Fallece el escritor Raúl Guerra Garrido

Desaparece uno de los autores fundamentales del último medio siglo largo del panorama literario guipuzcoano

ALBERTO MOYANO

El escritor Raúl Guerra Garrido (Madrid, 1935) ha fallecido este viernes en San Sebastián, tras las complicaciones derivadas de una reciente caída. Con su fallecimiento, desaparece uno de los autores fundamentales del último medio siglo largo del panorama literario vasco y, en especial, guipuzcoano. Guerra Garrido abordó antes que nadie, y en muchas ocasiones mejor que nadie, algunos de los temas que con los años han hecho fortuna en el panorama literario: la inmigración en la muy temprana 'Cacereño'; la tóxicas y endogámicas relaciones de algunos asfixiantes pueblos en 'Todos inocentes', la dura vida del pescador en 'La mar es mala mujer', las prácticas de la Policía franquista en el relato 'Con tortura' y, por supuesto, las consecuencias de la actividad de ETA en 'Lectura insólita de El Capital' y en 'La carta', aquella novela maldita que tantos disgustos le ocasionó. Porque si algo fue el autor de 'Castilla en canal' es un escritor incómodo para casi todos.

Para diseccionar de arriba abajo esta Euskadi a la que hemos llegado y airear con gran pericia narrativa sus miserias, Guerra Garrido creó el pueblo ficticio de Eibain, igual que Faulkner alumbró Yoknapatawpha a partir de Oxford, Mississippi o García Márquez se sacó de la manga Macondo. Ahí puso a vivir a un puñado de personajes que le sirvieron para levantar tramas inmortales en lo que a este pequeño país respecta.

Aunque nacido en Madrid, pronto se trasladó a Cacabelos, en el Bierzo leonés, y posteriormente, en 1960, a San Sebastián. Farmacéutico de formación, Guerra Garrido abrió un establecimiento en el barrio donostiarra de Larratxo, dónde la convivencia cotidiana con la comunidad de inmigrantes la proporcioniaría materiales para su novela 'Cacereño' (1970). La novela ha demostrado un largo aliento: en cincuenta años ha conocido innumerables reediciones y a día de hoy sigue 'viva' en las librerías. En cuanto a la farmacia que años después sería atacada y quemada por simpatizantes de la izquierda abertzale debido a las posiciones políticas del escritor, más que próximas al Foro de Ermua.

Antes ya había publicado la novela 'Ni héroe ni nada' y, sobre todo, el relato 'Con tortura'. A alguien no le sentó bien aquel texto porque a la salida de la presentación en la biblioteca de la plaza de la Constitución, el escritor se encontró su vehículo vandalizado.

Los últimos años de la dictadura le sirvieron para afilar una voz propia que cristalizó en la historia del secuestro de un industrial que narró en 'Lectura insólita de El Capital' (1976) con la que saltó a la primera línea del panorama literario, a lomos del Premio Nadal que se llevó la novela. Con 'La costumbre de morir' (1981) y 'Escrito en un dólar' Escrito en un dólar (1983) exploró las posibilidades de la novela negra como vehículo de denuncia de los desmanes sociales y tras 'El año del wólfram' (finalista del Premio Planeta en 1984) y 'La mar es mala mujer', puso el dedo en la llaga con 'La carta' (1960), en donde narraba los silencios y zozobras de un industrial que recibe una petición de ETA para que abonara el 'impuesto revolucionario'. Esta vez el malestar que causó la obra desbordó el ámbito del entorno abertzale para alcanzar también a algunos sectores del nacionalismo. Las presentaciones de la novela se conviertieron en un lista de 'deserciones' de última hora. También le granjeó algún desencuentro con el entonces consejero vasco de Cultura, Joseba Arregi.