfrentarse al folio en blanco.

«He incorporado el periodismo a mi forma de entender la literatura.Tengo mucho de cronista, de paseante y de observador. El periodismo está presente en todos mis libros, hasta en los más intimistas. No creo que los condicione. Es una huella que está ahí y la he utilizado para construir mi poética. No es un lastre. Me ha hecho ser un escritor más ágil. Los colegas que no han hecho periodismo son más morosos y todo les cuesta mucho más. La viveza me la ha dado el periodismo y por eso soy capaz de terminar mis libros en unos pocos meses», subraya.

Puede que no sea capaz de explicar cómo acabó convertido en un escritor, pero sí que reconoce que un libro fue el punto de inflexión. Se trata de La hora violeta (2013), un relato sobre la enfermedad y la muerte de su hijo Pablo, enfermo de leucemia, con el que ganó el Premio Ojo Crítico y Tigre Juan, entre otros.

«Es un libro que pensaba que pasaría inadvertido y que iba a provocar rechazo e indiferencia. Me sorprendió la propuesta de Mónica Carmona, de Mondadori, y cómo ha ido creciendo. Acaba de llegar a casa una nueva edición. No sé por qué ha conectado tanto y por qué me siguen llamando para hablar sobre ese libro. Me sorprende que algo tan doloroso e intimista provocara un punto de inflexión. Demuestra que no puedes hacer planes. No se puede escribir pensando si el libro funcionará y si conectará con el público. Eso es un misterio. Hay que escribir lo que te sale y después ya se verá si encaja o no. El libro acaba dependiendo de una serie de conjunciones rarísimas», añade.

Reconoce que ni con La hora violeta ni con Lo que a nadie importa (2014), sobre un octogenario moribundo, ha tenido la sensación de superar «el Rubicón del pudor». «Concibo la literatura desde un punto de vista poco invasivo. No siento que me exhibo. La literatura es algo que se hace en pijama para otro que está en pijama. Es un discurso que se establece en la intimidad de dormitorios y salones. Para mí supone tener confidencias con alguien que tiene la molestia de escucharme», explica.

Sergio del Molino ve con buenos ojos que se le denomine como un cartógrafo emocional, a raíz, sobre todo de La España vacía, y en menor medida, por Lugares fuera de sitio. «Tanto en mis libros de ensayos y recorridos como en los más autobiográficos hay un intento de cartografiar sentimientos, lugares y conceptos. Me interesa cartografiar, por ejemplo, cómo se vive hoy la muerte, la pérdida y el duelo. Es un territorio inexplorado en la sociedad actual, mientras que en las tradicionales estaba todo mucho más claro. Existían rituales y formas de entenderlo. Se ha perdido esa relación. Siento que pongo nombre y trazo un mapa de un lugar por el que no queremos transitar», señala.

Apunta que su celebrada La España vacía es «como un diálogo de lectura». «El viaje físico consiste en intentar entenderse a uno mismo. El lugar en el que vivimos, nuestras contradicciones e incomodidades. Me interesa más la relación directa y visceral con la sociedad, más que los debates políticos y sociales», apunta sin ambages.

El despoblamiento rural español ha sido una cuestión que siempre le ha resultado interesante y que no se repite en otros países de la Europa Occidental. «La España vacía la escribí en muy poco tiempo, aunque la idea me rondaba por la cabeza desde hacía muchos años. En Zaragoza trabajaba como periodista y una de mis obsesiones reporteriles era recorrer pueblos y contar sus historias y su paisaje», dice.

En abril visitó la Casa-Museo Pérez Galdós para charlar con los asitentes sobre sus creaciones literarias. «Soy muy galdosiano. Galdós es como el cerdo, se aprovecha todo. Pero si me tengo que quedar con algo es con los Episodios Nacionales. Puede parecer su parte más dura, pero tiene mucho nervio. Ahí figura el novelista con garra, que escribe muy rápido, con mucho oficio y con un dominio total de los personajes», explica admirado.