Francia llora a Jean-Paul Belmondo, el canalla encantador

Francia llora a Jean-Paul Belmondo, el canalla encantador

El actor, fallecido a los 88 años, fue icono de la Nouvelle Vague gracias a 'Al final de la escapada' y rostro de un cine popular que lo convirtió en el intérprete más querido en su país

OSKAR BELATEGUI

El impacto de la muerte de Jean-Paul Belmondo en Francia se puede vislumbrar en el tuit del presidente Emmanuel Macron dedicado a su memoria: «Él seguirá siendo para siempre El Magnífico. Jean-Paul Belmondo fue un tesoro nacional, lleno de garbo y estallidos de risa, con el verbo en voz alta y el cuerpo veloz, héroe sublime y figura familiar, temerario incansable y mago de las palabras. En él nos encontramos todos». Belmondo, fallecido este lunes e su casa a los 88 años, fue el epítome de lo francés, el actor más querido e internacional de una cinematografía en la que protagonizó más de 80 películas. Según informó su abogado, Michel Godest, a la agencia AFP: «Estaba muy cansado desde hacía tiempo. Se ha apagado tranquilamente». De icono de la Nouvelle Vague pasó a rostro de un cine popular que le otorgó el estatus de mito en su país. En 2003, a los 70 años, fue padre por cuarta vez a pesar de las secuelas que arrastraba de un infarto sufrido dos años atrás. Siempre duro, siempre simpático, casi inmortal.

Belmondo supo llevar todos los personajes a su terreno, otorgándoles credibilidad a partir de su propia personalidad. Nacido en 1933 en París, hijo de un conocido escultor y de una pintora que le tomaba como modelo para sus lienzos, su familia bohemia con sangre siciliana y piamontesa alentó que estudiara en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Su hermano Alain fue productor de cine y su hermana Muriel, bailarina profesional. Su afición por el boxeo se saldó con una nariz rota que marcó para siempre un rostro idóneo para encarnar canallas de buen corazón. A los 26 años, uno de los 'jóvenes turcos' de la revista 'Cahiers du Cinéma' le sondea para interpretar al protagonista de una cinta que condensa la admiración que este grupo de enfermos de cinefilia siente por el género negro y por directores estadounidenses como Sam Fuller y Nicholas Ray, ignorados olímpicamente por la crítica hasta entonces. Godard y Belmondo ya han trabajado antes en un cortometraje. El director se lo encontró por la calle y quedó fascinado por su aspecto. «Al principio dudé de sus intenciones», reconoció el actor en alguna ocasión.

Jean-Luc Godard filmó la revolucionaria 'Al final de la escapada' (A bout de souffle) desde la osadía y logró capturar el espíritu de la juventud europea del momento. No lo podría haber hecho sin Jean-Paul Belmondo, gángster de pacotilla de Pigalle, que se pasa el pulgar por los labios en un gesto imitado de Bogart y copiado a su vez por el hombre Martini; Jean Seberg, pelo a lo 'garçon', vocea «¡New York Herald Tribune!» por los Campos Elíseos. «El tema será la historia de un joven que piensa en la muerte y la de una chica que no piensa en ella», le escribió Godard a Truffaut en las vísperas del rodaje. El director de fotografía Raoul Coutard, curtido como reportero de guerra, se camufla en las calles de París con su pequeña cámara para seguir a Belmondo, un ladrón de coches con trágico final. Con la Nouvelle Vague desaparece la parafernalia de los rodajes, los platós y los focos. Godard reinventa el lenguaje cinematográfico y ahí, poniéndole cara, está Belmondo, que desde entonces compaginaría el cine de autor más exquisito con producciones comerciales.

«A lo largo de mi vida lo he hecho y lo he tenido todo. No tengo remordimientos. He hecho todo lo que quería hacer y hoy amo las cosas que tengo: la vida, el sol y el mar», resumió el actor hace cinco años, al recibir el León de Honor en la Mostra de Venecia, el galardón más importante de su carrera junto a la Palma de Honor en Cannes 2011. Trabajó a las órdenes de los directores franceses más prestigiosos: François Truffaut, Alain Resnais, Claude Chabrol, Jean-Pierre Melville… Sin embargo, el gran público le quería por películas como 'El profesional', 'El incorregible', 'El hombre de Río', 'Borsalino' y 'Uno de dos'. En estas dos últimas coincidió con su némesis, otro galán en sus antípodas, bello, frío y misterioso, Alain Delon, con quien siempre mantuvo una sana rivalidad que no les impidió ser amigos.

Belmondo heredó de su padre la convicción de que el único modo de abrirse un camino en el mundo del arte es el trabajo duro; de su despreocupada niñez callejera le quedó el gusto por la acción física. En los 90, tras décadas sin pisar el teatro, se atrevió a encarnar en la sala Marigny de los Campos Elíseos a Cyrano de Bergerac. Y Francia entera rió y lloró con este feo encantador, al que cariñosamente llamaban Bebel.

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El protagonista de 'Cartouche', 'Pierrot, el loco', 'La sirena del Mississippi', 'El clan de los marselleses', 'Las tribulaciones de un chino en China' y 'El animal' se despidió de las pantallas en 2008 con 'Un hombre y su perro', inédita en nuestro país. Años antes, cuando el cine francés ya no le reservaba papeles de relumbrón, había comprado un teatro para hacer realidad su sueño de la infancia y dedicar sus esfuerzos y talento a los escenarios. Belmondo participó en superproducciones en inglés como '¿Arde París?' Y 'Casino Royale', pero nunca le interesó trabajar en Hollywood.

En sus memorias, publicadas en 2016 y tituladas 'Mil vidas mejor que una', el feo más atractivo del cine francés repasa la lista de estrellas que tuvo entre sus brazos: Gina Lollobrígida, Sofia Loren, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jean Seberg, Anna Karina, Françoise Dorleac, Sophie Marceau… A algunas las convenció para prolongar aquellas escenas de amor fuera de los estudios, como fueron los casos de Bardot y Deneuve. Sus idilios con Ursula Andress y Laura Antonelli también ocupan páginas del libro, que reserva las líneas más sentidas para narrar la muerte en 1994 de su hija Patricia, fruto de su primer matrimonio, víctima de un incendio.

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