Heinrich Himmler (derecha) junto a su médico y masajista Felix Kersten (centro) en 1944. / Alamy Stock Photo

Las listas de Kersten

El fisioterapeuta de Himmler convenció al jerarca nazi para que liberara a miles de judíos y otros presos mientras aliviaba con sus masajes y manos milagrosas sus terribles dolores

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Oskar Schindler salvó a un millar de judíos y ocupa un lugar de privilegio en la historia. Felix Kersten evitó la muerte de más de 60.000, y es un perfecto desconocido. Era el médico de Himmler, un dotado fisioterapeuta estonio que trató al jerarca nazi de los terribles calambres abdominales que sufría desde niño. Entre masaje y masaje con sus manos milagrosas, convenció al ejecutor de la solución final para que salvara de morir a miles de personas.

El historiador francés François Kersaudy, de 73 años, desvela en 'El médico de Himmler' (Taurus) la historia de Kersten (1898-1960), que en 1939 era el prestigioso fisioterapeuta de los ricos. El tibetano doctor Ko le enseñó en Finlandia los secretos de la terapia fisioneuronal para liberar la tensión nerviosa. Con ella alivió a Himmler de sus mortificantes dolores y el número dos del III Reich convirtió en su 'Buda mágico' al orondo médico de 140 kilos. En vez de percibir sus honorarios, Kersten pidió a Himmler que le remunerara liberando judíos y combatientes de la resistencia. Y funcionó.

Sin un gramo de ficción, Kersaudy desentraña la fascinante historia de cómo Kersten convenció al temible Himmler para que liberara a miles de condenados a muerte mientras le masajeaba a lo largo de 200 sesiones en las que le sonsacó información secreta. «Cuando Himmler estaba en mis manos, le pedía que firmara documentos solicitando la liberación de amigos y conocidos», explica Kersaudy. «Con cada crisis, llegaba con mis listas -más de cien- y en esos momentos firmaba casi todo lo que se ponía por delante. Una vez restablecido, era casi imposible hacerle firmar una liberación», contó Kersten en sus memorias.

Narcisista

El todopoderoso comandante en jefe de las SS y ministro del Interior «no era muy inteligente». «Kersten conocía sus debilidades narcisistas y le convenció de que el origen de sus males estaba en sus remordimientos», explica Kersaudy. Cuando en 1942 se puso en marcha la infame solución final para 'la cuestión judía', Kersten comprendió que no podía quedarse de brazos cruzados. Y no paró.

«El terapeuta convenció luego a su paciente de que antes de que los aliados ganaran la guerra le convenía liberar a los miles de prisioneros de los campos de concentración para que la humanidad no lo juzgará con demasiada severidad», dice Kersaudy.

El 12 de abril de 1945 Himmler firmó la orden que frenaba la eliminación de los judíos y presos aún vivos en los campos de extermino. «Kersten dijo que convenció a Himmler para que no dinamitara los campos, como Hitler le ordenó, lo que habría salvado entre 350.000 y 800.000 personas, según distintas estimaciones». Por desgracia, para entonces ya se había exterminado a seis millones de judíos.

Ante la evidente influencia de Kersten sobre el Himmler, la Gestapo llegí a planear un atentado para acabar con su vida y difundió la especie de que él mismo era judío. «Si Hitler hubiera conocido a Kersten es seguro que lo habría eliminado», dice Kersaudy, que augura a Putin «el mismo final que Hitler». «Putin no tiene, por desgracia, su Kersten personal. Se ha vuelto loco y su mente hace mucho que se fue de paseo». «No creo que vayamos a una III Guerra Mundial. Hay que ser optimistas, aunque con un loco como Putin nunca se sabe», dice el historiador.

Reconocido tardíamente en Holanda, Suecia y Francia -recibió la Legión de Honor en 1960-, Kersten no está en la lista de los Justos entre las Naciones del centro Yad Vashem de Jerusalén. «Se arguye que no puso en juego su vida para salvar a los judíos y realizó acciones en las que Himmler estaba de acuerdo», algo con lo que Kersaudy no está de acuerdo.