La escritora y Premio Cervantes Elena Poniatowska en su casa de México / Áurea H. Alanis

Elena Poniatowska conjura todos sus demonios familiares

'En el amante polaco' cruza su biografía con la de su antepasado, el ultimo rey de Polonia, y desvela la violación de la que nació su primer hijo

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Con 90 años cumplidos, la escritora y Premio Cervantes mexicana Elena Poniatowska (París, 1932) firma su libro más personal y ambicioso. En las casi 900 páginas de 'El amante polaco' (Seix-Barral) conjura todos sus demonios familiares. Recorre la historia de los Poniatowski, la aristocrática saga polaca de la que proviene, y la cruza con su propia vida, con sus alegrías y tristezas. Entre ellas la violación que sufrió con 22 años y de la que nacería su primer hijo. El abusador fue un notable escritor e intelectual, Juan José Arreola, muerto en 2001 y a quien cita solo como 'el maestro'. Al narrar el episodio silenciado durante años, llena «un agujero negro» de su biografía.

Relata el auge y la caída del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski, su egregio antepasado. Se remonta a 1742 cuando el pequeño Estanislao escucha las hazañas familiares sin imaginar qué le reserva el destino: una apasionada relación con Catalina la Grande, su llegada al trono y las conspiraciones para destruir su reino.

Dos siglos después, con nueve años, Elena llega a México huyendo de la guerra que incendia Europa. Se entrega a una vida volcada en la escritura, marcada por encuentros con políticos y guerrilleros, pero también por amores y terribles pérdidas. «Son vidas paralelas unidas por el amor y sus desdichas, por el aprecio a la literatura y a las bellas artes», explica la autora desde su domicilio en Ciudad de México.

«Siempre tuve el prurito infantil de decir la verdad», justifica su tardía necesidad de contar su violación. «No podía dejar ese hueco, ese agujero negro en mi vida. Lo consulté con mi hijo, que leyó lo que escribí y le pareció bien. Era la única persona con quién tenía la obligación moral de hacerlo», señala Poniatowska, que admite que para su familia fue «liberador» acabar con 64 años de silencio. «Tuve una educación religiosa y juré ante una bandera 'scout' decir siempre la verdad. La culpa te acosa y más con una educación así. Soy muy culpógena y tengo más tendencia a hablar mal de mi que de los demás», explica.

Alumbró a su hijo Mane en Roma, en un convento de monjas. «Durante tres meses nadie me dirigió la palabra. Era como la muchacha apestada. Incluso la tía que me acompañó y que pensó adoptar a mi hijo, dijo que me dejarían escribir novelas pero no vivirlas», ironiza.

Cree en las lecciones del pasado y que «los mandatarios de hoy tendrían bastante que aprender de Poniatowski», su noble antepasado, un ilustrado que pagó caro sus amoríos con la todopoderosa Catalina de Rusia. «Si te enamoras te quedas 'cuchiplanchado', como decimos acá, y así se quedó él, aplastado por los caprichos de Catalina la Grande», explica la escritora con una pícara sonrisa. El amante despechado debió luego luchar contra Rusia, que logró borrar a Polonia del mapa en el siglo XVIII.

Vecindad letal

Aborda la historia de Polonia en los últimos dos siglos, marcada por la malhadada vecindad de Rusia «que ha sido fatal para Ucrania, como lo fue siempre para Polonia». «Los rusos son expansionistas. Se apropian y comen la tierra y las vidas de sus vecinos. Se van imponiendo en todas partes», lamenta. «Putin no ha dado el menor el ejemplo de ser un hombre generoso ni inteligente. Es un tirano y sus acciones son las de un tirano», resume.

No comparte Poniatowska con el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, su afán por reclamar a España que pida perdón por los abusos de la conquista. «Han pasado tantos años que me parece absurdo que haya que pedir perdón. No suscribo lo que pide López Obrador. Es anacrónico», asegura.

La obra de Poniatowska es un espejo del México del último siglo, pero lo que ve ahora, con narcotráfico, violencia desatada, feminicidios, asesinatos de periodistas y pobreza galopante, le escuece. «Es un reflejo que nos lástima mucho. Soy feminista y los feminicidios y el maltrato a la mujer son un drama. Se abusa de las campesinas que hacen aquí los trabajos domésticos por sueldos míseros o por nada», denuncia. «Conocí a una muchacha a quien le exigían dormir en el suelo al lado de la señora. Que fuera su felpudo y soportara sus pisotones al levantarse», cuenta esta luchadora por la igualdad. «Siempre hay que denunciar el maltrato y el abuso de los poderosos», reclama.

'La Poni', como la llaman los suyos, llega a los 90 años con la cabeza en su sitio, una salud aceptable y sin perder la ganas de dar guerra. «Trabajo como una hormiga todos los días», dice la combativa escritora. Cumple su cita dominical con los lectores del diario 'La Jornada' y añora las entrevistas «que he hecho toda mi vida». «Las adoro. Me gusta muchísimo ir al otro y preguntar. Cuando intenté hacer editoriales, sacar de mi propio pecho alguna opinión política, me aburría. Pontificaba y no era mi manera de ser. Mi mejor virtud es escuchar. Escucho tanto que ya no oigo ni mi propia voz», concluye.