«Cuando escribes, las palabras ordenan el caos»

El escritor y periodista Santiago Gil, natural del municipio grancanario de Guía, acaba de publicar la novela corta (nouvelle) titulada El amor imposible (ATTK Editores), que solo se puede leer en formato digital. El confinamiento para luchar contra la Covid-19 es el punto neurálgico de la historia que protagonizan Alfredo y Eugenia, en Madrid. Sobre la segunda irá un nuevo volumen, independiente, que publicará en breve.

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO

— ¿Escribir fue un asidero, una vía de escape, para usted en pleno confinamiento?

— Lo fue. Como casi todos, viví los primeros días en un estado de estupefacción en el que no cabía la ficción, porque la ficción estaba esta vez en nuestras calles. Tengo perro, y cuando salía a calle y no veía más que militares y policías se producía una especie de estupor, de mal sueño, que me dejaba todo el día sin respuestas. Nos olvidamos fácilmente, pero vivimos esos días hace apenas unas semanas, los días en que un virus invisible nos sacó del mundo que habitábamos, y además lo hizo en todo el planeta al mismo tiempo.

— ¿Cuál es el origen del libro?

— La idea de la novela nace como una rebeldía ante la zozobra que estaba viviendo. Me di cuenta de que la única manera que tenía de entender algo de lo que sucedía –de la pérdida de libertad de movimientos, de la enfermedad sin control matando miles de personas– era aportando ficción a esa supuesta ficción. Cuando lees o escribes una novela viajas lejos para viajar al mismo tiempo a tus propios adentros: el silencioz, la soledad lectora y la abstracción te abren puertas que no logras franquear desde la inmediatez de la realidad. Cuando escribes, logras que las palabras ordenen el caos que te rodea.

— En el mismo relato habla de que la inmediatez resta distancia a la hora de escribir lejos del ojo del huracán. ¿Qué le llevó a no seguir esa máxima?

— La propia situación que estábamos viviendo. Esa máxima, que me la aplico a mí siempre, no cuadraba con lo que vivía aquellos días. A lo largo de la vida vamos teorizando y luego, cuando llegan los momentos clave, solo nos queda improvisar las salidas y buscar nuevos argumentos. En aquellos días, y en estos en que hemos normalizado una situación ciertamente excepcional que cambia por completo todas nuestras expectativas, hice el esfuerzo de escribir para tratar de entender. Lo que vivía entonces no creo que lo hubiera podido expresar si lo hubiera contado dos o tres años después. Hablamos de literatura, y por tanto de la capacidad de volver real todo lo que pueda parecer imposible, pero en este caso, además de ese juego de la invención de argumentos, también precisaba aquella desazón para que todo tuviera un poco de sentido. Quizá también empujó mucho mi mirada y mi oficio como periodista, esa inmediatez de la crónica que se cruza con la ficción de la novela todo el tiempo.

— ¿Se plantea en un futuro que a esta le siga una novela sobre esta pandemia, como ya avanza el protagonista y narrador?

— Posiblemente con los años escriba una novela con más perspectiva y con más ambición literaria. Esta historia quise que tuviera ese formato de muchos de los libros que más me han marcado, como La metamorfosis, El extranjero, Los cachorros o Pedro Páramo, justamente por cortos e intensos.

— ¿Por qué un texto sobre el amor, lo considera la mejor receta para estos duros momentos?

— Al final, y creo que en estos días lo hemos vuelto a ver claro, lo único que vale de la vida es el amor, que te quieran y poder querer, empezando por querernos a nosotros mismos. El amor es la pulsión que lleva a todos los milagros y, por supuesto, creo que es lo que también nos conduce al arte, a la búsqueda de la belleza, y por eso casi todas las historias se arman a partir del amor.

— ¿Se puede entender también como una carta de amor a Madrid?

— Madrid siempre ha sido para mí un escenario literario. Desde que la visité antes de vivir allí algunos años, ya conocía sus calles y su paisanaje a través de la literatura, sobre todo por las novelas de Galdós, pero también por Cervantes, Quevedo, Vélez de Guevara, Diego Torres Villarroel, Azorín, Baroja o Cela. También creo que es una ciudad que, al igual que acoge a todos los que vienen de fuera con naturalidad, también te brinda la ocasión de recrearla cuando vives allí y cuando estás lejos, como un escenario novelesco. Quise, además, rendir un pequeño homenaje a Galdós, por eso los personajes se conocen en la exposición de la Biblioteca Nacional y viven separados donde mismo vivieron personajes de Galdós: Alfredo donde vivía Máximo Manso, y Eugenia donde vivió Fortunata cuando se casó con Maximiliano.

— Evidentemente, Alfredo tiene mucho de usted. ¿Ha sentido pudor plasmándolo en el papel?

— Es una novela metaliteraria en la que, como dices, Alfredo tiene mucho de mí, sobre todo cuando habla de la situación de los escritores, de los argumentos y de lo que parece que nos espera a los escritores y a los libros a la vuelta de la esquina. Siempre estamos detrás de cada uno de nuestros personajes. Si tienes pudor, difícilmente podrás volver carnal a un personaje literario. Nosotros les ponemos el alma para que luego ellos tengan vida propia en la mente de los lectores.

— ¿Le resultó complicado pergeñar el perfil de Eugenia? ¿Quién la inspira?

— Eugenia es el destino de un hombre enamorado, un flechazo que se va haciendo cada día más intenso, tal vez por la propia imposibilidad de poder alcanzarla, por todos esos militares en la Gran Vía que impedían que ellos fueran de Malasaña a Lavapiés, que son tres pasos, sin problemas. Eugenia es el amor, y para escribirla, Alfredo, evidentemente, ha de ser un hombre profundamente enamorado. Los nombres de los personajes son los de mi bisabuela y mi bisabuelo maternos.

— Alfredo habla de que busca la inteligencia en el amor, más allá de la atracción física. ¿Comparte esa idea romántica?

— Yo me enamoro siempre de mujeres inteligentes. Hay una atracción física, por supuesto, pero lo que a mí me atrae realmente es la inteligencia porque es lo que lleva a la seducción, al erotismo y, sobre todo, a la admiración. El amor es una constante admiración hacia la persona amada. Desde que desaparece esa fascinación se va apagando poco a poco y lo vence la rutina y el tedio. La inteligencia, en cambio, que también le abre caminos al humor y a la serenidad, logra que cada día sea una fiesta nueva, excitante y diferente.

— Tras esta , ¿qué escribe ahora durante el confinamiento?

— Estoy corrigiendo la nouvelle que seguirá a esta primera historia. Se titula La mirada de Eugenia y la publicaremos, si todo va bien, dentro de unas semanas. La he planteado como una novela complementaria pero al mismo independiente. Se podrá leer como una continuación de El imposible amor o como una obra nueva con vida propia. En esa historia, como en la que ahora presentamos, sigo la senda de Pessoa cuando decía que no somos más que «contos contando contos». La Covid-19 nos ha convertido a nosotros en personajes de una extraña trama literaria.